Me gustaría reflexionar sobre la actitud de una familia ante las dificultades. La importancia que los padres dan a determinados problemas de la vida es fundamental para que los hijos aprendan a afrontar los obstáculos que inevitablemente surgirán en su día a día. Pero, además, la actitud frente al sufrimiento y al dolor marca la diferencia entre unas familias y otras.
En casa se aprende lo esencial: querer, enfadarse, perdonar y convivir…
Siempre hemos oído que la familia es una escuela de virtudes. Es allí donde se aprende a querer, a enfadarse y a pedir perdón, donde mostramos lo que somos realmente, tanto nuestra mejor como nuestra peor versión: la de los hijos, los hermanos, los padres… Y es cierto. En la familia se educa con los gestos más pequeños y con los más grandes: respetar el turno de palabra, responsabilizarse de un pequeño encargo que facilite la vida de los demás, aprender a ser ordenado por respeto al otro, cuidar de los mayores, etc.
La familia prepara para la vida y enseña a alcanzar metas altas.
La familia es el lugar donde se acoge y desde donde se parte; donde se nos prepara para la vida y también donde se nos recibe cuando hemos fracasado. Solo en familia se sufre por los fracasos del otro y se disfruta doblemente de los éxitos ajenos.
La forma en que una familia afronta las dificultades marca el carácter de todos sus miembros.
En todas las familias hay preocupaciones, sinsabores, dificultades y pequeños obstáculos que se superan entre todos. Sin embargo, hay algunas familias donde esos obstáculos son enormes, porque aparece un sufrimiento vital que lo desborda todo. Y cómo se afronte ese sufrimiento depende de cada uno. Hay cruces muy difíciles de cargar si no se cuenta con una visión trascendente de la vida.
Educar a los hijos para la felicidad también implica enseñarles que la verdadera meta es más alta. Y que, cuando se resuelven los problemas con los pies en la tierra pero con la mirada puesta en el cielo, los cálculos cambian.
El “para qué” del sufrimiento puede transformar la vida
Me gustaría hablar del ejemplo que está dando la familia de David, un adolescente deportista, guapo, con mucha personalidad y muy especial, que en menos de un año ha perdido la vista y ha quedado en silla de ruedas debido a un glioma difuso.
Su familia es un ejemplo de alegría, entrega y sentido de vida. No se preguntan tanto el “por qué” está ocurriendo esto, sino el “para qué”. Y esa actitud nos muestra a todos que el “para qué” es hacer felices a quienes les rodean, empezando por su hijo. Es mostrar la maravilla de la vida en las cosas pequeñas y grandes, es disfrutar cada momento como si fuera el último. Es llenar cada día de vida, sin saber cuántos días quedan por vivir. Esta actitud no se improvisa, se cultiva.
Como educadores o padres, debemos reflexionar sobre cómo preparar a nuestros hijos y alumnos para afrontar las dificultades de la vida. No sabemos qué les deparará el futuro, pero sí sabemos que la búsqueda constante de placer inmediato (la “dopamina rápida”) no les ayudará a mirar más allá, ni a darse cuenta de las necesidades del otro, ni a comprender que, a veces, hay que renunciar a cosas buenas para aspirar a otras mejores.
Educar es combinar firmeza y ternura para formar personas fuertes y libres.
Me gustaría detenerme en la importancia de enseñar a los hijos a elegir bien desde pequeños y a aprender a decir “no” a aquello que no les conviene. Y para ello, necesitan escuchar muchos “noes”.
Hemos oído que el “no” educa, porque ayuda a aceptar que no siempre podemos hacer lo que queremos en cada momento, sino lo que debemos hacer. Aunque al principio se acepta porque lo dice una figura de autoridad (padres o profesores), a medida que aprenden a asumir las normas de forma libre, aumentan su autocontrol, su autodominio y su autoestima y esto les hace más fuertes para tomar buenas decisiones. Ya no obedecen porque “se lo dicen”, sino porque comprenden que esa norma o esa negación los prepara para elegir lo mejor para sí mismos.
No hay que esperar a que el niño o la niña crezca un poco más; desde muy pequeños son capaces de entender el “sí” y el “no”. Pero para ello, es clave la fortaleza y actitud de los padres, especialmente en las decisiones del día a día: ahora no toca comer, ahora sí, aunque no apetezca. A través de los hábitos más básicos como la alimentación, el sueño y la higiene, se trabaja ese “no” y ese “sí” tan necesarios en los primeros años de vida.
Exigencia y cariño forman el binomio perfecto para educar el carácter de los hijos. Como padres y educadores, buscamos formar personas fuertes, con una sana autoestima, con confianza en sí mismas, que sepan tolerar las frustraciones del día a día y con la mirada puesta en los otros. Solo así estarán verdaderamente preparadas para afrontar las dificultades que la vida, antes o después, les pondrá por delante.