El matrimonio como empresa: una mirada estratégica

¿Y si pensáramos en el matrimonio como empresa?

¿Qué pasaría si nos tomáramos el matrimonio como empresa? A primera vista, podría parecer que se sugiere una relación basada en una rentabilidad o contraprestación, pero nada más lejos de la realidad. La idea apunta a aplicar herramientas y medios propios que cualquier socio de una empresa o proyecto, pone en común para llevar a buen puerto la duración de la empresa, y por supuesto, sus frutos ,(o lo que empresarialmente llamaríamos beneficios).

El paralelismo entre el matrimonio y los negocios

Por motivos de trabajo, he asistido a diversas personas interesadas en llevar a cabo proyectos conjuntos empresariales, para explotar ideas de negocio. Llama la atención, cómo en el mundo empresarial, los socios, no están dispuestos al más mínimo margen de error, al contrario, deben emplearse todo tipo de cortafuegos para evitar cualquier “pérdida”. Con el matrimonio, queda huérfano en muchas ocasiones el empeño de los cónyuges en cumplir un verdadero plan de negocio (porque a veces ese plan no existe, o porque directamente es erróneo) limitándose a “sobrevivir”.

¿Acaso el matrimonio es menos que un proyecto empresarial? En el ámbito empresarial, los socios son meticulosos: no dejan espacio para errores y se anticipan a los posibles riesgos; elaboran planes, estrategias, comparten objetivos, esfuerzos y resultados. En cambio, en muchos matrimonios no existe un plan común, y a veces ni siquiera se intenta crear uno. Así, las relaciones se ven reducidas a una forma de “sobrevivencia emocional” sin visión de futuro. Entender el matrimonio como empresa requiere una inversión constante, una abundante comunicación transparente y una visión compartida.

La “duración ideal” de un proyecto de vida

¿Cuál es la duración de una idea de negocio, o empresa? Puede que hasta la jubilación de sus integrantes, salvo que se trate de empresa familiar y entonces alarguemos alguna generación, pero en todo caso con cierta fecha de caducidad, y desde luego, desentendiéndose el socio una vez se retira del mismo. Una empresa tiene una vida útil previsible: hasta la jubilación o su traspaso a nuevas generaciones. Pero el matrimonio, por definición, no tiene fecha de caducidad. Es un proyecto de vida que está llamado a trascender más allá de una época determinada, contextos laborales, crisis sociales e incluso situaciones de salud.

¿Por qué entonces no se aplica la misma disciplina que en los negocios?¿Por qué dejamos tantas lagunas en el seno del matrimonio? Por lagunas me refiero a divisiones más férreas que el Muro de Berlín, véase cuentas bancarias separadas con nula transparencia entre los cónyuges, asignación de tareas exclusivas sin ayuda o flexibilidad, desorden en la reserva de tiempos para cada uno… En definitiva, desconfianzas, recelos, dudas, reservas… que flaco favor infunden a una relación llamada a la permanencia.

Pensar el matrimonio como una empresa no es quitarle afecto, sino fortalecerlo con herramientas que lo hagan duradero, justo y resiliente.

En los proyectos empresariales que tuve ocasión de asesorar, cada integrante quería conocer y compartir todo con el otro, los números, la estrategia, los problemas, los tiempos, los eventuales escenarios futuros, etc. En el matrimonio como empresa, debería invertirse como mínimo el mismo nivel de energía, voluntad y renuncia que en los proyectos empresariales. Muchas veces, las relaciones se ven afectadas por decisiones unilaterales, tareas impuestas, falta de tiempo compartido y desconfianza. Estas “lagunas” no harían sostenible ninguna empresa. ¿Acaso es el beneficio económico o una venta lo que se valora más en general? ¿Acompañarán os beneficios económicos al propietario en el fin de sus días?

La pareja como socios estratégicos

Los frutos del matrimonio —ya sea la descendencia o el bienestar mutuo— justifican una planificación conjunta rigurosa. Solo así puede florecer una relación resiliente y socialmente significativa, llena de transparencia, compromiso y visión compartida.

Cada cónyuge debería ver al otro como su mejor cliente y socio. El compromiso no debe cesar nunca: hay que negociar, atender, persuadir y responder a las necesidades del otro, igual que se haría con un cliente importante. Esta visión convierte el matrimonio como empresa en un modelo emocionalmente sostenible y socialmente útil.

Conclusión

Pensar el matrimonio como empresa no implica despojarlo de afecto, sino todo lo contrario: dotarlo de herramientas sólidas para hacerlo duradero, equitativo y resiliente. La planificación, la transparencia y el esfuerzo mutuo dejan de ser conceptos empresariales y se convierten en pilares fundamentales de un proyecto de vida en común.

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