El nacimiento de una nueva institución educativa

Estamos llegando a la primera madurez de un nueva era histórica, el tiempo del espíritu, con un nueva clase de conocimiento que requiere un nuevo tipo de institución.

La Era de las Escuelas y la Era de las Universidades

La universidad nace entre finales del siglo XI y comienzos del siglo XIII en un proceso que supuso el refrendo de un cambio de era. La era de las escuelas, que dominó el primer milenio, y que tuvo sus exponentes más grandes en el Oriente Medio -primero cristiano y luego musulmán- da lugar a un paso a la era de las universidades.

La escuela, semejante a hoy en día, era un centro de conocimiento que enseñaba las bases del saber: las siete artes liberales, también llamadas el trívium (gramática, retórica y dialéctica) y el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música). Estos conocimientos eran en sentido estricto conocimiento del mundo material, corporal.

La universidad nace con la función específica de enseñar las ciencias de las facultades mayores: filosofía, medicina y teología. Esto supone un salto del conocimiento meramente corporal (similar al conocimiento propio de los pre-socráticos) al conocimiento propiamente racional e inmaterial. En una frase supone la entrada del alma al mundo del conocimiento. No es de extrañar que los nuevos maestros serán los grandes socráticos -Aristóteles en la Edad Media, Platón en el Renacimiento y Sócrates en los últimos siglos- así como los otros grandes pensadores y sistematizadores del apogeo griego: Galeno, Anaxágoras (padre del humanismo), Pericles, etc.

Durante los siguiente casi mil años la universidad va cambiando: primero el enfoque es mayormente filosófico, luego pasa a ser más práctico y finalmente más técnico. De cualquier forma, en todo momento profundiza en los usos de la razón, de la voluntad y en general de lo que podemos llamar el “ser”.

Una clara muestra de que el estudio universitario parte y se enfoca en el alma es tanto el dualismo (bien y mal, salud y enfermedad, verdad y error), como en su clara distinción entre los fueros del cuerpo y del mundo inmaterial. En todo este período es muy difícil encontrar una sola mención a realidad triádicas o al espíritu. Incluso la teología elimina al espíritu de la teoría del hombre y de la salvación, dejando únicamente como compuestos a cuerpo y alma.

El comienzo de la Era del Espíritu

Esta era termina alrededor de mediados del siglo XIX. Franz Brentano retoma el estudio del tema más propiamente espiritual: la teoría del conocimiento. Al mismo tiempo aparecen otras muestras de que ha llegado el tiempo del espíritu: la recuperación del concepto de persona, perdida durante todo el milenio precedente, y la vuelta al uso del concepto espíritu y espiritual en uso normal del lenguaje. En la teología católica supone un renovado ímpetu en el desarrollo de la teología que supere los dualismos, en especial entre lo natural y los sobrenatural (lo que llevará finalmente a la doctrina de la llamada universal a la santidad, también de los laicos), entre otras.

Volviendo al conocimiento, tenemos por vez primera un estudio verdaderamente científico, estructurado, de la persona, especialmente en los diferentes personalismos. La fenomenología pone a la teoría del conocimiento en el lugar principal, en lugar de la metafísica. Lo mismo puede decirse de la filosofía analítica, o de otras filosofías, como la de Leonardo Polo, tomista que revoluciona la teoría del conocimiento con su doctrina de la superación del límite mental.

En el fondo, lo que todas estas escuelas reconocen (de una manera más o menos explícita) es que existe conocimiento más allá del conocimiento mental. Esto supone también reconocer que la distinción entre espíritu y alma es tan real como aquella entre cuerpo y alma. De ahí la importancia del vocablo “persona”, que remite al espíritu, en contraste con hombre o ser humano, que remite al alma.

La madurez de los inicios

Pero ya ha llegado el tiempo de cierto nivel de madurez en este tipo de conocimiento. Esto supone en primer lugar superar la filosofía. El primer milenio conoció estrictamente el saber (que es conocimiento mezclado con sensación, de ahí que saber provenga de la misma raíz que saborear, sapere), el segundo la filosofía y el tercero debe enfocarse en la ciencia. La filosofía, como su nombre lo indica, es un conocimiento en un puesto medio entre acción (filo que significa amor) y conocimiento (sofía que significa sabiduría).

Hablar de ciencia en sentido puro supone que se habla de conocimiento sin mezcla de acción o de corporalidad. Otro término que remite a lo mismo es episteme, la palabra griega para conocimiento. Todo el conocimiento propio del espíritu, y del tercer milenio, es por tanto episteme.

El redescubrimiento del aservo clásico

Pero un nuevo tipo de conocimiento requiere un nuevo tipo de organización, una nueva institución. Esta institución no es la universidad, porque la universidad, como la escuela antes de ella, no está capacitada para la nueva tarea. La nueva institución debe ser una dedicada exclusivamente, o principalmente, al conocimiento. El conocimiento de la filosofía o las diferentes disciplinas académicas podrá ser, únicamente, un cierto pre-requisito previo, tal como fue la facultad de artes liberales en el comienzo de la universidad, que funcionaba como un primer eslabon antes de entrar en las facultades principales.

Ahora bien, la Era del Alma comenzó con su momento más cognoscitivo, el momento aristotélico. La Era del Espíritu parece que está comenzando con su momento menos cognoscitivo en sentido relativo: el momento epicúreo. Este es el momento más basado en la ética, el modo de vivir. Luego vendrá un momento con mayor intensidad cognoscitiva, marcado por el redescubrimiento del pensamiento escéptico, y finalmente el de mayor intensidad: el del conocimiento cínico o peripatetico. Toda la Era estará marcada por el estoicismo como unión de las otras corrientes, de la misma manera que todo el Milenio del Alma estuvo marcado por Anaxágoras y los sofistas.

Esto supone que, igual que fue necesario un redescubrimiento de la civilización clásica en los diferentes estadios de la Era del Ser, será necesario otro redescubrimiento, probablemente esta vez auxiliado con la tecnología. Esto parece extremadamente necesario. Por ejemplo, por ahora están perdidas todas las obras originales del estoicismo. Si estas no se descubren, es improbable que la Era del Espíritu se desarrolle correctamente. Lo mismo debe decirse de otras áreas que deben ser redescubiertas, en especial respecto a las obras y la enseñanza de las escuelas helenísticas en toda su complejidad.

Está claro que estás obras no están en Occidente: por eso no conocemos de ellas. En Oriente Medio se descubrieron las obras que permitieron a la universidad alzar vuelo. Lo más probable es que ahora estas estén en Extremo Oriente. Esto se debe a que el pensamiento oriental ha podido preservar estas fuentes de formas que Occidente no pudo: el predominio de los pre-socráticos y luego de los grandes socráticos en Occidente impidió que se emplearan energías en preservar a los helenistas. Además la Civilización Oriental siempre ha sido más dada al pensamiento puro, menos sujeto a la practicidad.

El hecho de que el cristianismo haya llegado hasta el extremo más oriental del continente asiático antes del siglo VI (cuando se perdieron las últimas obras estoicas), da grandes esperanzas de que sea ahí donde se preserven. Este descurbimiento puede ser físico, o también interpretativo: los grandes pensadores orientales de los últimos dos siglos puede ser que contengan gran parte del conocimiento helenista que buscamos, aún sin saberlo ellos mismos. Una tercera fuente puede ser las obras de pensadores orientales antiguos y medievales que no han sido estudiados a profundidad y pueden tener claves de los pensadores helenistas hasta ahora no descubiertas.

La nueva región del conocimiento

Ahora bien, el terreno fértil para que se desarrollen las nuevas instituciones sapienciales no será el Extremo Oriente por varias razones. En primer lugar la falta de un cristianismo activo y extendido, un requisito indispensable para el desarrollo verdadero de la episteme. En segundo lugar, unas instituciones sociales y de gobierno demasiado rígidas que podrían perseguir cualquier descubrimiento o desarrollo innovador. En tercer lugar, una falta de mezcla cultural e histórica que sirve como fermento de nuevos conocimientos.

La parte del mundo que mejor está situada para esta nueva institución, la “nueva Europa” es América Latina. En primer lugar, y lo más importante, es que tiene un cristianismo no solo ampliamente difundido, sino maduro para la altura histórica. El hecho que los dos últimos Papas sean, en un sentido u otro, latinoamericanos, muestra esta madurez y su importancia en el mundo católico. En segundo lugar, es todavía una región joven y flexible, lista para aceptar nuevos cambios y propuestas. Y en último lugar, tiene suficiente de Occidente y de Oriente para tener tanto las bases filosóficas como las nuevas aportaciones científicas.

La verdad es que este desarrollo institucional del nuevo conocimiento ya se está dando. Organizaciones formales o informales fuera del ámbito universitario son donde ahora más se desarrolla y se debate el conocimiento. Estos son normalmente instituciones que dan cursos o incluso títulos no universitarios, grupos menos rígidos donde se discuten temas del conocimiento, asociaciones que tienen como único fin la formación de sus miembros mediante conferencias, etc.

Estamos en la fase inicial, pero es seguro que estos grupos irán evolucionando de forma gradual durante los siguientes 800 años en instituciones más formales y rígidas. Y si la historia nos ha enseñado algo, serán estas instituciones las que, como las universidades respecto a Europa, harán de Latinoamérica el centro del mundo durante los siglos venideros.

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