Educar las emociones, educar sobre las emociones

Las emociones, ¿son universales? ¿son aprendidas culturalmente? ¿Por qué es importante educarlas?

Oscar Wilde escribe en El retrato de Dorian Gray: «Un hombre que es dueño de sí mismo pone fin a un pesar tan fácilmente como inventa un placer». Esta frase intuye la importancia de aprender a gestionar las emociones para lograr el adecuado gobierno de la propia vida.

Sin embargo, nos jugamos mucho en el modo de comprender en qué consiste ese dominio. No se trata de ejercer un control despótico, ni tampoco de ceder el mando a las emociones hasta el punto de que impidan a la razón y a la voluntad ejercer las funciones que les son propias. 

En la actualidad, especialmente a partir del concepto de inteligencia emocional de Daniel Goleman, las emociones han despertado un mayor interés en la sociedad. Los libros de autoayuda son best seller habituales y tanto la Psicología como las distintas ramas de las Neurociencias nos ofrecen cada vez más información acerca de cómo funciona nuestro “cableado” emocional y su conexión con nuestro pensamiento, nuestro comportamiento y el modo en que afecta a nuestras relaciones. 

Todo esto ha contribuido a que la educación emocional sea tomada en serio en la familia, la escuela, las empresas e incluso en el ámbito de la política pública. Dicho esto, a continuación, procuraré comentar algunos aspectos relevantes sobre la educación emocional, su necesidad para alcanzar una vida lograda y para establecer relaciones significativas y duraderas. 

Entender nuestras emociones

Las emociones son respuestas complejas que involucran una experiencia integral y dinámica del sentir. Pueden desencadenarse por estímulos externos (objetos, personas, situaciones) o internos (sensaciones, imágenes, recuerdos, historias, pensamientos) y dan lugar a una síntesis entre el mundo interior del sujeto y el mundo externo o sus representaciones. Una emoción informa, por una parte, acerca de aquello que suscita ese movimiento interno desde fuera (o desde dentro como una representación interna de ese “afuera”) y, por otra, nos dice cómo se sitúa la persona -afectivamente- frente a esas realidades o sus representaciones. 

Además, en la experiencia emocional confluyen una respuesta biológica y fisiológica que se manifiesta en alteraciones corporales, una reacción psicológica-conductual y una actividad que tiene una resonancia social interdependiente. 

Otra característica de la emoción es que es una reacción espontánea y primaria que, con frecuencia, precede a la razón y la impregna de una valoración concomitante al conocimiento. Las emociones tiñen de color, por decir así, aquello que la inteligencia por sí misma vería en blanco y negro. 

¿Somos responsables de nuestras emociones?

Las emociones son moralmente neutras. Entregan una información valiosa acerca del modo en que percibimos algo, pero sentirlas no constituye por sí mismo un acto bueno o malo. La emoción no se elige y por tanto es previa a cualquier determinación libre de quien la alberga. La emoción, tal como lo recogen los clásicos, no es acto, sino pathos, recepción pasiva que detona una dinámica que impregna al cuerpo, la mente y el espíritu. La emoción puede desencadenar reacciones (no libres) o respuestas (libres). De ahí la importancia de conocerlas y gestionarlas para que, como decía Wilde, podamos mantener el dominio de sí encauzando las emociones en respuestas, en lugar de ser avasallados por ellas, reaccionando y dejándonos llevar pasivamente por su fuerza. 

Gestionar las emociones

Dado lo complejo de la dinámica emocional, su carácter pre-racional y su fuerza invasiva cuando se experimenta con una mayor intensidad, se ve mejor la importancia que tiene una educación específica que permita reconocer lo que sentimos, evaluar la información que las emociones aportan y aprender a ejecutar estrategias que nos permitan moldear esa materia sentimental de una forma adecuada. 

Una de las primeras etapas de esta “alfabetización” consiste en aprender a identificar y distinguir las emociones. De todas las emociones humanas, sólo cinco son universales, es decir, aparecen en todos los seres humanos, independientemente de su entorno cultural o social. Estas emociones primarias son: la ira, el miedo, el asco, la alegría y la sorpresa. Las demás emociones son más complejas e involucran procesos cognitivos, creencias, costumbres y experiencias individuales que varían en distintos lugares y épocas. 

Saber identificar el tipo de emoción que cada uno siente, poder nombrarla, reconocerla en contexto para interpretar su valencia, ser consciente del “acontecimiento” emocional para poder tomar distancia y decidir una respuesta en lugar de reaccionar, son algunos de los beneficios de la educación emocional. Dado que las emociones son parte fundamental de la vida y de cómo la comprendemos, saber gestionarlas en uno mismo y en los demás no es una cuestión menor. La formación integral de las personas no sería completa si dejamos a la inteligencia y la voluntad aisladas, sin incluir al mundo afectivo como uno de los tres pilares de un carácter bien constituido, equilibrado y ordenado. Con la educación emocional, no sólo nos jugamos la posibilidad de ser dueños de nosotros mismos, sino también la capacidad de relacionarnos con los demás desde un lugar más humano y conectar más profundamente con quienes somos y con quienes nos rodean. 

MÁS DEL AUTOR

Sin publicaciones del autor.
Are you sure want to unlock this post?
Unlock left : 0
Are you sure want to cancel subscription?