Educar en el asombro: redescubrir la maravilla en la infancia (I)

En un mundo caracterizado por la inmediatez, la saturación de estímulos y la constante exigencia de resultados, la infancia corre el riesgo de transcurrir sin pausas para contemplar y maravillarse. La educación, en este escenario, tiende a priorizar la eficiencia, la memorización rápida y la producción medible, olvidando que su propósito último no es solo instruir, sino también cultivar personas íntegras, sensibles y curiosas.

Educar en el asombro es apostar por una pedagogía que no se limita a transmitir información, sino que procura despertar una apertura genuina hacia lo desconocido y lo valioso. Más que una técnica, el asombro es una disposición vital que invita a mirar el mundo con ojos nuevos, a detenerse para apreciar lo singular y a encontrar sentido en lo cotidiano. Sus raíces se hunden en la filosofía —desde Platón y Aristóteles hasta pensadores contemporáneos— y en experiencias educativas que reconocen que, sin asombro, el aprendizaje pierde profundidad y significado.

El asombro como origen del conocimiento, curiosidad y pensamiento crítico

Desde la antigüedad clásica, el asombro ha sido considerado el germen del conocimiento. Platón lo veía como el impulso que lleva a la filosofía; Aristóteles afirmaba que “los hombres comenzaron a filosofar movidos por el asombro”. Esta emoción epistémica interrumpe la familiaridad, abre un espacio de atención plena y coloca al sujeto ante la posibilidad de aprender de lo que se presenta como nuevo, misterioso o admirable.

En el ámbito educativo, el asombro se expresa en dos vertientes complementarias:

  • La inquisitiva, que despierta preguntas, fomenta la investigación y la búsqueda de respuestas.
  • La contemplativa, que cultiva la sensibilidad estética, la escucha profunda y la gratitud por lo que es.

Ambas dimensiones no solo motivan el aprendizaje, sino que fortalecen habilidades cognitivas y socioemocionales. La curiosidad que nace del asombro es más que una estrategia para resolver problemas; es un impulso abierto que anima a explorar sin urgencias, a establecer conexiones inesperadas y a generar ideas originales.

La pedagogía del asombro busca que los estudiantes aprendan a formular preguntas verdaderas, a sostener la incertidumbre y a ver en ella un motor para crecer.

La investigación reciente en neurociencia confirma que la curiosidad aumenta la retención de la información y mejora la comprensión profunda. Este potencial se ve multiplicado cuando el aprendizaje se produce en entornos estimulantes: experiencias al aire libre, proyectos colaborativos, narrativas simbólicas o actividades artísticas. En estos contextos, el error se vive como oportunidad, la creatividad florece y el pensamiento crítico se convierte en una práctica habitual.

Así, una pedagogía del asombro no busca solo que los estudiantes conozcan respuestas correctas, sino que aprendan a formular preguntas verdaderas, a sostener la incertidumbre y a ver en ella un motor para crecer.

Preparar ciudadanos más reflexivos, creativos y empáticos

Educar en el asombro es devolver a la educación su vocación más humana: la de acompañar a las personas en la aventura de descubrir el mundo y descubrirse a sí mismas. En tiempos de prisa y distracción, esta pedagogía nos recuerda que la calidad de una educación no se mide únicamente en resultados cuantificables, sino también en la capacidad de generar experiencias que transformen la mirada y enriquezcan la vida interior.

Fomentar el asombro es preparar ciudadanos más reflexivos, creativos y empáticos, capaces de reconocer el valor de lo que les rodea y de actuar con responsabilidad ante los desafíos colectivos. El reto para las instituciones y educadores es encontrar los espacios, las metodologías y las actitudes que permitan que este asombro florezca de forma natural. Porque, al fin y al cabo, quizá el mayor acto pedagógico sea ayudar a otro a volver a maravillarse.

Are you sure want to unlock this post?
Unlock left : 0
Are you sure want to cancel subscription?