Educar en el asombro: entornos, emociones y desafíos para una pedagogía transformadora (II)

Este texto invita a repensar la escuela como un espacio donde aprender vuelva a significar maravillarse, sentir y comprender el mundo en toda su hondura.

Educar: despertar el asombro, nutrir la sensibilidad y el juicio ético

En la era de la hiperconexión y la aceleración constante, la educación se ve a menudo atrapada en dinámicas de producción y evaluación inmediata. La presión por cumplir estándares y contenidos deja poco margen para cultivar espacios de contemplación, juego libre y vivencias significativas. Sin embargo, si la finalidad de la educación es formar personas íntegras, no basta con llenar de datos la memoria: es necesario nutrir la sensibilidad, el juicio ético y la capacidad de asombrarse ante el mundo.

Educar en el asombro implica diseñar entornos y experiencias que estimulen la percepción, la curiosidad y la conexión emocional. Es una apuesta por devolverle a la escuela su dimensión más humana, entendiendo que el aprendizaje se arraiga con más fuerza cuando está atravesado por la emoción y la vivencia directa.

El asombro no se puede imponer, pero sí se puede propiciar.

Los espacios naturales, los museos, la música, el arte, los cuentos o incluso los dilemas morales constituyen escenarios privilegiados para que aflore. En la educación al aire libre, por ejemplo, el contacto directo con el entorno estimula los sentidos, despierta la observación y abre a reflexiones profundas.

Del mismo modo, las metodologías activas y creativas —aprendizaje basado en proyectos, dramatizaciones, cine, narrativas simbólicas o arte comunitario— implican emocionalmente al alumnado, haciendo que la experiencia deje huella. En este enfoque, el docente deja de ser un mero transmisor de contenidos para convertirse en un mediador sensible, capaz de leer los intereses de sus estudiantes y conectar con ellos de forma genuina.

Apostar por una pedagogía del asombro es, quizás, una de las decisiones más urgentes y valientes que podemos tomar

El asombro es también una puerta de entrada al desarrollo moral. Emociones como la gratitud, la admiración, la humildad o la compasión surgen cuando nos enfrentamos a algo que reconocemos como valioso. Estas disposiciones favorecen la educación socioemocional, forjando personas más empáticas y conscientes.

No obstante, el camino hacia una pedagogía del asombro está lleno de retos. La rigidez de los currículos, la cultura de la inmediatez y la presión por resultados medibles son obstáculos reales. Superarlos exige voluntad institucional, formación docente y una redefinición del éxito educativo: más allá de las calificaciones, importa la capacidad de mantener viva la curiosidad, de hacer preguntas que importan y de implicarse en el aprendizaje de forma personal y significativa.

Retos para una educación que inspira

Recuperar el asombro en la educación es devolverle su capacidad de tocar la vida de las personas. No se trata de añadir actividades “bonitas” al calendario escolar, sino de transformar la manera de mirar, enseñar y aprender. Cuando una escuela cultiva el asombro, está educando para la atención plena, el respeto por la diversidad, la conexión con la naturaleza y la responsabilidad hacia la comunidad.

En un mundo saturado de información, pero hambriento de sentido, apostar por una pedagogía del asombro es, quizás, una de las decisiones más urgentes y valientes que podemos tomar. Es reconocer que la verdadera educación no solo transmite conocimientos: también enseña a maravillarse, a cuidar y a crear.

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