La ciencia ha explicado con enorme precisión cómo funciona el cerebro, pero sigue sin responder a una cuestión decisiva: ¿Cómo surge la experiencia consciente? Tal vez el error esté en la pregunta misma. Y tal vez la consciencia no sea algo que emerge de la materia, sino aquello de lo que la materia emerge.
Las ideas transformadoras necesitan tiempo para ser asimiladas
Las ideas disruptivas que han redefinido el pensamiento humano suelen requerir prolongados períodos de maduración antes de alcanzar el consenso universal. A menudo, la evidencia científica inicial no basta para derribar la inercia de los paradigmas establecidos.
La propuesta del heliocentrismo, formulada por Nicolás Copérnico en 1543, no constituía una demostración empírica directa, sino un modelo que explicaba de manera más sencilla y coherente diversos fenómenos relacionados con el movimiento de los planetas. Sin embargo, colisionaba con la física aristotélica, que concebía la Tierra como una masa pesada e inmóvil, y entraba en conflicto con la interpretación literal de las Escrituras, además de desplazar al ser humano de su lugar central y privilegiado en el cosmos. Este debate no quedó plenamente cerrado hasta que Isaac Newton, en 1687, proporcionó una formulación matemática de la gravedad que hacía físicamente comprensible el movimiento de la Tierra sin que los cuerpos “cayeran” de su superficie.
De manera análoga, en el siglo XX, la hipótesis del Big Bang de Georges Lemaître[1] en 1931, basada en la relatividad general, que rompía la visión existente de un universo eterno y estático, fue recibida con escepticismo. Hasta que en 1965 la detección de la Radiación Cósmica de Fondo (CMB) confirmó la predicción que George Gamow había realizado décadas atrás. La historia nos enseña que la verdad científica suele preceder por mucho a su aceptación cultural.
Una nueva concepción de la consciencia
Durante siglos, la visión predominante ha sostenido que la consciencia surge del cerebro. Aún hoy, muchos científicos consideran que el cerebro genera la experiencia consciente mediante interacciones complejas entre neuronas y redes neuronales. Sin embargo, este enfoque no ha logrado explicar de qué modo la actividad electroquímica del cerebro da lugar a la experiencia subjetiva de la consciencia, un desafío que el filósofo David Chalmers denominó el “problema difícil” de la consciencia.
A comienzos del siglo XX comenzó a desarrollarse la teoría cuántica, destinada a explicar el comportamiento de la materia y la energía en sus niveles más fundamentales. Esta teoría introdujo una visión no determinista de la naturaleza y obligó a replantear nociones clásicas de realidad, causalidad y observación. Los primeros físicos que exploraron los fenómenos cuánticos se vieron así impulsados a reflexionar no solo sobre los resultados experimentales, sino también sobre su significado conceptual, incluyendo el papel del observador y de la consciencia en la descripción de la realidad física. En este contexto, algunos de ellos llegaron a considerar la consciencia como un aspecto irreducible de la realidad.
En una conocida entrevista publicada en The Observer el 25 de enero de 1931, Max Planck afirmaba: “Considero la consciencia como fundamental. Considero la materia como un derivado de la consciencia. No podemos ir más allá de la consciencia. Todo lo que decimos, todo lo que consideramos existente, postula la consciencia”[2]. Dos semanas antes, en el mismo diario, Erwin Schrödinger expresaba una idea afín: “La consciencia no puede explicarse en términos físicos, porque la consciencia es absolutamente fundamental. No puede explicarse en términos de ninguna otra cosa”[3].
Además de Planck y Schrödinger, otros pioneros de la física cuántica, como Werner Heisenberg, Wolfgang Pauli o Niels Bohr, coincidieron, en que la consciencia desempeña un papel estructural en el cosmos. Esta conclusión no se derivaba directamente de resultados experimentales concretos, sino de una reflexión epistemológica y filosófica sobre los presupuestos del conocimiento científico: dado que la ciencia es un producto de la mente, la consciencia no puede explicarse exclusivamente desde dentro del marco físico que ella misma hace posible.
El avance en la comprensión del comportamiento cuántico ha permitido que estas intuiciones iniciales se hayan ido traduciendo, progresivamente, en modelos teóricos con un sustento matemático cada vez más elaborado.
Entre ellos destaca la teoría de la Reducción Objetiva Orquestada (Orch-OR), desarrollada por Roger Penrose y Stuart Hameroff, que postula que la consciencia estaría vinculada a procesos cuánticos que tendrían lugar en los microtúbulos de las neuronas. Según esta propuesta, tales procesos no serían completamente deterministas ni puramente aleatorios, sino que estarían influidos por aspectos no computables relacionados con la estructura fundamental del espacio-tiempo.
Por su parte, el físico David Bohm introdujo en 1980 el concepto de orden implicado, según el cual el universo constituye una totalidad indivisa, en la que los fenómenos observables emergen de un nivel más profundo y no local de la realidad. En este marco, Bohm sostuvo que mente y materia no son entidades separadas, sino manifestaciones de un mismo proceso subyacente, gobernado por lo que denominó “información activa”. Aunque Bohm no identificó explícitamente este orden profundo con la consciencia, su propuesta abre la posibilidad de concebir la mente como algo no estrictamente localizado en el cerebro, sino vinculado a la estructura misma del cosmos.[4]
De este modo, la obra de Bohm proporciona una estructura física coherente , no local e informacional, dentro de la cual la tesis de Planck sobre el carácter fundamental de la consciencia deja de presentarse como una mera especulación metafísica y pasa a ser, al menos, conceptualmente compatible con la física moderna.
La culminación del paradigma: el campo fundamental de Maria Strømme
Este prolongado proceso de maduración conceptual ha alcanzado un hito significativo con la publicación, a finales de 2025, del artículo de Maria Strømme, catedrática de Nanotecnología en la Universidad de Uppsala, titulado Universal consciousness as foundational field: A theoretical bridge between quantum physics and non-dual philosophy[5].
La propuesta de Strømme recoge y articula muchas de las ideas que se han ido gestando a lo largo de las últimas décadas y mantiene, en particular, una relación profunda y estructural con el planteamiento de David Bohm. No obstante, introduce una innovación conceptual decisiva. Mientras que Bohm distinguía entre un orden implicado, una realidad subyacente en la que todo está interconectado de forma no local, y un orden explicado, correspondiente al mundo manifiesto de la materia, el espacio y el tiempo, Strømme reformula esta intuición al proponer un campo de consciencia universal. Este campo puede interpretarse como una actualización del orden implicado, pero con una diferencia crucial: al tratar la consciencia explícitamente como un campo físico, Strømme hace posible aplicarle operadores matemáticos, calcular su densidad de energía y modelar su dinámica. Desde esta perspectiva, el espacio, el tiempo y la materia dejan de ser entidades fundamentales y pasan a concebirse como propiedades emergentes de dicho campo consciente primordial.
El trabajo de Strømme cuenta además con el aval institucional de la Universidad de Uppsala, que a través de un comunicado oficial ha subrayado el rigor metodológico de la autora y su compromiso con la ciencia empírica.[6] Lejos de la especulación metafísica, Strømme propone predicciones verificables en diversas áreas. En el campo de la neurociencia, por ejemplo, y bajo la hipótesis de que el cerebro actúa como un transductor, se plantea la posibilidad de detectar emisiones ultradébiles de luz (biofotones) en las células neuronales, asociadas a estados de coherencia cuántica, lo que apuntaría a una forma de comunicación celular parcialmente no local mediada por estos biofotones. En el ámbito de la cosmología, la teoría sugiere que podrían identificarse huellas sutiles, como fluctuaciones de temperatura no aleatorias en el mapa del Fondo Cósmico de Microondas, que reflejarían la estructura del denominado “campo de conciencia inicial”.
Es hora de afrontar una realidad ineludible: décadas de investigación reduccionista no han logrado explicar cómo la materia «se vuelve» consciente. La propuesta de la Dra. Strømme parece haber materializado finalmente la intuición de Planck, proporcionando el formalismo matemático de campos necesario para situar a la consciencia donde siempre perteneció: como el sustrato primario y fundacional de la realidad física.
El cerebro: interfaz de la consciencia
El cerebro no es el origen de la consciencia, sino su interfaz biológica fundamental. Lejos de ser un generador, actúa como un sofisticado aparato de filtrado y localización que sintoniza una fracción de la consciencia universal, contrayendo la infinitud del campo base en un flujo de información limitado y biológicamente útil para la supervivencia del organismo.
Este proceso se lleva a cabo mediante la transducción de las vibraciones sutiles del campo fundamental en señales electroquímicas; una conversión que permite que la vastedad del cosmos sea decodificada por nuestra mente en la arquitectura familiar de pensamientos, imágenes y sensaciones que conforman nuestra experiencia subjetiva.
[1] M.Ribes Lemaître, religión, ciencia: “Había dos formas de llegar a la verdad. Decidí seguir ambas” OBSERVATORIO DE BIOETICA UCV 16 abril, 2021
[2] J.W.N. Sullivan Interviews with great scientists Max Planck The Observer Sun, Jan 25, 1931
[3] J.W.N. Sullivan Interviews with great scientists Prof. Schrödinger The Observer Sun, Jan 11, 1931
[4] M. Ribes De cómo la Ciencia explica la Conciencia OBSERVATORIO DE BIOÉTICA UCV 5 marzo, 2025
[5] Maria Strømme Universal consciousness as foundational field: A theoretical bridge between quantum physics and non-dual philosophy AIP AdvancesNOVEMBER 13 2025 https://doi.org/10.1063/5.0290984
[6] Annica Hulth Consciousness as the foundation – new theory of the nature of reality Uppsala University 2025-11-24 (Last modified: 2025-12-05)