En un tiempo en el que parece imponerse la idea de que todo es subjetivo, este texto invita a distinguir con claridad entre lo que depende de nuestra percepción y aquello que es real con independencia de ella. Una reflexión serena sobre la relación entre mente y mundo.
En nuestro mundo no es infrecuente escuchar el eslogan «Todo es
subjetivo» que viene a ser más o menos equivalente a aquel famoso dicho
del poeta Ramón de Campoamor (1817-1901): «Y es que en el mundo
traidor / nada hay verdad ni es mentira/ todo es según el color / del cristal
con que se mira». Cuando se dice que todo es subjetivo o, incluso, apelando
a Einstein, que todo es relativo, lo que quiere expresarse es una benévola
tolerancia con todos los pareceres o actitudes.
No toda la realidad es subjetiva
Sin embargo, en nuestra vida real todos nos damos cuenta a diario de
que la mayor parte de las realidades con las que convivimos o nos topamos
no son subjetivas. Son subjetivas nuestras preferencias o los sueños que
hemos tenido esta noche, pero no son subjetivas ni la silla en la que estoy
sentado, ni el teclado en el que escribo, ni las palabras que aparecen en mi
pantalla, por no hablar de la propia temperatura del despacho, del ruido
apagado que me llega de los coches de la calle o de tantas otras realidades
más.
Los reinos de Frege y la realidad
En mis clases de Filosofía del Lenguaje me encantaba explicar la
teoría de los tres reinos esbozada por el matemático alemán Gottlob Frege
(1848-1925). Si había tiempo, les pedía a mis alumnos que pensaran y
escribieran el inventario de qué es lo que hay en el mundo. En su respuesta
identificaban rápidamente las sillas, las mesas, la pizarra, las personas,
incluso la luz y todas las demás cosas del mundo exterior que no requieren
a nadie que las piense: este es el primer reino. Algunos alumnos añadían
que también había otras realidades como el hambre que sentían —si la
clase era a última hora de la mañana—, la pesadilla que habían padecido
esa noche, el amor a sus padres, etc., todo un reino de objetos psíquicos
—los filósofos los llamamos «representaciones mentales»— tan reales
como los físicos y a veces mucho más gozosos o dolorosos. Pero a estos
dos reinos hay que añadir con Frege un tercer reino, que es el de aquellos
objetos que no percibimos y que son independientes de la conciencia: en él
se encuentran desde el teorema de Pitágoras hasta el Quijote, pasando por
el código de circulación, la Constitución española o muchas de nuestras
construcciones científicas como los electrones o los programas
informáticos.
Querría fijarme en el segundo reino de Frege que es el ámbito de la
subjetividad: ahí están nuestros amores, odios, pesadillas, emociones,
pasiones y alegrías. Sorprendentemente, si a alguien que tiene un dolor de
muelas le dices que eso es subjetivo, se ofende y responde que su dolor es
objetivo, aunque no sepa cómo justificarlo; lo que quiere decir es que es
real. Lo subjetivo es real, pero depende de un sujeto que lo perciba o lo
sienta. Si yo me muero, mi dolor de muelas desaparece, pero las muelas no.
Es penoso que nuestra sociedad tienda a reducir lo real a aquello que
podemos ver o tocar (el primer reino de Frege), cuando no podemos ver ni
tocar el dolor de muelas de los otros, ni sus sentimientos o pesadillas, ni
tampoco el centro del planeta Tierra, la liga española de fútbol, la caída del
Imperio Romano, los electrones y tantas otras cosas más.
La noción clave no es la construcción de la realidad, sino la interacción entre mente y mundo.
En contraste con esto, en las últimas décadas ha tomado auge
—sobre todo en educación y psicología — el constructivismo que tiende a
pensar que la realidad importante es construcción humana. A mis alumnos
solía ponerles delante un libro mostrándoles solo el lomo y les preguntaba
qué veían. Respondían que un libro, pero enseguida intentaba persuadirles
de que lo que veían realmente era una mancha azul vertical cuadrangular y
que más bien el libro lo construían con su imaginación y su memoria. Hay
mucho de construcción, pero no todo es construcción. La tradición
pragmatista en la que me inserto considera que la noción clave es la de la
interacción entre mente y mundo. Mi maestro americano Hilary Putnam
(1926-2016) gustaba repetir: «La mente y el mundo hacen la mente y el
mundo» para expresar esa interacción.
En mis clases solía utilizar también como ejemplo al pobre Plutón.
En mi juventud era listado como el noveno y último planeta del sistema
solar y así yo lo estudié. Sin embargo, la Unión Astronómica Internacional
celebrada en Praga en agosto del 2006 descalificó a Plutón como planeta y
creó una nueva categoría de «planetas enanos» en la que lo incluyó y redujo
el número oficial de planeta a los ocho tradicionales: Mercurio, Venus,
Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Como es bien
comprensible, al pobre Plutón —que es una masa rocosa con una superficie
de 17 millones de kilómetros cuadrados que orbita a 5.900 millones de
kilómetros del Sol— le es del todo indiferente cómo lo llamemos y también
cómo lo clasifiquemos.
En resumen, lo subjetivo es una parte importante de la realidad, en
particular, de nuestra vida humana, pero esto no significa que toda la
realidad sea subjetiva.