Los hermanos Karamázov: Una aproximación a los capítulos «Rebeldía» y «El Gran Inquisidor»

¿Sonreír es compatible con nuestra realidad? En el mundo que habitamos, sembrado de injusticias, ¿es posible aceptar la vida como un don? Si desde pequeños aprendemos que toda causa tiene consecuencias, ¿Cómo no airarse y aplicar la propia justicia ante acciones clamorosamente inicuas que quedan impunes? Todos estos interrogantes podrían brotar con total naturalidad tanto del espíritu atormentado de Iván Karamázov, como del nuestro.

Dostoievski y el bisturí del alma humana

Excede al propósito de este artículo narrar en detalle «Los hermanos Karamázov», novela en la que Dostoievski penetra con la soltura y precisión quirúrgica de un bisturí en los sufrimientos, cuestionamientos morales e incapacidades del alma humana, alma trufada en esta obra de las particularidades del pueblo ruso del siglo XIX. Baste recordar que la historia presenta a Fiódor Pávlovich Karamázov, terrateniente de carácter desbocado, borracho y amoral con tres hijos legítimos fruto de dos matrimonios (Dimitri, Iván, Alekséi), más un hijo bastardo (Smerdiakov):

Dimitri: es el hermano mayor, pendenciero, desmesurado y ávido de placeres, como su padre.
Iván: de carácter frío, racionalista. Exhibe sin tapujos su mentalidad materialista y ateísta, que busca reafirmar entrando en debate con su hermano pequeño y piadoso Alekséi.
Alekséi: más conocido como Aliosha. De carácter templado y vida marcada por su profunda fe. Asume con sufrimiento los descarríos de su padre y hermanos. Es novicio bajo la protección del monje o stárets Zósimo.
Smerdiakov: supuesto hijo bastardo de Fiódor. De carácter abrupto. Trabaja como sirviente de Fiódor.

Además de presentar a los personajes y las complicadas relaciones entre ellos, la novela transita en torno al tema del parricidio. El padre Fiódor aparece muerto e inculpan del delito a Dimitri, el hermano mayor. Por su particular interés, centraremos la atención en los capítulos 4 (Rebeldía) y 5 (El Gran Inquisidor) del quinto libro de los doce que componen esta novela. Si el lector no tiene oportunidad de leer la novela completa, le recomendamos leer sosegadamente al menos estos dos capítulos sobre los que tanto han escrito reputados pensadores del ámbito de la Literatura y la Filosofía, entre otros.

Rebeldía: el dolor de los inocentes

En el capítulo cuatro, Dostoievski sitúa a Iván y Aliosha en una taberna y abre, a través de estos personajes, un debate iniciado con la cuestión de si es posible amar al ser humano cuando se tienen de frente sus barbaridades. Cuando Iván le va contando a su hermano diferentes historias reales en las que, como denominador común, hay un niño que sufre una cruel injusticia o vejación, le expone a las claras el gran obstáculo que su alma no puede salvar: no puede aceptar el sufrimiento de los inocentes –representados en estas historias por los niños–. Y no solo Iván.

El sufrimiento de los inocentes ha sido piedra de tropiezo para el ser humano generación tras generación por una razón fácil de esgrimir pero harto difícil de asumir: no hay respuesta. Se inscribe en el terreno del misterio, donde solo un hombre es capaz de penetrar: Jesucristo, el Amor de Dios hecho carne. Ante la angustia que experimenta Iván, Aliosha le recuerda la justicia de Dios que se aplicará al final de los tiempos. Pero Iván le refuta. ¿De qué sirve el castigo del infierno cuando también las víctimas han tenido su infierno en la Tierra? Él desea el perdón y suprimir el dolor, pero no a un precio tan alto. No niega la existencia de Dios, pero «le devuelve la entrada».

Aliosha vuelve a la carga para librarlo de la desesperación: sí existe alguien con poder para perdonar y ayudar a perdonar los pecados, Jesús. Pero en Iván solo puede hallar rechazo. No es cuestión de entendimiento. Iván no tiene la gracia para ver en Jesucristo la palabra definitiva del Padre sobre justicia y misericordia. La fe es don y sin ella no hay luz. Iván comenzará ahora su réplica contándole a su hermano un poema de su propia cosecha.

El Gran Inquisidor: el poema de la libertad negada

El desarrollo del poema es el cuerpo del siguiente capítulo, El Gran Inquisidor. Cuenta el poema que Jesús vuelve a bajar a la Tierra, esta vez en el siglo XVI, en Sevilla. Se encuentra en una plaza con un cardenal, el Gran Inquisidor. Este último manda detener a Jesús, lo interroga y lo increpa con sorprendentes afirmaciones como que ya no tiene derecho a decir nada, que le ha cedido todo el poder al Papa. Es como decirle: «Pusiste tu obra en nuestras manos. No nos estorbes». Refleja bien aquí Dostoievski el cuestionamiento interno de muchos rusos ortodoxos de la época que veían en el catolicismo romano puro servilismo ciego a una persona a quien los creyentes confieren todo el poder de atar y desatar.

Y sigue el poema de Iván haciendo jirones el alma de su hermano Aliosha con la estocada definitiva, el melón que desde el principio necesitaba abrir, la raíz de toda la turbación moral de Iván: la libertad, el libre albedrío que Dios ha concedido al hombre y que Iván no ve más que como un regalo envenenado. Continúa el poema con un nuevo ataque a Jesús, que podría resumirse en reproches como: «Tú querías hacernos libres. ¿Es esta la libertad que querías? La libertad nos hace sufrir. Recibiste en el desierto advertencias sobre la libertad –alusión a las tres tentaciones de Satanás a Jesús en el desierto– y no las quisiste escuchar.»

Las tres tentaciones del desierto

Merece la pena detenerse en las tres tentaciones en el desierto que Dostoievski trae a colación. Son tentaciones que se le presentan al hombre de cualquier generación.

Entre la injusticia que hiere y la libertad que abruma, Dostoievski nos enfrenta al abismo del alma humana.

Primera tentación: la del pan. Frente al hambre, material y espiritual, el hombre experimenta su limitación y una fuerte necesidad de buscar seguridad. De ahí que el Gran Inquisidor le recuerde a Jesús que domina  la humanidad quien tiene el pan en sus manos, haciendo con esta afirmación un pequeño alegato del socialismo humanitario que tanto denostará Dostoievski en vida, por ver en él un preludio del ateísmo que acabaría campando a sus anchas en su Rusia natal.

Procedemos a la segunda tentación: la de la historia. Al respecto el Gran Inquisidor, como si por él hablara el Tentador del desierto, explica al Jesús del poema las tres fuerzas que –siempre según Iván– la jerarquía de la Iglesia emplea para vencer y cautivar y que Jesús se negó a emplear en su beneficio durante su vida en la Tierra: el milagro, el misterio (todos deben acatarlo y someterse) y la autoridad. Según afirma el Inquisidor, la Iglesia ha rectificado la obra de Jesús y la ha basado en estos tres elementos. Es como decir que el hombre ha de apañárselas para rectificar la historia mal planteada que Dios ha trazado para nosotros.

La caída en esta tentación comienza con la duda originaria del pecado original y con la rotura voluntaria por parte del hombre del vínculo amoroso con Dios. En el momento en que el hombre empieza a dudar del amor de Dios y de si su propia historia vital está bien hecha o en ella el Creador ha metido la pata, el hombre necesita imperiosamente el reconocimiento de los demás, el éxito en esta vida, para creerse amado una vez que ha cortado los lazos de amor con su Hacedor. No le queda otra que sacarse él mismo las castañas del fuego.

Y llegamos a la última tentación: la de la idolatría. Cuando el ser humano se ha desgajado de su Creador y olvida de dónde le viene el don de la existencia y la fuente de vida en que saciar cada día su sed, se ve abocado a tener que buscar pequeños ídolos en su vida diaria con los que tratar de apagar la sed y a los que mendigar pequeños bocados sucedáneos de felicidad. Estos ídolos pueden ser de muy distinta naturaleza (dinero, aspecto físico, comodidad, elementos que anestesien un dolor en mi vida que no acepto y no quiero sentir…). Pero la realidad es cruda y no puede callarse: el corazón humano, modelado por el Amor infinito y llamado a la eternidad, jamás podrá saciarse con nadie ni con nada distinto de la fuente divina que lleva en sí la vida eterna.

La libertad que nos incomoda

Concluye el Gran Inquisidor queriendo explicar a Jesús, en definitiva, que el ser humano ha acabado odiando su libertad. Afirma que el hombre no quiere ser libre, sino estar tranquilo. De algún modo le está diciendo a Jesús: «Tú tienes elegidos. Pero nosotros tranquilizaremos a todo el mundo. Los humanos solo serán felices cuando renuncien a su libertad. Les permitiremos pecar, porque cualquier cosa puede ser redimida. Nosotros, los dirigentes, seremos los mártires que nos sacrifiquemos por ellos como conocedores del bien y del mal». Jesús no responde. Tras todas las acusaciones, solo le da un beso al Inquisidor. El cardenal lo vuelve a increpar –«¡Vete y no vuelvas más!»– y le deja marchar oculto.

Aliosha le reprocha a Iván que eso es solo lo peor del Catolicismo y que su Inquisidor no cree en Dios. Le da un beso a su hermano e Iván dice que no podrá olvidar este gesto. Qué difícil es amar la libertad y ejercerla para no devolver mal por mal. Ciertamente se trata de un acto inhumano. ¡Imposibilitados estamos para dar lo que nuestra naturaleza no posee! Nos hacía falta que nuestro Dios se abajase y se hiciese carne de nuestra carne para abrirnos el camino y tomarnos de la mano, si queremos.

MÁS DEL AUTOR

Sin publicaciones del autor.
Are you sure want to unlock this post?
Unlock left : 0
Are you sure want to cancel subscription?