La verdad y la fábula de los ciegos y el elefante

 En tiempos de polarización creciente, la antigua fábula hindú de los ciegos y el elefante adquiere una fuerza renovada.

Ratzinger y la parábola de los ciegos y el elefante

         En estos meses estoy preparando un libro sobre el fenómeno de la polarización en el que me sirvo de la conocida historia hindú de los ciegos y el elefante. A este respecto, mi amigo Philip Muller me sugirió que revisara el uso que hace de esta fábula Joseph Ratzinger en una conferencia en La Sorbona de noviembre de 1999 con el título «¿Verdad del cristianismo?» y que ha sido incluida en su libro «Fe, verdad y tolerancia» (Sígueme, 2013).

          Tal como refiere Ratzinger la fábula, se trata de un rey que reúne a los ciegos de su reino, les presenta un elefante y les ordena que lo describan. A unos les mandó palpar la cabeza y les dijo: «Así es un elefante». Otros pudieron palpar una oreja o un colmillo, la trompa, el torso, una pata, el trasero, los pelos de la cola. Luego, el monarca fue preguntando a cada uno: «¿Cómo es un elefante?», y todos respondían según la parte que cada uno había palpado: «El elefante es como un cesto de mimbre, como un puchero, como una reja de arado, como un almacén, como un pilar, como un mortero, como una escoba». Entonces —sigue refiriendo la parábola—, todos se pusieron a discutir y a gritar “El elefante es así o asá”, hasta que se abalanzaron unos contra otros a puñetazos, mientras el monarca se reía a carcajadas.

La interpretación moderna: relativismo y sospecha ante toda verdad

          Ratzinger advierte que la mentalidad del hombre moderno se refleja en esta parábola, a la vez que se resiste a la pretensión de verdad del cristianismo. Se trata de una cuestión importante, pues el cristianismo a lo largo de los siglos se ha presentado a sí mismo como la religión verdadera, no como una religión más junto a las otras. Copio de Ratzinger: «El conflicto entre las religiones les parece a muchos que es como esa riña entre los ciegos de nacimiento. Porque parece que todos somos ciegos de nacimiento ante los misterios de lo divino. El cristianismo, para el pensamiento actual, no se encuentra ni mucho menos, en una posición más favorable que las demás religiones. Antes al contrario, con su pretensión de conocer la verdad parece hallarse especialmente ciego ante los límites de todo nuestro conocimiento de lo divino, y parece caracterizarse por un fanatismo especialmente necio, que declara con obstinación que la parte palpada en la propia experiencia es la totalidad.»

Cristianismo: síntesis de la razón, la fe y la vida

          La conferencia de Ratzinger es fascinante. Describe con maestría y en detalle cómo el cristianismo se enraíza históricamente en la racionalidad filosófica de los griegos y no en las religiones y cultos de la época. «El cristianismo —podríamos decir, simplificando (explica Ratzinger)— convencía por la vinculación de la fe con la razón y por la orientación de la acción hacia la caritas, hacia la solicitud amorosa por los que sufren, por los pobres y por los débiles, superando todas las fronteras de las clases sociales». El cristianismo no se presenta como una voz más, sino como una síntesis de la razón, la fe y la vida. Por ello, concluye Ratzinger la pretensión de verdad del cristianismo ha de expresarse como ortopraxis, no solo como ortodoxia: «En lo más profundo, su contenido tendrá que consistir hoy día en que el amor y la razón se aúnen como los auténticos pilares de lo real: la verdadera razón es el amor y el amor es la razón verdadera».

La fe ensancha el horizonte de la razón

          Esta síntesis entre razón y amor no es, para el futuro Papa, un simple ejercicio intelectual, sino la vía para que el cristianismo recupere su credibilidad en un mundo fragmentado. Ratzinger sostiene que la verdad no se posee como un objeto inerte —al modo de la parte del elefante que cada ciego había palpado—, sino que se manifiesta en el encuentro personal con el Logos, que es a la vez Razón suprema y Amor entregado. Por tanto, la respuesta cristiana a la interpretación relativista de la parábola no consiste en imponer una doctrina con arrogancia, sino en demostrar que la fe es capaz de ensanchar el horizonte de la razón, ofreciendo un sentido de unidad que las experiencias parciales no pueden alcanzar por sí solas.

La verdad no es algo que poseamos, sino que nos posee.

          A veces se dice que la verdad tiene múltiples caras, que pueden presentarse múltiples versiones de la verdad o que hay diferentes perspectivas sobre la realidad. Me parece importante advertir que todas estas afirmaciones pueden no ser relativistas; con ellas lo que se afirma es, sobre todo, que la verdad es un mosaico, una sinfonía, y que los aspectos parciales pueden llegar a contribuir a una verdad superior, más amplia o más general. Como gustaba de decir Joseph Ratzinger, no somos los dueños de la verdad, sino que más bien es la verdad la que se apodera de nosotros; la verdad no es algo que poseamos, sino que nos posee.

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