Los avances científicos y tecnológicos han ampliado extraordinariamente las posibilidades de la medicina. Hoy es posible prolongar la vida mediante soportes artificiales, intervenir en los procesos reproductivos, realizar diagnósticos genéticos, modificar determinadas funciones biológicas y aliviar el sufrimiento en las fases más avanzadas de una enfermedad.
Sin embargo, cuanto mayor es nuestra capacidad técnica, más difícil resulta responder a una pregunta fundamental: ¿todo lo que médicamente puede hacerse debe también hacerse desde el punto de vista moral? La ciencia puede explicar cómo funciona una técnica, cuáles son sus riesgos o qué probabilidades de éxito ofrece. Pero no puede decidir por sí sola si esa intervención respeta la dignidad humana, si produce un daño injustificado o si debe aplicarse a una persona concreta.
La bioética surge precisamente para reflexionar sobre los dilemas relacionados con la vida, la salud, la enfermedad y la muerte. No existe, sin embargo, una única forma de resolverlos. Cada modelo bioético parte de una determinada concepción de la persona, la libertad, el bien, los valores y la responsabilidad moral.
En este artículo presentaremos ocho de los modelos más influyentes en la bioética contemporánea:
- El modelo subjetivista o liberal-radical.
- El modelo pragmático-utilitarista.
- El contractualismo bioético.
- La ética fenomenológica material de los valores.
- La ética de la virtud.
- El principialismo de Beauchamp y Childress.
- La bioética clínica y deliberativa de Diego Gracia.
- El personalismo ontológicamente fundado de Elio Sgreccia.
Cada uno propone un criterio diferente para determinar qué debemos hacer ante un conflicto médico. Algunos conceden prioridad a la autonomía individual; otros, a las consecuencias colectivas, al consenso, a los valores objetivos, al carácter moral del profesional, a determinados principios clínicos o a la dignidad inherente a toda persona.
Para comprender sus diferencias no basta con conocer sus fundamentos teóricos. También es necesario observar cómo responderían ante una situación concreta. Por ello, al final aplicaremos algunos de estos modelos al caso de un paciente terminal ingresado en una unidad de cuidados intensivos, cuyo tratamiento tecnológico prolonga su vida biológica sin ofrecer expectativas reales de recuperación.
La pregunta que precede a toda decisión bioética
Cuando un equipo médico debe decidir si inicia, mantiene o retira un tratamiento, no se enfrenta solamente a un problema clínico. También debe responder, aunque no siempre lo formule expresamente, a varias preguntas filosóficas:
¿Qué hace valiosa una vida humana? ¿La libertad individual es el criterio moral decisivo? ¿Debemos buscar el mayor beneficio para el mayor número? ¿Puede el consenso social determinar qué es correcto? ¿Existen valores objetivos? ¿Basta con cumplir unas normas o necesitamos profesionales virtuosos? ¿Posee todo ser humano una dignidad inherente, con independencia de su estado de salud o de conciencia? Las diferentes respuestas a estas preguntas explican la aparición de los principales modelos bioéticos.
1. El modelo subjetivista o liberal-radical: la autonomía como criterio principal
El modelo subjetivista o liberal-radical sitúa la libertad individual en el centro de la decisión moral. Se relaciona con algunas corrientes no cognitivistas y con los movimientos de emancipación cultural desarrollados durante el siglo XX.
Desde este enfoque, la moral no puede fundarse en una naturaleza humana común ni en unos valores objetivos compartidos. Cada persona debe poder decidir libremente sobre su cuerpo, su salud y su proyecto vital, siempre que sus decisiones no causen un daño directo a terceros. Una actuación médica se considera legítima cuando ha sido elegida de manera libre, consciente e informada por el sujeto. El derecho al propio cuerpo y la autodeterminación se convierten así en los criterios fundamentales.
Este modelo ha contribuido decisivamente a superar el paternalismo médico. Durante mucho tiempo, el profesional sanitario decidía qué era lo mejor para el paciente sin contar suficientemente con su opinión. El reconocimiento del consentimiento informado y del derecho a rechazar un tratamiento representa una conquista ética indiscutible.
La dificultad aparece cuando la autonomía se interpreta como un valor absoluto. Si la voluntad individual fuera el único criterio, la medicina podría reducirse a satisfacer deseos personales, aunque estos no se correspondieran con el bien clínico del paciente o entrasen en conflicto con la responsabilidad moral del profesional.La libertad es una dimensión esencial de la persona, pero permanece abierta una cuestión decisiva: ¿toda decisión libre es, por el hecho de ser libre, moralmente buena?
2. El modelo pragmático-utilitarista: el mayor beneficio para el mayor número
El utilitarismo valora las acciones por sus consecuencias. Una decisión será moralmente correcta cuando produzca la mayor cantidad posible de bienestar y reduzca el dolor o el perjuicio del mayor número de personas. Inspirado en Jeremy Bentham y John Stuart Mill, este modelo tiene una aplicación importante en las políticas sanitarias y en la distribución de recursos escasos. Los análisis de coste-beneficio, coste-efectividad y calidad de vida responden, en gran medida, a esta lógica.
Su utilidad se hace especialmente visible en situaciones de emergencia. Cuando no es posible atender a todos los pacientes al mismo tiempo, puede ser necesario establecer prioridades para asignar camas de cuidados intensivos, trasplantes, medicamentos o tratamientos costosos.
El utilitarismo ayuda a gestionar responsablemente unos recursos que siempre son limitados. Sin embargo, plantea una dificultad evidente: al concentrarse en el beneficio global, puede subordinar los derechos de la persona concreta a los intereses de la mayoría.
Si el valor de una vida se mide únicamente por su utilidad, productividad, expectativa de recuperación o calidad de vida, los enfermos más graves, las personas con discapacidad y quienes se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad podrían quedar desprotegidos. Una sociedad necesita buscar el bien común, pero no puede olvidar que detrás de cada cálculo estadístico existe una persona irrepetible.
3. El contractualismo bioético: el consenso en una sociedad plural
El contractualismo bioético, desarrollado especialmente por H. Tristram Engelhardt, parte de una constatación: las sociedades contemporáneas están formadas por personas que mantienen concepciones religiosas, filosóficas y morales muy diferentes.
Engelhardt denomina “extraños morales” a quienes no comparten una misma visión del bien ni reconocen una autoridad moral común. En una sociedad plural, considera difícil establecer normas universales basadas en una única idea de naturaleza humana.
Por ello, propone fundamentar la ética pública en el acuerdo y el permiso mutuo. Una decisión será legítima cuando haya sido aceptada libremente por los agentes implicados y sea fruto de una negociación no coaccionada.
Este modelo favorece el diálogo y permite gestionar los conflictos en contextos multiculturales. Los comités de bioética pueden actuar como espacios de mediación entre pacientes, familias, médicos e instituciones.
Sin embargo, el consenso no garantiza por sí mismo la justicia de una decisión. Un acuerdo podría perjudicar a quienes no pueden participar en la negociación, como los embriones, los recién nacidos, los pacientes inconscientes o las personas con graves limitaciones cognitivas.
Además, una mayoría puede aprobar una práctica injusta. Por tanto, es necesario preguntarse si existen bienes y derechos que deben ser respetados incluso cuando no cuentan con el respaldo del consenso social.
4. La ética fenomenológica de los valores: recuperar la dimensión afectiva
La ética fenomenológica material de los valores, representada por Max Scheler y Nicolai Hartmann, surge como reacción frente al formalismo moral y frente a las concepciones que reducen los valores a meras preferencias subjetivas.
Según este enfoque, los valores poseen una dimensión objetiva. No son creados arbitrariamente por cada individuo, sino que pueden ser reconocidos por la persona mediante una percepción intelectual y afectiva.
Scheler habló de un “orden del corazón” para referirse a la capacidad humana de captar los valores y reconocer que algunos son superiores a otros. No todos los deseos ni todas las preferencias poseen el mismo rango. Existen valores vitales, espirituales, morales y religiosos que pueden exigir la renuncia a satisfacciones inmediatas.
Aplicada a la medicina, esta corriente recuerda que la relación clínica no puede reducirse a protocolos, cálculos económicos o decisiones puramente técnicas. La compasión, la empatía y la capacidad de comprender el sufrimiento del paciente también forman parte del juicio moral.
Su aportación es especialmente importante en una medicina cada vez más tecnificada. El paciente no es solamente un organismo que debe ser reparado, sino una persona que necesita ser escuchada, comprendida y acompañada.
No obstante, este modelo debe explicar cómo se reconocen los valores con suficiente objetividad y cómo se resuelven los conflictos cuando distintas personas perciben de manera diferente su jerarquía.

5. La ética de la virtud: ¿qué clase de profesional debe tomar la decisión?
La ética de la virtud recupera la tradición de Aristóteles y Tomás de Aquino. En la bioética contemporánea ha sido desarrollada especialmente por el médico y filósofo Edmund Pellegrino.
Este enfoque no pregunta únicamente qué norma debe aplicarse, sino también qué clase de persona debe ser quien toma la decisión. El núcleo de la moralidad no reside solo en los actos aislados, sino en el carácter moral del profesional. No basta con aplicar correctamente un protocolo. El médico necesita prudencia, justicia, compasión, honestidad, fortaleza e integridad.
La prudencia permite reconocer qué es lo más adecuado para un paciente concreto en unas circunstancias determinadas. La medicina no puede consistir en aplicar automáticamente reglas generales, porque cada situación clínica contiene elementos personales, familiares y sociales singulares.
Pellegrino concibe la relación entre médico y paciente como una alianza de confianza orientada hacia el bien de la persona enferma. La competencia técnica es imprescindible, pero no suficiente. Un profesional puede conocer perfectamente las normas y, sin embargo, actuar de una manera fría, indiferente o deshumanizada.
La ética de la virtud complementa otros modelos al recordar que unas reglas correctas pueden ser mal aplicadas por un profesional sin sensibilidad ni rectitud moral.
Su limitación es que las virtudes del profesional, por sí solas, no siempre proporcionan criterios suficientemente precisos para resolver conflictos complejos entre derechos, deberes y consecuencias.
6. El principialismo: cuatro criterios para orientar la práctica clínica
El principialismo, desarrollado por Tom Beauchamp y James Childress, es uno de los modelos más difundidos en hospitales, comités de ética e investigaciones clínicas. Propone analizar los dilemas médicos mediante cuatro principios fundamentales:
Autonomía: respetar la capacidad del paciente para tomar decisiones informadas.
No maleficencia: evitar causar un daño innecesario.
Beneficencia: actuar buscando el bien del paciente.
Justicia: distribuir equitativamente los recursos, beneficios y cargas.
Estos principios tienen un carácter prima facie: deben respetarse mientras no entren en conflicto con otro principio de igual importancia. No existe, en principio, una jerarquía fija entre ellos.
Ante una situación concreta, es necesario especificar qué exige cada principio y ponderar cuál debe prevalecer.
Por ejemplo, la autonomía puede llevar a respetar el rechazo de un tratamiento, mientras que la beneficencia podría inclinar al médico a mantenerlo. La decisión exige evaluar el pronóstico, los riesgos, la voluntad del paciente y las consecuencias previsibles.
La gran fortaleza del principialismo reside en su carácter operativo. Proporciona un lenguaje común para analizar los casos y facilita el trabajo de los comités de ética en sociedades culturalmente diversas.
Sin embargo, no siempre explica suficientemente por qué deben respetarse esos principios ni cómo resolver definitivamente los conflictos entre ellos. La ponderación puede conducir a soluciones distintas según el criterio de cada profesional o comité.
7. La bioética deliberativa de Diego Gracia
El médico y filósofo español Diego Gracia reelabora el principialismo y lo vincula con la filosofía de Xavier Zubiri y con la ética civil.
Su propuesta distingue dos niveles de obligaciones morales.
En el primer nivel se encuentran la no maleficencia y la justicia. Constituyen una ética de mínimos, formada por deberes exigibles a todos porque protegen la convivencia y el bien común.
En el segundo nivel aparecen la autonomía y la beneficencia. Corresponden a una ética de máximos, relacionada con los ideales personales de vida buena y felicidad.
Según Diego Gracia, los deberes de mínimos tienen prioridad sobre los de máximos. Nadie puede imponer su propio ideal de felicidad si con ello causa daño a otra persona o vulnera una exigencia de justicia.
La deliberación es el método fundamental de este modelo. Antes de tomar una decisión, resulta necesario analizar cuidadosamente los hechos clínicos, identificar los valores en conflicto y determinar los deberes que se derivan de ellos.
Deliberar no significa buscar siempre una solución intermedia. Significa examinar el problema desde distintas perspectivas, evitar decisiones precipitadas y escoger la alternativa más prudente.
Este método posee una gran utilidad clínica, porque obliga a distinguir entre los datos médicos, las preferencias personales y las obligaciones morales.
No obstante, también plantea una cuestión de fondo: ¿en qué concepción de la persona se apoya la jerarquía entre los principios y cómo se determinan unos mínimos éticos verdaderamente universales?
8. El personalismo ontológicamente fundado: la dignidad inherente a toda persona
El personalismo ontológicamente fundado, desarrollado por Elio Sgreccia, parte de una afirmación esencial: todo ser humano posee una dignidad inherente por el hecho de ser persona.
Esta dignidad no depende de la edad, la salud, la autonomía, la conciencia, la capacidad intelectual ni la utilidad social. Permanece intacta en el embrión, en la persona con discapacidad, en el paciente inconsciente y en quien se encuentra en la fase terminal de una enfermedad.
El personalismo entiende al ser humano como una unidad de cuerpo y espíritu. El cuerpo no es un objeto exterior del que la persona pueda disponer arbitrariamente, sino una dimensión constitutiva de su identidad.
Este modelo se articula en torno a cuatro principios.
El primero es el principio de defensa de la vida física, porque la existencia corporal constituye la condición necesaria de todos los demás bienes.
El segundo es el principio de totalidad o terapéutico. Puede ser lícito intervenir en una parte del organismo cuando ello resulta necesario para proteger el bien integral de la persona.
El tercero es el principio de libertad y responsabilidad. La autonomía del paciente debe ser respetada, pero no puede separarse de la verdad sobre su situación clínica ni de la responsabilidad moral del profesional.
El cuarto es el principio de sociabilidad y subsidiariedad, que exige a la sociedad proteger especialmente a quienes se encuentran en situación de mayor debilidad o dependencia.
El personalismo rechaza tanto la eutanasia como la obstinación terapéutica. Defender la vida no significa prolongar biológicamente la existencia mediante cualquier procedimiento.
Cuando un tratamiento resulta inútil, desproporcionado o excesivamente gravoso, puede ser moralmente legítimo suspenderlo y permitir que la enfermedad siga su curso natural.
No es admisible provocar deliberadamente la muerte, pero tampoco existe la obligación de mantener tratamientos que ya no ofrecen un beneficio terapéutico real.
Un caso decisivo: el paciente terminal en la UCI
Imaginemos a un hombre de 72 años con un tumor cerebral en fase terminal, metástasis pulmonares y fallo multiorgánico. Se encuentra ingresado en una unidad de cuidados intensivos, conectado a ventilación mecánica y recibiendo medicamentos para mantener artificialmente su presión arterial.
Los médicos consideran irreversible su situación. Un año antes, el paciente había firmado un documento de voluntades anticipadas en el que rechazaba ser mantenido con vida mediante medios artificiales si no existía una posibilidad razonable de recuperación.
La familia solicita retirar el respirador, pero el médico duda porque teme acelerar la muerte del paciente.
¿Cómo analizarían este caso los principales modelos clínicos?
La respuesta del principialismo
El principialismo examinaría los cuatro principios.
La autonomía apoya el cumplimiento de las voluntades anticipadas. La no maleficencia indica que mantener un soporte inútil puede prolongar innecesariamente la agonía. La beneficencia exige reorientar la atención hacia el alivio y el cuidado. La justicia obliga también a considerar el uso proporcionado de los recursos de la unidad de cuidados intensivos.
Tras ponderar estos elementos, podría autorizarse la retirada de la ventilación y de los fármacos invasivos, acompañándola de analgesia y sedación paliativa para evitar el sufrimiento.
La respuesta de la bioética deliberativa
El modelo de Diego Gracia comenzaría aclarando los hechos: la enfermedad es irreversible y los tratamientos ya no poseen una verdadera finalidad curativa.
Después identificaría los valores en conflicto: la conservación de la vida biológica, la voluntad del paciente de no prolongar artificialmente su agonía y la responsabilidad del médico.
La no maleficencia, perteneciente al nivel de mínimos, obliga a evitar un tratamiento fútil que perjudica al paciente. La autonomía, situada en el nivel de máximos, apunta en este caso en la misma dirección.
La adecuación del esfuerzo terapéutico no sería un abandono, sino una obligación ética derivada del deber de no causar daño.
La respuesta personalista
El personalismo comenzaría reconociendo que el paciente conserva íntegramente su dignidad, aunque haya perdido la conciencia y no pueda comunicarse.
A continuación, distinguiría entre tratamientos proporcionados y desproporcionados. Si el respirador y los medicamentos ya no ofrecen una posibilidad terapéutica real y únicamente prolongan la agonía, pueden ser retirados.
La retirada no busca causar la muerte, sino renunciar a unos medios que han dejado de ser terapéuticos. La enfermedad sigue siendo la causa del fallecimiento.
Al mismo tiempo, continuarían siendo obligatorios los cuidados paliativos, el alivio del dolor, la higiene, el acompañamiento y las atenciones básicas proporcionadas a la situación del paciente.
No se prolonga artificialmente la agonía, pero tampoco se abandona a la persona.
Aportaciones y límites de los distintos modelos
Los ocho modelos han realizado aportaciones relevantes a la bioética contemporánea.
El modelo liberal ha reforzado la autonomía del paciente y el consentimiento informado. El utilitarismo permite reflexionar sobre la distribución responsable de recursos. El contractualismo facilita el diálogo en sociedades plurales. La fenomenología recupera la objetividad de los valores y la dimensión afectiva. La ética de la virtud subraya la importancia moral del profesional. El principialismo ofrece un método práctico. La deliberación de Diego Gracia organiza el análisis de hechos, valores y deberes. El personalismo fundamenta la dignidad en la condición personal del ser humano.
Sin embargo, estos modelos no responden de la misma manera a todas las preguntas.
La autonomía puede resultar insuficiente cuando el paciente no puede decidir. El consenso puede excluir a quienes no tienen voz. El utilitarismo puede sacrificar a la persona concreta en beneficio del colectivo. La ponderación de principios puede variar según quién la realice. Las virtudes profesionales necesitan también criterios objetivos que orienten la acción.
El personalismo trata de ofrecer una base antropológica estable: el valor de la persona no depende de lo que puede hacer, decidir o producir, sino de lo que es.
Esta propuesta no elimina la necesidad de considerar la autonomía, las consecuencias, las virtudes, los valores, la justicia ni la deliberación. Pretende integrarlos dentro de una concepción unitaria del ser humano.
Cuidar cuando ya no es posible curar
La bioética alcanza uno de sus sentidos más profundos cuando la medicina ya no puede vencer la enfermedad.
En ese momento, el deber del profesional no desaparece, sino que cambia de orientación. Cuando curar no es posible, todavía es posible aliviar, acompañar y cuidar.
Renunciar a un tratamiento desproporcionado no equivale a renunciar al paciente. Del mismo modo, respetar la vida no obliga a prolongar la agonía mediante intervenciones inútiles.
La verdadera cuestión no consiste en elegir entre utilizar toda la tecnología disponible o abandonar al enfermo. El desafío consiste en distinguir entre una intervención verdaderamente terapéutica y una prolongación artificial que ya no ofrece un beneficio proporcionado.
Los distintos modelos bioéticos proporcionan criterios para realizar esta distinción. Conocerlos permite comprender que detrás de toda decisión clínica existe una determinada idea de la libertad, del bien y de la dignidad humana.
En definitiva, la técnica médica necesita estar acompañada por una reflexión ética capaz de recordar que el centro de la medicina no es la enfermedad, el procedimiento ni la tecnología, sino la persona concreta que necesita ser atendida y cuidada.