Belleza, Arte Y Trascendencia

¿Cuántas veces nos hemos encontrado frente a una obra de arte sin saber exactamente qué hacer, cómo interpretarla o incluso como sentirla?

Es precisamente en ese instante donde el arte ejerce su poder más profundo, nos desafía, nos inquieta, y, finalmente, nos transforma.  En ese proceso, la belleza y trascendencia en el arte juegan un papel crucial, invitándonos a un diálogo silencioso con la obra y con nosotros mismos. Cuando contemplamos una obra, sufrimos un encuentro: nos colocamos frente a las dudas, decisiones, creencias, anhelos, sacrificios… del artista. Y realmente se “padece” en el instante en que uno se deja interpelar o conmover por aquélla y el sustrato que permanece inmanente.

La importancia del asombro

Estamos inmersos en una sociedad que nos ha “anestesiado” la sensibilidad: la capacidad que se halla en la base de nuestras percepciones, de nuestros modos de mirar y contemplar, de nuestras posibilidades de dejarnos percutir por lo que puede provocar un cambio en el estilo de vida. Y, sin embargo, el paso previo a la contemplación de una obra artística es fomentar una actitud sobre la que se apoya la sensibilidad estética: el sentido del asombro. La meta final es lograr un nuevo paradigma, un cambio moral que sólo puede comenzar con el estilo de vida de uno mismo.

Si se cultiva esta disposición, el ser humano se abre a la necesidad de descubrir el mundo que le rodea, “porque le fascina y al tiempo se percibe como algo que no es ajeno”[1]; deja de observarlo con interés utilitario y externo a su propia existencia y además, “sólo el estupor, la fascinación, provoca el conocimiento y el cuidado[2]. Y la razón por la que sucede este movimiento interno es la claridad que aparece ante la mirada, el valor intrínseco de lo que nos rodea. En este proceso, la belleza y trascendencia en el arte se revelan como un faro que nos conduce hacia una comprensión más profunda de nuestra existencia

Rothko: ¿Qué sucede si no ocurre “Nada”?

Tomemos, por ejemplo, la obra El Ocre de Mark Rothko. Una primera impresión de falta de entendimiento se apodera de una mirada poco familiarizada con el arte contemporáneo. ¿Qué me va a decir un cuadro así si “no tiene nada”? No es sencillo, pero resulta necesario detenerse y no cejar en la contemplación. Líneas rectas, dos colores. Intensidades y sombreados. Líneas que son sutiles, se difuminan en el fondo, o viceversa: el fondo anaranjado queda desvanecido en ese rectángulo ocre.

La mirada persiste. Se enfrenta al posible absurdo y se inquieta. ¿Qué pasa si no sucede nada? Espera y paciencia hasta que los sentidos (no sólo los ojos, sino los internos) se abren. Emerge entonces otra turbación: ¿y si la interpretación falla? ¿Cómo se va a juzgar correctamente la obra y su significado si se desconoce lo que hay detrás? No hay que preocuparse: la primera premisa de la obra se ha cumplido. Nos ha desafiado. Nos ha retado a una espera, a permanecer contemplando donde parece que no hay nada (mejor dicho: donde parece que hay nada), y nos induce a encararnos con nuestra racionalidad objetiva. Este desafío es, en sí mismo, una expresión de la belleza y trascendencia en el arte, que nos obliga a explorar lo que va más allá de lo visible.

A medida que miramos con mayor insistencia el lienzo, más notamos una atracción. Pero no una mera captación por el descubrimiento de una incógnita, sino la pura seducción hacia el interior del cuadro. Los colores cálidos nos envuelven ya; han permeado nuestra retina y se encuentran ya descendiendo: nos hundimos. Es una entrada suave y delicada gracias a esas líneas difuminadas. Es una ventana hacia el propio calor de nuestra interioridad, que no es cerrada. Al contrario. Hay un encuentro en ese oculto lugar con algo más grande, más amable (‘amable’ en cuanto delicado y simultáneamente digno de ser amado).

La densidad ha cubierto nuestros sentidos. No obstante, lo que parecía impenetrable, se va derrumbando. Lo que parecía opaco, se va transformando en transparencia. Se comienza a percibir la prolongación de los trazos ocres hacia la parte inferior del cuadro. Rasgos tenues, aparentemente sin sentido y sin dirección.

Se ha logrado el siguiente paso del proceso: se ha pasado de mirar una obra de arte a estar enfrente, como delante de una persona. Se está dispuesto a comenzar una relación: se conoce el origen, el punto de partida, pero aún se ignora a dónde va a conducir.

Rothko (o su obra, es igual) únicamente nos pide aguardar a que algo suceda. Sólo pide que estemos de verdad presentes para enfrentarnos a un aparente vacío. Invita a imitar su propia quietud. Se podría afirmar que su acción es similar a la de una llama de fuego, aunque a la inversa: observamos y podrá moverse o alterar su forma, pero sólo lo captaremos si fijamos la mirada en su centro, pues el núcleo permanece más o menos estático mientras que son los bordes los que dan movimiento. En este lienzo la inacción se encuentra en sus límites con la realidad que nos rodea, y en su interior percibimos el movimiento: la figura geométrica se superpone, los colores que delinean la forma se funden entre sí, como si de magma se tratara.

Y en este punto nos detenemos en una mirada contemplativa que cada vez se vuelca más hacia dentro. Pero no dentro del cuadro, sino dentro de nosotros mismos, oculto tras la pintura. Viene a la mente ese concepto de ‘instante’ de Kierkegaard, momento en el que se unen el tiempo, el presente, y la eternidad, y aquí se entrelazan en nuestra intimidad. Rothko ha eliminado la contemporaneidad del arte figurativo y lo infinito de lo simbólico: es ninguna para reflejar la eternidad (diferente que infinitud) del vacío. Siempre se ha intentado representar lo intangible o lo no visible, y se continúa haciendo, como conato de colmar el deseo de aquello que podía saciar la sed mientras “ocurre” lo que es la vida. Es decir, la pintura, el arte en general, en ocasiones trata de transparentar la realidad o una apariencia para que no caiga en el olvido o como anticipo de lo que se aguarda.

El ocre no es ni una cosa ni la otra: no intenta aliviar ni suplantar o “fantasear”, sino que muestra la total ausencia, el vacío que es lo único que recrea realmente la carencia de fin. Vacío que nos desvela una verdad quizás dura: somos seres que esperan, que aguardan, si quieren, el desenlace definitivo manteniendo el equilibrio como funambulistas: entre lo parece seguro y real y lo que permanece en nuestra intimidad, vasija precaria del ‘instante’.

¿Y en qué momento desembarazarse de la presencia del vacío del lienzo? Cuando se intuya un movimiento interior, tras haber sido rodeado de esa densidad anaranjada y ocre, hacia lo real. Cuando el deseo, que sigue sin apagarse, está dispuesto a volcarse en el contexto cotidiano. Entonces comprobamos que nos encontrábamos frente a una obra de arte.

Si investigamos en la técnica y la biografía del pintor, posiblemente descubramos que las intuiciones anteriores tengan sentido, aunque el influjo del cuadro conduzca a cada cual por caminos diferentes. Rothko realizaba una capa monocroma en los lienzos para añadir, a continuación, trazos de pintura diluidas en aceite. Frotaba dichas capas con un trapo otorgando esa percepción tenue, favoreciendo la fusión o degradación de los colores, y quedando totalmente impregnado en el lienzo. De esta manera, el resultado eran capas translúcidas, que a la vista invocan asimismo al sentido del tacto en la percepción de la obra.

Por otro lado, no podemos olvidar que procede de una familia y educación hebraicas.  De esta tradición proceden su tendencia por las veladuras, por el espacio donde se manifiesta lo sagrado o lo no visible (de hecho, él afirmaba que no pintaba, sino que creaba espacios), la luz, la revelación y el misterio. Por tanto, su intención era provocar una reacción espiritual en el espectador.

Resultan iluminadoras las siguientes palabras suyas, pronunciadas en 1953 y recogidas por James E. B. Breslin: “Quizá haya reparado en que mis cuadros pueden tener dos características. O sus superficies se dilatan y se abren en todas direcciones, o se contraen y se cierran precipitadamente en todas direcciones. Entre esos dos polos se encuentran todas las cosas que tengo que decir”[3].

En definitiva, el propósito de Rothko no es producir tensiones a través de contrastes fuertes en las formas, composiciones o colores, sino que pretende la armonía, diluida como ya hemos visto. Una consonancia que nos conduce con mano suave y delicada hacia el gran abismo de la espiritualidad que se guarda en el interior de nuestras conciencias. Se comprende, entonces, que él deseara que hubiera un banco delante de sus obras para que el espectador se sentase a “esperar”.

Un tanteo hacia la belleza

¿Es la belleza lo que nos golpea? Sin embargo, vislumbrar el horror en sus distintos grados, ¿no produce igualmente una conmoción? ¿Acaso la belleza es únicamente armónicamente atractiva, agradable y placentera? La belleza se trataría de una llamada. Una llamada infinita a tener un encuentro con lo que ella encarna: el bien y la verdad. ¿Cómo realiza dicha llamada? Mediante el deseo. La palabra ‘deseo’ procede del verbo latino ‘desiderare’, que delata la privación de la contemplación de las estrellas y cierto movimiento hacia ellas. De ahí que la ‘sed’ provenga de este término, por el movimiento que implica. La belleza llama incesantemente a buscar la plenitud, nos conduce a ella, a lo eterno y lo inmutable. Pero mientras lo espaciotemporal nos condicione, únicamente vislumbraremos vestigios de la belleza plena, que sacia la sed de manera total.

Por tanto, nuestra respuesta tras recibir esa llamada vacilará entre la presencia y la ausencia de ella pues es lo que provocará en nosotros una actitud inconformista de búsqueda hacia aquello que intuimos, pero nunca poseemos por completo. Por tanto, la belleza no se encuentra en un objeto, persona o situación, sino que es una relación.

Un paso hacia la Trascendencia

Finalmente, contemplar una obra de arte como las de Rothko no es simplemente observar, es iniciar un diálogo silencioso con el misterio que nos rodea y que habita en nosotros mismos. En ese diálogo descubrimos que somos seres en constante espera, equilibrando lo visible y lo invisible, lo finito y lo eterno. Como sugiere Dostoievski, «La belleza salvará el mundo», no porque sea un ideal abstracto, sino porque nos impulsa hacia la transformación personal y colectiva, a la búsqueda del bien y la verdad, a vivir en plenitud y autenticidad. En este sentido, la belleza y trascendencia en el arte se convierten en un vínculo esencial con nuestra intimidad y nuestra capacidad de asombro.

Te invito a experimentar el arte desde esta nueva perspectiva: deja que te interpele, que despierte tu asombro y que transforme tu manera de percibir el mundo y tu propia existencia. ¿Estás listo para cruzar esa puerta hacia el misterio que el arte te ofrece?


[1] CARSON, R. El sentido del asombro (2012). Madrid: Ediciones Encuentro, S.A. (p. 9).
[2] Ídem, p. 12.
[3] BRESLIN, J. E. B. Mark Rothko: una biografía (1993). Chicago: University of Chicago Press.

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