Cómo comprendo el mundo?
¿Te has hecho esta pregunta alguna vez? El nombre de esta web, “Comprende el mundo”, es en sí mismo una invitación profunda. Si lo pensamos bien, hay tantas comprensiones del mundo como personas viven en él. Cada mirada, cada interpretación, cada reacción… responde a una historia única. Y todas esas visiones pasan inevitablemente por nuestras gafas emocionales.
Observamos el mundo desde nuestras propias gafas. Gafas emocionales teñidas por nuestros valores, experiencias, capacidades, creencias limitantes o potenciadoras… e impregnadas de nuestro mundo emocional. Lo que para ti es normal, para otra persona puede ser incomprensible o incluso ofensivo. Y al revés. Todos vemos el mundo de manera subjetiva. Por eso, ampliar nuestra comprensión es un acto de madurez y crecimiento personal.
Tu mapa no es el territorio
Nuestra identidad no es neutra: es una construcción. Está influida por lo que nos ha pasado, por cómo lo hemos vivido; la seguiremos cimentando con cada decisión que tomemos, con cada acto que realicemos. Comprendemos el mundo desde nuestro “mapa” personal, no desde una realidad universal. Y esto, aunque a veces se nos olvide, lo cambia todo.
El comportamiento humano, como explicaba Robert Dilts[1] desde la Programación Neurolingüística (PNL)[2], se puede imaginar como un iceberg. Lo que vemos de los demás —sus actos, sus palabras, sus gestos— es solo la punta. Debajo está lo invisible: valores, identidad, historia, espiritualidad, sistema de creencias… Y muchas veces, ni la propia persona es del todo consciente de esa parte profunda. ¿Cuántas veces te has sorprendido diciendo o haciendo algo que ni tú entiendes? Esa sensación de autodesconcierto es muy común. Con frecuencia reaccionamos desde capas que no hemos aprendido a leer, que están ocultas tras nuestras gafas emocionales.
Juicios automáticos: una trampa silenciosa
Aquí aparece el gran error: juzgar lo que no comprendemos porque no lo conocemos. En lugar de detenernos a preguntar, interpretamos. En vez de abrirnos a entender al otro, reaccionamos con frases como: “¿Qué se habrá creído?” “¿Cómo ha podido decir eso?” “¿Quién se piensa que es?” Nos convertimos en jueces sin pruebas. Cerramos puertas a la empatía, y con ello, limitamos nuestras relaciones. Es como si hiciéramos una fotografía del otro desde un ángulo muy limitado, sin ver que se quedan cosas fuera del encuadre. ¿Cuántas veces te han malinterpretado a ti? ¿Cómo te sentiste cuando eso pasó?
Tender puentes emocionales
Pero hay otra opción: ¿Y si lo hiciéramos al revés? ¿Qué pasaría si, en lugar de juzgar, preguntáramos? ¿Si, en lugar de asumir, tratáramos de comprender con curiosidad genuina? Algo tan simple como: “¿Qué te ha pasado para que reacciones así?”, “¿Cómo te ha afectado esta situación?”
Las respuestas pueden cambiar por completo el rumbo de una conversación y convertir un conflicto en una oportunidad. En eso consiste construir puentes emocionales. Puentes que se levantan con preguntas sinceras, con escucha activa y con la voluntad de percibir el mundo desde la situación del otro. Comprender no siempre es estar de acuerdo. Pero sí es estar dispuesto a mirar sin juicio. Esto requiere entrenamiento, porque la mente tiende a llenar los vacíos con nuestra lectura de las situaciones.
El poder de parar y mirar con nuevos ojos
Tal vez pienses que esto es complicado. Y lo es. Pero… ¿merece la pena? ¿Cómo cambiarían tus relaciones si decidieras dejar de ser juez carente de datos y empezaras a ser constructor de puentes? ¿Cómo sería tu mundo si te atrevieras a mirar el de los demás con más curiosidad y menos prisa? Solo necesitas un último ingrediente: la pausa.
La próxima vez que no entiendas una reacción, no interpretes. No juzgues. Pregunta.
Pausar para observar. Pausar para escuchar. Pausar para pensar. Sin duda, en esa pausa aparece algo poderoso: la comprensión trascendente y el descubrimiento de nuevas realidades. Es una pausa que no se edifica en la superficie, sino en la profundidad de la escucha atenta y la empatía sincera. Es ahí donde nuestras gafas emocionales pueden limpiarse, reajustarse… o incluso cambiar por completo.
Llamada a la reflexión
En un mundo que ha descatalogado la reflexión, atreverse a parar es revolucionario. Es la única forma de responder más y reaccionar menos. De tender puentes, en lugar de levantar muros. Recuerda: esos puentes no solo benefician a quienes los cruzan contigo, sino que también te transforman a ti.
Te invito a probarlo: La próxima vez que no entiendas una reacción, no interpretes. No juzgues. Pregunta. Tal vez descubras que la comprensión no está tan lejos… solo requiere mirar con otros ojos. Y tal vez, también, con otras gafas emocionales.