La santidad en la imperfección

En la vida cotidiana, Dios no nos pide perfección, sino confianza. La santidad no surge de los éxitos, sino de la fe con la que afrontamos nuestros límites y fracaso

El pasaje evangélico de la pesca milagrosa narrado por san Lucas nos puede dar pie a considerar que lo que nos pide Dios en nuestra vida no es la perfección sino afrontar las limitaciones de la vida con espíritu de fe y de amor, es decir con santidad. Porque la santidad en la vida cotidiana no es una meta reservada a héroes o personas excepcionales, sino una llamada concreta para todos, vivida desde la imperfección y la rutina diaria.

La santidad en medio del fracaso

Esta escena del evangelio describe a Jesús subiendo a la barca de Simón justo cuando él y sus compañeros han fracasado en su trabajo después de una noche de pesca en vano. Este gesto es significativo: Cristo no elige un momento de éxito, sino de frustración, para llamar a los futuros apóstoles. Esta acción revela que Dios no espera perfección para obrar, sino solo disponibilidad. Es precisamente en el cansancio, la desilusión y la impotencia donde se manifiesta la vocación. La respuesta de Pedro, que decide echar nuevamente las redes solo por la palabra de Jesús, ilustra una confianza radical que abre la puerta al milagro.

Una visión equivocada de la santidad

Esta escena contrasta con la visión tradicional de la santidad que muchas veces es vista como algo heroico, inalcanzable y exclusivo de personas “especiales”. Pero en realidad la santidad en la vida cotidiana no está ligada a una vida exenta de errores o dotada de actos extraordinarios, sino al esfuerzo de vivir con fe y amor en lo ordinario. Los santos, como san Josemaría Escrivá, enseñaron que la santidad es posible en lo cotidiano: en el trabajo, la familia, y los momentos de desorden o caos, como le sucedió a Pedro y a los demás apóstoles en este pasaje.

La santidad no consiste en ser perfectos, sino en volver a empezar cada día con fe, amor y confianza en Dios.

Santificarse en la vida diaria, por tanto, no consiste en alcanzar una perfección estética o moral, sino en mantener una actitud de confianza, servicio y alegría incluso cuando las cosas no salen bien. En este sentido, el trabajo, aunque repetitivo o aparentemente inútil, es ocasión de encuentro con Dios si se realiza con amor. Pedro encontró a Cristo precisamente en el ejercicio de su trabajo de pescador y además en un momento de fracaso.

Así pues, la santidad en la vida cotidiana no puede consistir en gestos heroicos, sino en pequeñas decisiones cotidianas, como sonreír, tener paciencia, ayudar a los demás, hablar bien de los otros. La santidad consiste en aspirar a ser la mejor versión de uno mismo, sin dejar de ser uno mismo. Al igual que Pedro, Santiago y Juan, todos los llamados por Jesús experimentan miedo, duda y errores. Pero la llamada de Dios es constante: “No tengas miedo… vuelve a empezar”.

La vida como misión

Al producirse el milagro Jesús le dice a Pedro: “no temas, desde ahora serás pescador de hombres”. Al hilo de las circunstancias, el Señor le abre a Pedro un panorama inmenso, una misión. Un aspecto esencial de la propuesta de santidad es la dimensión misionera, entonces. No se trata solo de vivir la fe individualmente, sino de saberse enviado a transformar el mundo inmediato: la familia, el entorno laboral, las relaciones sociales. Esta vocación no proviene de una supuesta superioridad, sino del bautismo, que enciende una misión para llevar luz allí donde cada uno vive.

Conclusión: una vida con frutos

Por tanto, la santidad en la vida cotidiana no implica el control de todo ni la ausencia de pecado, sino el reconocimiento de que es Dios quien obra. La llamada a la santidad es diaria, humilde y realista. Responder a ella, como María, implica acoger la voluntad de Dios cada día, con confianza y apertura.

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