¿Se puede tener esperanza y optimismo en el mundo actual?
Solo Charles Péguy, poeta y filósofo francés, describió la esperanza como una niña pequeña que, sorprendentemente, es la que guía a sus hermanas mayores: la fe y la caridad. Esta imagen poética refleja la profundidad de una virtud que impulsa a seguir adelante incluso en los momentos más oscuros.
Para muchos cristianos occidentales, la situación actual del cristianismo parece sombría: disminución de vocaciones, menor práctica sacramental, e incluso una creciente indiferencia religiosa. Sin embargo, esta visión ignora que, en otras partes del mundo como África, Asia y América, la Iglesia florece con vigor. En Nigeria y Vietnam, por ejemplo, los seminarios están llenos y se exigen altos requisitos para iniciar la formación sacerdotal.
La esperanza es una niña pequeña que, sin saberlo, tira de las manos de sus hermanas mayores: la fe y la caridad.
Una virtud para los tiempos difíciles
En tiempos de persecución —abierta o solapada— la esperanza se convierte en la virtud esencial. La cultura actual difunde la idea de que el cristianismo es obsoleto, pero frente a esta narrativa, la esperanza ofrece una perspectiva distinta. Muchos viven atrapados por una visión pesimista del mundo, alimentada por noticias alarmantes y situaciones complejas como la guerra en Ucrania.
Pero los cristianos contamos con la certeza de que nada escapa a la providencia divina. Esta confianza, sin embargo, es puesta a prueba cuando las dificultades se prolongan en el tiempo. Es entonces cuando la esperanza debe protegerse con esmero, como un niño vulnerable que necesita del apoyo de sus hermanas mayores: la fe y la caridad.
Realismo e idealismo unidos
Tener esperanza no es vivir ajeno a la realidad. El cristiano debe ser a la vez realista e idealista. Esta tensión es reflejo de una tradición viva que combina la observación práctica de los hechos con una visión esperanzadora del futuro. La esperanza nos impulsa a seguir, incluso en un ambiente adverso.
Como los niños pequeños, la esperanza se cansa, pierde el interés, necesita ser cuidada. Requiere de una atención especial y constante. Y a la vez, tiene la fuerza para animar a la fe y a la caridad, sosteniéndolas en los momentos de prueba.
Una mirada hacia el final
La historia de los mártires es un ejemplo elocuente: fracasaron ante los ojos del mundo, pero triunfaron ante los de Dios. La esperanza no es ingenuidad, sino valentía para resistir con confianza. Solo quien persevera hasta el final merece el premio prometido.