Ahora está de moda decir que uno no es religioso, sino que es espiritual, como si ser espiritual fuera lo mismo que ser bueno. Hablan estos de ser “espiritual” como si serlo fuera un mérito propio, cuando todo ser humano por definición es cuerpo, alma y espíritu, hasta el más ordinario y aburrido perico de los palotes.
Por eso cuando una chica habla de su novio como de un hombre muy “espiritual” muy bien podría estar diciendo que su novio es genial porque tiene dos piernas, una nariz y dos orejas. ¡Que bueno que lo sea! Si no, estaría saliendo con un engendro. O a la mujer que cuenta que se enorgullece de que su esposo es profundamente espiritual, deberían responderle más le vale que así sea, porque si no estaría metida con un animal y por tanto cometiendo zoofilia. Se olvidan además de que seguramente el ser más espiritual es el satanista, que se dedica profesionalmente a estar en contacto con espíritus (Hitler y Himmler) tenían bastante experiencia en ritos paganos satánicos.
Finalmente hay los que alaban lo espiritual por no ser corporal, material, y por eso ser más “elevado”. Hay que responderle que entonces el ser más profundamente espiritual sería… un muerto. Definitivamente en el muerto el espíritu está totalmente libre de la materia. Y por tanto que si se quiere hacer espiritual, que se mate, y si tiene suerte irá al infierno, llenecito de “seres espirituales”, eso sí, no muy agradables.
Otra cosa es hablar de la tipología de hombres corporales, anímicos y espirituales. Esta distinción filosófica que ya hacían los gnósticos y es muy propia del platonismo es verdaderamente una distinción tipológica, similar a como se dice que una persona es de temperamento melancólico, o que tiene mucha fuerza de voluntad. Pero tampoco en este caso hay ningún mérito: la tipología la recibimos por naturaleza. El mérito está en como la usamos.