Cuando el dolor irrumpe: Fe, sufrimiento y esperanza en medio de la tragedia

La trágica noticia del accidente ferroviario ocurrido en Adamuz (Córdoba) nos ha dejado, una vez más, sin palabras. Más allá de las causas, de la investigación o de la polémica, hay una realidad que se impone: el dolor de las víctimas, de sus familias y un sufrimiento que nos golpea a todos.

Ante situaciones así surge una pregunta tan antigua como humana: si Dios es bueno, ¿por qué permite que pasen estas cosas?


La fe cristiana no ofrece respuestas fáciles ni explicaciones que anestesien el sufrimiento. No convierte el dolor en algo deseable ni lo justifica con teorías. Reconoce, con honestidad, que hay heridas que no se entienden, solo se pueden acompañar.

Dios no quiere el mal ni la muerte. El núcleo del mensaje cristiano es la vida. Pero vivimos en un mundo real, frágil, atravesado por la libertad, la naturaleza y la historia. Un mundo donde el dolor existe y no siempre tiene explicación. El sufrimiento no es un castigo ni una prueba enviada desde lo alto.

La respuesta cristiana al dolor no es una idea, sino un rostro. El de Jesucristo, que no se mantiene al margen del sufrimiento humano, sino que entra en él, lo asume y lo carga. La cruz no explica el dolor, pero nos dice algo decisivo: Dios no abandona a quien sufre.

¿Qué puede hacer entonces un cristiano ante el dolor propio y ajeno?

Antes que hablar, estar.
Escuchar sin interrumpir.
Acompañar sin prisas.
Llorar sin respuestas prefabricadas.

La fe no elimina las lágrimas, pero nos recuerda que no caen en el vacío.



La fe se vuelve concreta en gestos pequeños: la cercanía, el silencio respetuoso, la oración, el cuidado cotidiano. Rezar no es huir de la realidad, sino sostenerla cuando faltan las fuerzas. También es legítimo preguntar, protestar, incluso gritar desde el dolor. Dios no se escandaliza de nuestras preguntas.

La esperanza cristiana no niega la tragedia ni mira hacia otro lado. No es optimismo ingenuo. Es la confianza —humilde y a veces frágil— de que el sufrimiento no tiene la última palabra, aunque hoy solo veamos la herida.

Transmitir esperanza no es explicar por qué ha pasado lo que ha pasado. Es permanecer, cuidar, acompañar y no olvidar. Es seguir creyendo que el amor es más fuerte que la muerte, incluso cuando cuesta creerlo.

En medio del dolor, caminamos juntos. Con respeto, con silencio, con una esperanza discreta que nace de sabernos acompañados y llamados a acompañar.

Porque la fe no elimina las lágrimas,
pero nos recuerda que no caen en el vacío.

Desde Arenales Red Educativa nos unimos al dolor de las víctimas y de sus familias, y las acompañamos con nuestra oración.

Are you sure want to unlock this post?
Unlock left : 0
Are you sure want to cancel subscription?