En la pandemia la vida se redujo a lo esencial: la casa y la familia. Hoy, entre agendas llenas y estímulos constantes, quizá sea momento de preguntarnos qué estamos construyendo en nuestros hogares. Este texto es una invitación a volver a lo pequeño para cuidar lo verdaderamente grande
Hubo un momento, no hace tanto, en que el mundo se detuvo. Cerraron colegios, oficinas, parques y centros comerciales. De pronto nos quedamos dentro de casa. Dentro de nuestras familias.
Como dice Rafael Lafuente, profesor, experto universitario en educación afectivo-sexual, presidente de IFFD de Ciudad Real, entre otros, “me encerraron con quien yo más quería”. El confinamiento puso delante de nosotros lo esencial: la familia y el hogar. Parecía una lección monumental y, sin embargo, al terminar aquel encierro, muchos fuimos directos a ocupar cada minuto de nuestras vidas con actividades, planes y compromisos. Como si no hubiéramos aprendido nada. Salimos a llenar agendas, a compensar el tiempo perdido: cumpleaños, excursiones, clases, espectáculos, grupos, actividades, experiencias… Una vida social intensa y, paradójicamente, menos tiempo dentro del propio hogar, otra vez.
En este trajín existe un riesgo silencioso: confundir entretener con educar. Llevar a nuestros hijos a actividades para que “quemen energía” o socialicen no sustituye lo que solo el hogar puede ofrecer: una comunidad íntima donde se aprende a vivir, a convivir, a dar y a esperar y, sobre todo, a amar. El entretenimiento sin reflexión puede producir niños ocupados, pero no necesariamente personas maduras.
Los niños necesitan aburrirse, aprender a habitar la propia habitación y a experimentar momentos de calma compartida, donde descubramos historias juntos, silencios, preguntas y respuestas auténticas. La familia es una pequeña sociedad en sí misma, la primera en la que los niños practican la cooperación, la caridad, el respeto, la paciencia, la esperanza, la integridad, la lealtad, la fe y la alegría de servir. Antes de salir al mundo, hay que aprender a habitar el propio hogar.
El colegio acompaña, no reemplaza
Muchos padres confiamos en el colegio como si pudiera “educar por delegación”. Buscamos centros con valores, proyectos educativos excelentes, profesorado implicado, personas con experiencia en educación que, seguro, saben más que nosotros. Todo eso está bien. Pero el colegio acompaña, no reemplaza. Ser padre o madre es una misión enorme, hermosa y exigente. Es una misión que nos llena, que le da sentido a nuestras vidas, que nos lleva a ser mejores personas. Porque educar en valores es inspirarlos, no inculcarlos. Requiere dar ejemplo y, para ello, hay que cultivar esos valores en nuestra propia vida. Requiere tiempo para conversar, para corregir, para ser observados, para estar cuando no hay testigos. Qué importante es ser y estar cuando no hay testigos. El centro educativo apoya, refuerza y complementa lo que se trabaja en casa. Pero a los niños se les lleva al colegio educados desde casa.
En esa vida de familia en el hogar, a menudo pasamos por alto el cuidado del mismo. Intentamos externalizarlo todo. Preferimos evitar lavar platos, hacer la colada o doblar calcetines para “ganar tiempo” y gastarlo en más planes. Sin embargo, investigaciones científicas contemporáneas muestran que participar en las tareas del hogar ofrece beneficios concretos para el desarrollo de los niños. La participación regular en tareas domésticas está relacionada con un mejor desarrollo de funciones ejecutivas, como planificación, regulación emocional y memoria de trabajo, habilidades clave para la vida adulta y el aprendizaje académico (Deanna Tepper, La Trobe University, 2022).
Las tareas domésticas fortalecen la autoestima, la responsabilidad y la capacidad de tolerar la frustración
Además, expertos en educación familiar, o al menos, así lo he aprendido a lo largo de los cursos de orientación familiar, charlas con grandes educadores, profesores, psiquiatras, psicólogos, etc. a los que he escuchado y con los que he conversado durante años, destacan que las tareas domésticas fortalecen la autoestima, la responsabilidad y la capacidad de tolerar la frustración. Estas habilidades no se aprenden contratando ayuda externa o repartiendo encargos que nunca se llegan a cumplir o que generan más discusiones entre hermanos que otra cosa, sino participando activamente en la vida diaria del hogar. Lograr que los hijos se sientan parte del equipo familiar, sientan el hogar como suyo y se responsabilicen de su cuidado es un gran objetivo para nuestro proyecto familiar. ¿No está el mundo moderno lleno de mensajes del tipo “cuida tu planeta”, “la tierra es de todos”, “no hay un plan(eta) B”? Empecemos por lo pequeño de nuestros hogares. Aprendiendo a cuidar lo pequeño, sabremos cuidar lo grande.
Existe un mito muy repetido en redes sociales: el supuesto estudio de Harvard que concluye que “hacer tareas domésticas predice el éxito en la vida”. Pues bien, no he encontrado evidencia sólida de que Harvard haya realizado un estudio específico de siete u ochenta años que concluya esta idea en sí mismo, lo que sí existe es el Harvard Study of Adult Development, un proyecto científico iniciado en 1938 que ha seguido a múltiples generaciones durante décadas para investigar qué factores predicen una vida satisfactoria y saludable. Uno de sus hallazgos más consistentes es que la calidad de nuestras relaciones personales y familiares es uno de los mejores predictores del bienestar, incluso más que el dinero, el estatus social o la inteligencia.
En palabras de los investigadores, mantener relaciones cercanas y sostenidas a lo largo del tiempo está asociado con más salud física y emocional en la vejez.
La austeridad como elección consciente
Este enfoque nos lleva a un valor fundamental que nuestra época ha desdibujado: la austeridad como elección consciente. No todo plan, no todo consumo, no todo estímulo externo nos enriquece. Vivimos en una cultura que confunde ser con tener y felicidad con acumular experiencias pagadas. Que un adolescente gaste 30 o 40 € para asistir al concierto de su grupo favorito porque está de gira en la ciudad no “es una oportunidad que hay que aprovechar” o una experiencia merecida, es, probablemente, un capricho. Cuidado con llenar la vida de niños, adolescente o jóvenes, de “sueños” sinsentido, que no aportan nada. Tampoco hace falta cumplir todos los “sueños” de nuestra vida, ni a los 80, ni a los 40, pero mucho menos a los 7, a los 15 o a los 20. La vida no va de cumplir sueños, ni siquiera la felicidad va de ello, si no de elegir lo que nos ha tocado con felicidad todos los días. Es mucho más placentero y completo que quemar experiencias de emoción momentánea.
Educar en la capacidad de renunciar, en el discernimiento de prioridades, en el valor de lo simple, forma personas interiormente fuertes, agradecidas y libres de impulsos consumistas.
A veces, la revolución más profunda empieza simplemente… volviendo a casa.
Antes no vivíamos con tantos estímulos y comodidades y, sin idealizar ese pasado, se puede reconocer que las generaciones que crecimos con menos entretenimiento programado aprendimos a construir vida interior sin depender de espectáculos constantes. Me gusta pensar.
Y si miramos la agenda familiar y nos preguntamos: ¿qué ocupa nuestro tiempo y por qué? ¿Dónde se tejen las raíces del carácter? ¿Qué aprendizajes estamos dejando para la vida real? Vivir de otra manera es posible. Educar de otra manera también. Y quizá, al hacerlo, no solo estaremos formando mejores hijos, sino construyendo familias más sólidas, serenas y capaces de enfrentar la complejidad del mundo moderno sin perder su centro.
A veces, la revolución más profunda empieza simplemente… volviendo a casa.