«El mundo ha cambiado»

En este artículo Pablo Aróstegui plantea una reflexión incisiva sobre cómo el cambio tecnológico no solo ha transformado la industria cinematográfica, sino también nuestra forma de mirar, interpretar y juzgar las historias que consumimos, obligándonos a preguntarnos si el cine ha cambiado… o si, en realidad, hemos cambiado nosotros

«El mundo ha cambiado”… ya nos lo decía Galadriel en el maravilloso prólogo de El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo. Está cambiando la forma de vida, el modo de relacionarnos, la manera de trabajar. La tecnología avanza a una velocidad que, a veces, asusta. Y con todos estos cambios, con todas estas transformaciones, el cine no se iba a quedar atrás.

Puede parecer que el séptimo arte no se ha visto afectado por esta nueva forma de entender el mundo, pero nada más lejos de la realidad. Basta con invitar a un adolescente de hoy a ver una película que tú y yo vimos en nuestra juventud y que nos entusiasmó, para comprobar que el joven de 2026 no aguanta ni diez minutos de metraje. El ritmo, los temas, las interpretaciones, incluso nuestra manera de mirar una historia ha cambiado. ¿O es que nunca has visto una película con el móvil en la mano mientras haces scroll en TikTok?

Hace unas semanas, Matt Damon y Ben Affleck acudieron a un pódcast para hablar de su última película, El Botín. En aquella entrevista mencionaron el fenómeno conocido como la “segunda pantalla”: mirar el móvil mientras se ve una película. Según explicaba Damon —el mismo actor que nos conmovió en Salvar al soldado Ryan—, este hábito está influyendo en la forma de escribir guiones. Se tiende cada vez más a la sobreexposición argumental: los personajes detienen la acción para explicar lo que está ocurriendo. Una técnica tradicionalmente mal vista por guionistas y directores, porque rompe el ritmo narrativo. Sin embargo, hoy parece casi necesaria para evitar que el espectador se pierda entre escena y escena… o entre escena y reel de Instagram.

También el cine de acción ha experimentado variaciones. Antes, la estructura era clara: tres grandes escenas de acción distribuidas a lo largo del metraje, culminando en un clímax final. Hoy, en cambio, se impone comenzar con una secuencia impactante que capture la atención desde el primer minuto. El espectador ya no concede tiempo; exige intensidad inmediata.

Del héroe al antihéroe

Y los protagonistas, ¿también han cambiado? La respuesta es sencilla: radicalmente.

Si echamos la vista atrás, recordaremos personajes llenos de valores y virtudes, cuyo fin era salvar el mundo, defender al débil, conquistar a la princesa o restablecer la justicia. Ahí está el elegante Rick Blaine que interpretó Humphrey Bogart en Casablanca, o el valiente Westley al que dio vida Cary Elwes en La princesa prometida. Eran héroes admirables, modelos claros de conducta.

Hoy, en cambio, abundan los antihéroes. Ahí está el Joker, convertido en símbolo del caos; Walter White en Breaking Bad, un traficante sin escrúpulos; Tyler Durden en El club de la lucha, un líder nihilista; o Tom Ripley en El talento de Mr. Ripley, un asesino movido por la envidia. Incluso el “bueno” de Tony Soprano en Los Soprano es un mafioso que vive entre el crimen y la terapia.

Y quizá lo más inquietante no es que existan estos personajes, sino que nosotros queremos que ganen. Somos conscientes de que carecen de principios, que toman decisiones moralmente reprobables, y aun así deseamos que se salgan con la suya. Queremos que Walter White logre asegurar el futuro de su familia; sufrimos cuando Ripley está a punto de ser descubierto. El espectador contemporáneo no busca modelos; busca complejidad, conflicto, ambigüedad.

Nos guste o no, el universo clásico de Disney ya no marca la pauta cultural como antes. El caballero rubio sobre su corcel blanco, dispuesto a salvar a la dama del dragón, parece una figura de otro tiempo. Hoy, probablemente, estaría esperando en la cola del paro mientras el dragón protagoniza su propia serie con matices psicológicos.

El verdadero peligro nunca estuvo en Mordor, sino en olvidar que siempre hay que elegir de qué lado estamos

Si retomamos el prólogo de El Señor de los Anillos, recordaremos que “El mundo ha cambiado” y continúa: “Lo siento en el agua, lo siento en el aire. Mucho de lo que fue se ha perdido, porque ahora no hay nadie que lo recuerde”.

Que no seamos nosotros quienes olvidemos.

El cine evoluciona, como evoluciona la sociedad. Cambian los ritmos, las estructuras, los protagonistas. La complejidad moral puede ser una riqueza, y los antihéroes pueden ayudarnos a comprender mejor nuestras propias sombras. El problema no es que existan; el problema es que dejemos de distinguir la luz de la oscuridad.

Porque el Anillo Único no seducía por ser abiertamente malvado, sino porque prometía poder, eficacia, inmediatez. Exactamente lo que hoy buscamos cuando exigimos estímulos constantes, acción desde el primer minuto y tramas simplificadas para no perdernos mientras miramos el móvil. El riesgo no es que el cine cambie; el riesgo es que, sin darnos cuenta, acabemos mirando la pantalla como quien sostiene el Anillo: fascinados, pero dominados.

Si dejamos de valorar el sacrificio, la virtud o la belleza moral en nuestras historias, no estaremos siendo espectadores más modernos, sino espectadores más vulnerables. Y quizá entonces no sea el cine el que haya caído en el lado oscuro, sino nosotros.

Porque el verdadero peligro nunca estuvo en Mordor, sino en olvidar que siempre hay que elegir de qué lado estamos.

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