Hoy en día, casi siempre que se habla del deporte se lo hace en tono laudatorio. Es alabado, con justa razón, como un ansiolítico y antidepresivo natural, fuente de salud física y anímica, práctica que une y crea amistades, fuente de alegrías y orgullo. Sin embargo, creo que la imagen no está completa si no se mira también el lado negativo.
Como sabemos, todas las actividades humanas deben estar regidas por la ciencia práctica suprema: la ética. El deporte no es una excepción. Por lo que hay que ver dónde entra el deporte en el concierto de las virtudes y los defectos para valorarlo en su justa medida.
Aristóteles decía que el cuerpo humano tiene dos clases de pasiones: las concupiscibles y las irascibles. Las unas son las que nos impulsan a los bienes fáciles, mientras que las otras nos impulsan a los bienes difíciles. El entretenimiento artístico normalmente apela a nuestro apetito concupiscible, por lo que cuando decae en vicio nos puede llevar a la pereza o la lujuria (el famoso binge watching o la cada vez más claramente criticada disolución moral y sexual de los artistas). El deporte y el ejercicio físico, en general, apelan al apetito irascible, y tienen también sus lados oscuros.
A veces es difícil ver ese lado oscuro, porque el ejercicio físico está en boga y creciendo en práctica y popularidad. Sin embargo, ¿quién no conoce al fanático de cualquier deporte que puede andar días de mal humor porque su equipo favorito (o uno de los varios equipos que apoya) perdió? ¿O al que no puede perderse ningún partido de fútbol, pero sí se pierde frecuentemente los eventos familiares, sociales y religiosos (muchas veces justamente por ver uno de dichos partidos)?
Cómo decíamos, toda la vida práctica depende de la ética. Y la etica está fundamentada en las 4 virtudes cardenales. De ellas penden todas las acciones humanas. ¿Cuál es la virtud que debe regir el comportamiento deportivo y físico? La templanza.
La templanza es la virtud que modera el uso de los bienes y el disfrute de los placeres. Toda virtud es un justo medio entre el exceso y el defecto. Lo cual significa que también el deporte debe ser regulado. Si el ejercicio no se rige por la templanza, entonces se vuelve un vicio, tan grave como cualquier otro.
Además, aunque todas las virtudes suponen cierta moderación, la templanza es la que justamente aporta a las demás virtudes cardinales esa moderación, de la misma forma que la prudencia aporta la dirección y que la fortaleza aporta la intensidad. Por tanto, el deporte debe estar especialmente marcado por el espíritu de moderación, de control, de medida. El fanatismo es entonces la manera más fácil de caer en el vicio.
¿Cómo saber si el deporte está dejando de ser virtud y convirtiéndose en vicio? Algunas preguntas fáciles para hacerse a uno mismo: 1) ¿Ando frecuentemente malhumorado con mis seres queridos, familia, amigos y conocidos por un evento deportivo? 2) ¿Realizo un verdadero culto a un equipo o personaje deportivo que me lleva a darle más importancia que a las personas que me rodean? 3) ¿Me olvido de mis obligaciones o estoy muy cansado para cumplirlas por hacer o ver deporte? 4) Tomo suplementos o productos que ponen o que puedan poner en riesgo (porque se conoce poco sobre ellos o porque no me lo prescribe un médico certificado sino una persona sin cualificaciones) mi salud o mi integridad?.
Finalmente, hay un último vicio muchas veces olvidado que también está estrechamente vinculado a la falta de templanza en este ámbito, pero que casi siempre se presenta cuando estamos decayendo en el exceso: la gula.
No es solo que ver eventos deportivos casi siempre esté acompañado de consumo ingente de bebidas y comida, sino también la más insidiosa y difícil de percibir realidad de que muchos deportistas o personas aficionadas en exceso al ejercicio caen en la gula con la excusa de que haciendo deporte quemarán las calorías. Así se da con frecuencia un círculo vicioso por el cual estas personas tienen que hacer más y más ejercicio para quemar un consumo excesivo de comida, y esas horas en el gimnasio se vuelven a su vez escusa para comer más y más. No hace falta que se suba de peso para caer en el vicio de gula. De hecho los que se exceden en el deporte normalmente no lo harán. El vicio no se mide por la balanza, sino por el balance moral.
En resumen, nada en esta vida, ninguna actividad humana justifica el exceso. Ni siquiera actividades tan alabadas y tan recomendadas como el ejercicio físico y la práctica deportiva.