Catalina Bermúdez, máster en Teología y en Educación y profesora de la Universidad de La Sabana, analiza el origen del cisma lefebvriano, la relación entre libertad y fe y las dificultades que muchas personas encuentran hoy para comprender a la Iglesia. A lo largo de la conversación, insiste en la necesidad de acercarse sin prejuicios, conocer la fe desde dentro y descubrir la posibilidad del perdón y de un nuevo comienzo.
Buenas tardes. Comprende el Mundo, esta revista web que quiere estar al día y entender lo que sucede, entrevista hoy a la profesora Catalina Bermúdez, teóloga, máster en Teología, profesora de la Universidad de La Sabana y especialista en Educación.
Bienvenida.Estamos muy contentos de poder entrevistarte y de que nos ayudes a comprender un poco la evolución histórica del movimiento de los llamados lefebvrianos. Nos llegan noticias, pero a veces no sabemos muy bien qué ha sucedido.
La historia de lo que hoy llamamos los lefebvrianos tiene su origen en la segunda mitad del siglo XX, aunque pueda tener ciertas reminiscencias de siglos anteriores.
Monseñor Marcel Lefebvre fue un obispo de posiciones muy conservadoras, si utilizamos los términos actuales. Participó en el Concilio Vaticano II y fue bastante crítico con la evolución que se estaba produciendo en algunos aspectos del culto, la liturgia y la doctrina. Sin embargo, en aquel momento continuaba siendo un obispo fiel a la Iglesia católica.
Después del Concilio fue adoptando una postura cada vez más crítica, especialmente respecto a la reforma litúrgica. Una de las constituciones fundamentales del Concilio, Sacrosanctum Concilium, reflexiona sobre el sentido de la liturgia en la Iglesia y sobre la necesidad de adecuarla a las circunstancias contemporáneas.
Después de varios siglos sin un concilio de esas características, la Iglesia se preguntó cuál era su misión en el mundo contemporáneo y qué necesitaban los fieles para relacionarse más profundamente con Dios y con la vida de la Iglesia.
La liturgia es la fe celebrada. Por eso se introdujo la posibilidad de emplear las lenguas vernáculas. El latín dejó de ser la única lengua predominante y los fieles pudieron escuchar y comprender las oraciones y responder a determinadas partes de la misa. El sacerdote comenzó también a celebrar habitualmente de cara al pueblo. Todo esto supuso una renovación de los misales y de las versiones oficiales de los textos litúrgicos.
Monseñor Lefebvre formó una comunidad de fieles y sacerdotes y fue manifestando discrepancias cada vez más profundas respecto a las propuestas y documentos del Concilio.
¿En qué momento histórico nos encontramos?
El Concilio Vaticano II terminó en 1965. A partir de los años setenta y ochenta, la posición de monseñor Lefebvre se fue radicalizando. Él mantuvo la liturgia anterior a la reforma conciliar, vinculada al misal de san Pío V y a la tradición litúrgica posterior al Concilio de Trento. No quiso introducir las reformas promovidas después del Vaticano II.
En 1988 yo vivía en Roma. Había terminado mis estudios y me había quedado allí trabajando. Fue entonces cuando se produjo la ruptura más grave.
Monseñor Lefebvre había mantenido conversaciones con Juan Pablo II y con el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger. Durante años se intentó alcanzar un acuerdo. De hecho, llegó a firmarse un protocolo, pero poco después Lefebvre se apartó de él.
El problema ya no era solamente una preferencia litúrgica. Había una dificultad para reconocer plenamente la autoridad del Papa y del Concilio. Eso suponía una actitud cismática, porque se trataba de una decisión consciente, libre y voluntaria.
A pesar de los intentos de diálogo, no fue posible llegar a una solución. En 1988 monseñor Lefebvre consagró a cuatro obispos sin mandato pontificio. Aquello rompió gravemente la unidad con la Iglesia.
Juan Pablo II había intentado evitarlo por todos los medios: le escribió, lo llamó y envió representantes para que volviera a Roma y reconsiderara su decisión. Pero Lefebvre, que ya era muy mayor y quería garantizar su sucesión, consagró a aquellos cuatro obispos.
¿Qué ocurrió posteriormente, durante el pontificado de Benedicto XVI?
Con Benedicto XVI se produjeron algunos avances. El Papa consideró necesario reconocer que la liturgia anterior al Concilio también formaba parte de la tradición de la Iglesia.
Aquella liturgia había sido buena, santa y fecunda durante mucho tiempo y, por tanto, podía seguir celebrándose bajo determinadas condiciones. Se permitió nuevamente el uso del misal anterior como un gesto de cercanía hacia quienes se sentían vinculados a esa forma litúrgica.
Durante aquellos años, muchas personas regresaron a la plena comunión con la Iglesia católica: sacerdotes, religiosos y fieles. Juan Pablo II había creado ya una comisión para favorecer el diálogo y facilitar el regreso de quienes quisieran volver.
La Iglesia ¿ofrece continuamente oportunidades para volver.?
Continuamente. Siempre hubo una búsqueda de entendimiento, aunque no se lograra una reconciliación completa.
Muchas personas regresaron, pero ese regreso requería aceptar unas condiciones. No se trataba simplemente de decir: «Ahora quiero volver», sino de reconocer la autoridad de la Iglesia y restablecer plenamente la comunión.
Se autorizó la celebración de los ritos anteriores al Concilio bajo ciertas condiciones: era necesario utilizar los misales correspondientes y contar con el reconocimiento del obispo responsable de la diócesis.
Las conversaciones continuaron. Monseñor Lefebvre murió y, con el paso del tiempo, apareció una nueva generación que ya no había vivido directamente los acontecimientos de los años setenta y ochenta.
En la actualidad se ha vuelto a plantear un grave conflicto debido a la voluntad de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X de consagrar nuevos obispos sin mandato de Roma. Durante el pontificado del papa Francisco también se habían limitado algunos permisos relacionados con el uso de la liturgia anterior al Concilio, porque en determinados lugares se estaba utilizando para establecer una oposición entre una misa supuestamente «mejor» y otra «peor».
También el Papa León XIV, les ha escrito una carta preciosa:, les pide que no hieran de nuevo el Corazón de Cristo, y les exhota a considerar de nuevo la situación. Pero no fue posible, Oredenaron de nuevo a 4 obispos. y entonces ya la excomunión se llama Latae sententiae
Pero, más allá de las preferencias litúrgicas, el verdadero problema aparece cuando se produce una ruptura de la comunión y se actúa al margen de la autoridad del Papa.
La Iglesia ha seguido pidiendo diálogo y reconciliación. Sin embargo, cuando se consagran obispos sin mandato pontificio, se incurre en una ruptura muy grave.
Esto afecta de una manera especial a los obispos que realizan o reciben esas consagraciones y a quienes participan conscientemente en la ruptura. Pero también hay que tener en cuenta que entre los fieles puede existir ignorancia, desconcierto o falta de información.
Precisamente hoy hablaba con una persona que me contaba el caso de un joven perteneciente a una familia lefebvriana. Está viviendo un conflicto muy grande con sus padres porque como muchos fieles ,no quieren separarse de la Iglesia ni encontrarse fuera de la comunión con Roma.
Sin embargo, algunas cuestiones les desconciertan y tampoco desean aceptar sin más todo lo que perciben en la Iglesia actual. Por eso debe abrirse un diálogo cercano y concreto.
Creo que dentro de algunas de estas comunidades puede no existir una información suficientemente clara sobre lo que ha ocurrido en las relaciones con Roma. Habrá personas que ni siquiera comprendan plenamente lo que significa una excomunión o una ruptura de la comunión eclesial.
Comprender qué es la Iglesia
Quizá también sucede que, en pleno siglo XXI, muchas personas no comprenden bien qué es la Iglesia. ¿Qué podrías decirnos a los cristianos de a pie para ayudarnos a entender esta situación y a descubrir mejor la Iglesia? Por lo que explicas, la Iglesia ofrece muchas oportunidades y busca acercarse a las personas.
Claramente. El estudio de la teología me ha dado la oportunidad de relacionarme con personas de confesiones religiosas muy diferentes.
En la Universidad de La Sabana tengo compañeros musulmanes y cristianos protestantes. También mantengo amistad con católicos coptos. Uno de mis amigos es un profesor de Teología egipcio, casado con una colombiana, con quien he compartido algunas asignaturas.
Estas relaciones enriquecen muchísimo. En primer lugar, te hacen muy respetuoso con la postura ajena, que no tiene por qué ser necesariamente una postura opuesta.
Hay que respetar a las personas porque muchas han nacido o han sido educadas dentro de una determinada tradición y creen de buena fe. Debemos confiar en que la mayoría de las personas actúan de buena fe.
También hay que preguntarse si algunas de ellas han experimentado algún dolor relacionado con la Iglesia católica. Muchas personas se han acercado al protestantismo porque no recibieron suficiente acogida, porque no percibieron el amor de la Iglesia o porque sufrieron el escándalo causado por determinados comportamientos, como los abusos.
Pero incluso antes de conocerse esos abusos, la Iglesia católica ya había perdido a muchas personas, quizá porque no existía la cercanía necesaria o porque no se prestó suficiente atención a las circunstancias contemporáneas.
Antes del Concilio, muchas de las situaciones actuales eran impensables porque el mundo era todavía, al menos culturalmente, bastante cristiano. Hoy existen muchísimos mensajes y propuestas que pueden provocar confusión.
Por eso, en el mundo actual, la Iglesia tiene que estar en la calle, como pidió tantas veces el papa Francisco. La Iglesia no puede permanecer encerrada únicamente en los templos.
La Iglesia no está principalmente para decir «no». Debe proclamar un gran «sí»: sí a la vida, sí a la dignidad humana y sí a la defensa de cada persona.
Hay que defender la vida desde el comienzo, pero también hay que defender a quien piensa de manera distinta. Hay que proteger al oprimido, al vulnerable, al descartado, al inmigrante y a quien carece de recursos económicos.
Vivimos en una sociedad que puede ser muy cruel y que, al mismo tiempo, rechaza todo lo que suene a mandamiento, ley o norma. Sin embargo, en cualquier empresa existen reglas. También existen en una familia: hay una hora para llegar, una forma de organizar las comidas o la costumbre de reunirse para celebrar el cumpleaños de la abuela.
Hay normas en la familia, en la sociedad, en el tráfico y en la política. La Iglesia no es una excepción, porque también es una familia.
Quien se acerca a ella con un prejuicio, con frialdad o con un rechazo previo difícilmente podrá comprenderla.
De hecho, se escucha muchas veces la expresión: «Creo en Dios, pero no creo en la Iglesia».
Hoy encontramos algo todavía más complejo. Ya no se dice solamente: «Soy católico, pero no necesito la Iglesia». Existen personas que se consideran católicas, pero que en realidad no creen en los contenidos fundamentales de la fe católica.
Les preguntas: «¿Eres católico?», y responden inmediatamente: «Por supuesto». Pero después reconocen que no participan en la Eucaristía, no frecuentan los sacramentos y no consideran necesaria la vida de la Iglesia.
Dicen: «Yo tengo mucha fe, creo en Dios y me encomiendo a Él, pero no necesito esas ceremonias».
Si les preguntas por la Trinidad o por otros contenidos centrales de la fe, quizá respondan que esas creencias son antiguas y que ya no están vigentes.
Por eso podemos encontrarnos con personas culturalmente católicas, pero que ya no creen realmente en lo que cree la Iglesia.
No son necesariamente ateas ni escépticas. Mantienen un cierto sentimiento religioso, pero construyen una religión a la carta, como si recorrieran un supermercado eligiendo unas creencias y rechazando otras.
Se produce así una especie de eclecticismo o sincretismo religioso. Aun así, creo que muchas personas no quieren perder completamente ese fondo religioso.
Libertad, normas y una imagen equivocada de Dios
¿Puede estar relacionado con nuestra manera de entender la libertad? A veces pensamos que, si existe un Dios o una Iglesia que nos impone determinadas cosas, nuestra libertad queda disminuida.
Ese es uno de los argumentos.
Pero también depende de la imagen de Dios y de la Iglesia que se transmita. Si me presentan a un Dios únicamente justiciero, dispuesto a condenar, o a una Iglesia que solo juzga, persigue a los pecadores y rechaza a determinadas personas, yo tampoco querría esa Iglesia.
Pero esa no es la Iglesia en la que yo creo ni ese es el Dios en quien yo creo.
Yo creo en un Dios que es padre, que tiene también entrañas maternales y que crea una familia. Naturalmente, Dios es justo. Una madre y un padre también tienen que corregir, pero esa corrección debe ser razonable y adaptarse a la edad y a las necesidades de cada persona.
No se puede corregir de la misma forma a un niño, a un adolescente y a un adulto. Hay que adaptarse. La Iglesia también procura adaptarse a las circunstancias de las personas.
Creo que la Iglesia tiene mucho más de madre y de padre de lo que conoce el cristiano corriente.
Volver a Dios como quien comienza un noviazgo
Imaginemos a un joven que ha visto escándalos dentro de la Iglesia y cuyos padres son ateos o no practican la fe. ¿Cómo puede descubrir el camino de vuelta a Dios? Se habla de cierto rejuvenecimiento de la fe entre algunos jóvenes. Pero ¿cómo puede una persona descubrir que Dios es padre y que la Iglesia es una familia?
Yo lo compararía con un noviazgo.
Cuando un chico y una chica todavía no se conocen bien, pueden sentir cierta atracción y, al mismo tiempo, mantener muchas reservas. Un chico puede pensar: «Esta chica me gusta y me parece interesante su manera de pensar, pero quizá es demasiado radical, rígida, exigente o fría».
Esa puede ser su primera impresión. Si, además, llega con prejuicios —porque pertenece a determinada universidad, provincia o grupo social—, comienza a etiquetarla antes de conocerla.
Lo mismo sucede con la Iglesia. Muchas personas se acercan a ella con una etiqueta ya puesta. Pero el amor aparece con el tiempo, cuando existe una relación cercana.
Hay que conocer cómo es la vida de la Iglesia en la práctica, qué propone, quiénes forman parte de ella, dónde se reúnen y qué ocurre cuando una persona atraviesa una situación extrema y necesita ser acogida.
También hay que descubrir qué significa verdaderamente el perdón de los pecados.
Durante mucho tiempo impartí una asignatura llamada Persona y trascendencia. Muchos estudiantes decían: «Soy católico, pero no necesito la Iglesia», o «Soy creyente, pero no necesito que nadie me diga lo que tengo que hacer».
A través de aquellas clases iban descubriendo qué es la trascendencia, qué significa la libertad personal y qué relación existe entre esa libertad y el fondo religioso que todos llevamos dentro.
Hay que responder a esos impulsos interiores. Es algo semejante a un enamoramiento.
Yo veía cómo aquellos jóvenes se iban enamorando de una idea de Dios que no conocían o de una imagen de la Iglesia que hasta entonces les resultaba desconocida.
En un noviazgo vas descubriendo poco a poco a una persona. Primero te atraen su apariencia, su sonrisa o alguna de sus ideas. Después descubres su manera de pensar, de afrontar las dificultades y de tomar decisiones.
Para conocer a alguien hay que acercarse, compartir y dialogar. Lo mismo ocurre con la fe.
Un joven puede acercarse a una comunidad de jóvenes, a un grupo de amigos o a familias católicas. También debe conocer mejor el mensaje del Papa.
No se puede criticar permanentemente al Papa sin haber leído lo que dice, sin escucharlo y sin intentar comprenderlo. Hay que leerlo, oírlo y verlo.
Relatos de conversión y búsqueda sincera de Dios
¿Hay algún libro que recomiendes a quien quiera descubrir todo esto? ¿Alguna lectura que pueda ayudar en una búsqueda sincera y honrada de Dios?
A mí me han ayudado mucho los relatos de conversiones, porque las conversiones son muy diversas.
Basta con leer los Hechos de los Apóstoles o los evangelios. Allí encontramos numerosas conversiones que solo pueden explicarse porque aquellas personas conocieron a Cristo, lo escucharon, lo vieron actuar y reconocieron en Él al Hijo de Dios.
Después han transcurrido muchos siglos en los que las personas ya no han podido convivir físicamente con Cristo. Nosotros tampoco lo tenemos hoy delante de la misma manera. Pero existen relatos de conversiones de todo tipo que resultan impresionantes.
Hay conversiones de pastores protestantes, gobernantes, políticos, científicos y médicos.
Un ejemplo muy conocido es el del médico estadounidense Bernard Nathanson, que había participado activamente en la promoción del aborto y en la creación de clínicas abortistas. Cuando comenzó a contemplar mediante las ecografías lo que sucedía dentro del seno materno, su visión cambió profundamente.
Se acercó a un sacerdote, mantuvo largas conversaciones, tomó conciencia del daño que había causado y acabó convirtiéndose al catolicismo.
Lo que finalmente lo sanó fue el perdón.
Un amigo luterano me decía: «Lo que ustedes tienen no lo tiene nadie: el sacramento del perdón».
En la confesión una persona puede reconocer incluso los pecados y las maldades más graves y recibir el perdón de Dios. Naturalmente, eso no significa que desaparezcan las consecuencias jurídicas de sus actos. Si ha cometido un delito, tendrá que responder ante la justicia. Pero puede saber que Dios lo ha perdonado.
El peso del pasado y la experiencia del perdón
Cuando una persona contempla su pasado y descubre que ha actuado mal, puede pensar: «Qué miserable ha sido mi vida». ¿No puede resultar insoportable el peso de ese pasado? Claro que pesa. Por eso es necesario acercarse al Buen Pastor.
Todos hemos experimentado alguna vez el descanso que se produce cuando podemos hablar a fondo con un amigo, con nuestra madre, con nuestro padre o con una persona de confianza.
Si hablar con una persona produce ese descanso, ¿cómo no va a aliviar acercarse a Dios? Hay cargas que uno no puede llevar solo.
Cuando una persona teme que le está sucediendo algo grave, acude a un psiquiatra, a un psicólogo o a otro especialista porque necesita ayuda. Del mismo modo, nadie puede quitar completamente el peso del pecado salvo Dios.
Una persona puede pedir perdón a Dios en cualquier lugar, pero necesita también poder reconocer que ese perdón se ha producido realmente.
Dios ha querido servirse de mensajeros. Por eso una persona puede acudir a un sacerdote. Aunque todavía no se sienta preparada para confesarse, puede comenzar hablando con él y expresando todo lo que le pesa.
Seguramente el sacerdote encontrará palabras que puedan ayudarla. Tal vez necesite volver otro día y seguir hablando. Quizá también necesite la ayuda de un médico o de un psicólogo, y no pasa nada.
Pero el peso espiritual puede comenzar a desaparecer mediante el acompañamiento y el sacramento del perdón.
El sacerdote puede invitarla a rezar ante el sagrario, a entregar a Dios todo ese peso y a comenzar de nuevo. Y entonces se producen cambios.
Ese es un acto profundamente libre: querer desprenderse de una carga, reconocer el mal, pedir perdón, dejarse perdonar y recomenzar.
La felicidad está en el don de uno mismo
Para terminar, ¿qué mensaje te gustaría dejarnos, también a quienes somos católicos y observamos con cierta preocupación todos estos acontecimientos?
Vivimos en una sociedad en la que aparecen muchas opciones de vida y todas parecen presentarse como igualmente buenas. Todo el mundo afirma ser feliz con lo que ha elegido.. Es verdad que hoy encontramos enormes contrastes. Se presentan estilos de vida muy diferentes, incluso contradictorios, como si todos produjeran exactamente la misma felicidad.
Puede existir algún grado de satisfacción en muchas opciones, pero también hay una felicidad más profunda, una felicidad que no depende únicamente de las cosas ni de lo que otras personas puedan proporcionarnos.
Cuando buscamos solamente lo que los demás pueden darnos, corremos el riesgo de volvernos egoístas.
Creo que debemos darnos la oportunidad de buscar la verdadera felicidad en el don de uno mismo.
No se trata solamente de pensar que los demás nos necesitan. Nosotros también necesitamos a los demás.
Hay que reconocer que existen personas capaces de ayudarnos precisamente en aquellos aspectos en los que somos más débiles.
El éxito no consiste únicamente en un progreso ilimitado, en conservar indefinidamente la salud o en alcanzar las promesas del transhumanismo.
Somos mucho más vulnerables de lo que a veces la ciencia y la cultura contemporánea quieren hacernos creer. Vale la pena experimentar la ayuda de Dios, de los hijos de Dios, de la Iglesia y de las buenas amistades.
Debemos darnos la oportunidad de recomenzar y de conocer a personas valiosas, aunque sean distintas de nosotros.
Muchas gracias por el tiempo que nos has dedicado. Creo que has planteado muchas cuestiones que pueden ayudarnos a pensar y, quizá también, a recomenzar.
Todos tenemos que recomenzar. También quienes nos consideramos muy católicos, porque ninguno de nosotros es perfecto.
Muchas gracias.