Viviana Endelman: «Dejar que la realidad nos enseñe implica aprender a escucharla»

Viviana Endelman Zapata propone en su nuevo libro Dejar que la realidad nos enseñe una actitud que puede parecer sencilla, pero que resulta profundamente desafiante: permitir que la realidad nos enseñe. La autora invita a mirar, escuchar y convivir con lo real antes de apresurarnos a juzgarlo.

Su propuesta no consiste en observar la vida desde fuera, sino en reconocer que formamos parte de esa realidad que intentamos comprender. Conversamos con ella sobre el origen del libro y sobre las posibilidades de recuperar una mirada más abierta en una sociedad marcada por la prisa, la confrontación y los juicios inmediatos.

El título de su libro contiene una invitación muy clara: «dejar que la realidad nos enseñe». ¿Qué significa exactamente?

Primero significa reconocer una tal realidad, que eso que miramos de maneras diferentes se trata de la misma realidad, que es, emerge y se abre paso. 

Esto, de ninguna manera, implica desconocer la percepción diversa que tenemos y los variados e incompletos modos de conocerla, donde entran también en juego lo recibido y las distintas experiencias de vida de cada uno. A mi entender, nada de esto quita su peso a aquello de “la realidad habla por sí sola”, frase corriente que, de alguna manera, muestra la posibilidad de escucharla.

A su vez, afirmar el peso de lo que acontece no resta nada a la pluralidad que se expresa en cuán relacionados estamos con eso que acontece, y cómo lo vivimos; o hasta cómo lo explicamos.

Como podrá leerse en el libro, todo esto lo aplico también a la mirada que podemos tener sobre las personas, sobre cada uno de nosotros. Observándome, puedo reconocer, incluso, qué es lo que ya traje sin buscarlo, sin poner de mí; la parte recibida, digamos. Al buscar reconocernos ¿es posible separar lo que somos de eso que hemos recibido, de lo que ya traemos?

Dejar que la realidad nos enseñe significa también para mí creer que no invento la realidad; la descubro y reconozco, me dejo hablar por ella, capto sus señales. Y, asumiéndola, me acerco, me distancio, la acepto, la cuestiono, acciono… pero ¿desconocerla? ¿hacer como si no estuviera? ¿negarla? ¿rechazarla? Eso sería  un muy mal punto de partida, me parece.

¿En qué momento descubrió que necesitaba escribir este libro? ¿Nace de una experiencia concreta o de un proceso prolongado de reflexión?

Nace como fruto de un proceso de vida, de ir aprendiendo al vivir y registrar algunos de esos aprendizajes. No supe que tenían un hilo hasta el final, y que era posible hacer un recorrido ordenado en estas tres grandes partes: 

  • Definiciones y descripciones generales: La realidad – el lenguaje para expresar la realidad y lo que puede hacer el lenguaje – el respeto como consideración de la realidad (también la del otro) – el reconocimiento de las diferencias y el diálogo.
  • Tergiversaciones, barreras que obstaculizan aprender de la realidad: El “modo ideológico” – la imposición – la reducción de los matices de la realidad – las polarizaciones.
  • Aplicaciones de este dejar que la realidad nos diga algo: La toma de decisiones considerando la realidad – los pedidos y la necesidad – las acciones respetuosas de la realidad.

Bueno en esta parte es donde incluyo más explícitamente algunos aprendizajes y donde queda a luz el sentido de la dedicatoria del libro.

En el libro escribe que desea dejar que la realidad interpele su ser “en todas sus dimensiones”. ¿Qué dimensiones de la persona pueden quedar afectadas por ese encuentro con lo real?

Me permito cambiar la dirección de la pregunta, dejando de lado por un momento la descripción de estas dimensiones, y las variantes que pueda tener, para sintetizar en lo siguiente: en definitiva, dejar que la realidad nos interpele en todas las dimensiones significa asumir el riesgo de ser transformados por ella, de no salir de un encuentro auténtico con lo real siendo exactamente los mismos que antes.

Diría que en el libro esta pregunta que me haces se va contestando así, página a página, y no tan directamente.

¿Aprender de la realidad exige también reconocer que podemos estar equivocados?

Totalmente. Es más, entiendo que sin la disposición a reconocer el error, «Dejar que la realidad nos enseñe» se convierte en una declaración de intenciones vacía.

Si no reconozco que puedo estar equivocado, reduzco o directamente no dejo espacio para el aprendizaje. Más aún, eso sería hasta una forma de no abrirnos al otro o los acontecimientos, y dar lugar a que nos muestren algo distinto, por ejemplo.

El error es parte de la realidad. Mejor sería dejar que me ayude para intentar evitarlo a futuro. 

Uno de los asuntos centrales del libro es el lenguaje. ¿Hasta qué punto las palabras nos ayudan a comprender la realidad y hasta qué punto pueden deformarla?

En el libro me interesa justamente rescatar esa responsabilidad: cuidar el lenguaje. Esto no es una cuestión de corrección puramente formal, sino mucho más. Te diría que es un acto de respeto a la realidad, fundamentalmente, la del otro.

Y sí, es uno de los asuntos centrales del libro. Por eso me explayo en lo que, personalmente, tiendo a pensar sobre esto, y acá resumo:

  • La realidad no solo supera lo que se pueda percibir y reconocer de ella, sino también al lenguaje mediante el cual se la aprehende, nombra y comunica.
  • Con un buen uso del lenguaje podemos intentar expresar mejor la realidad. Aunque tengamos diferentes miradas sobre la realidad y sobre qué sería un buen manejo del lenguaje y de lo discursivo, en general, podemos preguntarnos cada uno: ¿cómo aludo a lo que algo o alguien es y sus características, a lo que acontece?  
  • Es conveniente evitar las ambigüedades, el vaciamiento de sentido de las expresiones y la transmisión de tergiversaciones o mentiras.

Comparto en este capítulo sobre realidad y lenguaje una pregunta que es parte de mi búsqueda como comunicadora social y, en general, como persona que quiere, e intenta, dialogar con todos: “¿Qué hago al otro con lo que digo?”. Y lo hago, también a modo de dar cuenta del carácter constitutivo –además de expresivo– del lenguaje.

Actualmente utilizamos con frecuencia palabras que clasifican rápidamente a las personas: progresista, conservador, creyente, ateo, feminista, reaccionario… ¿Corremos el riesgo de sustituir a la persona concreta por una etiqueta?

Así como las palabras nos pueden ayudar a nombrar lo complejo, dar curso al diálogo auténtico y construir espacios de encuentro con el otro, también pueden ser muy duras cuando se convierten en etiquetas que reducen. Las polarizaciones se vuelven un terreno propicio para esas etiquetas que rotulan.

En el libro, tomo como ejemplo los intercambios en unas entrevistas que se hacen para un documental donde queda claro también que estas etiquetas terminan siendo un atajo para no abrirnos al otro, para cancelar el esfuerzo de escucharlo e intentar hacer acuerdo en la relación, aunque no hubiera acuerdo en la forma de pensar, de hacer, de optar en la vida.

En el debate público parece cada vez más difícil escuchar lo que el otro quiere decir realmente. ¿Estamos perdiendo la capacidad de conversar o simplemente hemos dejado de confiar en la palabra?

Sí, creo que escuchar lo que el otro quiere decir está pareciendo sumamente difícil en varios ámbitos. No digo que en otras épocas no sucediera. 

Para mí, de fondo, lo que nos está costando es el encuentro, el diálogo. Es notorio cómo prevalece, en cambio, el debate como confrontación de ideas sin llegar a ningún lado, como competencia de razonamientos para demostrar la fuerza de unos sobre otros.

Qué poco frecuente es intercambiar puntos de vista, sin exasperarnos, en base a lo que captamos de la realidad, con el mayor de los respetos a las personas y habilitándonos a decir, a buscar, a pensar juntos, sin las defensas al máximo nivel.

La capacidad de conversar se va debilitando si cada uno se suma sintiendo que tiene que defenderse o proteger una trinchera. La escucha auténtica se vuelve imposible. Hay mayor concentración en captar un error que en intentar comprender lo que el otro dice y por qué lo dice.

Creo que ir desarmando el “modo ideológico” descripto en el libro nos puede ayudar a no seguir perdiendo esta capacidad.

Usted reflexiona sobre el diálogo y sobre lo relacional. ¿Qué condiciones debe reunir una conversación para convertirse en un verdadero diálogo?

Creo que lo central de un verdadero diálogo es la relación que se establece entre las personas que intervenimos. Por eso digo que está más allá del acuerdo o desacuerdo que podamos tener en lo que pensamos, en el modo de vivir, en lo que creemos, en lo que decimos, en nuestras prioridades.  Si pienso en características, condiciones, haría una larga lista, pero prefiero mencionar algunas de las cuales creo dependen las demás: 

  • Dar lugar al otro, considerando su contexto; esto tiene que ver con el respeto como consideración de la realidad. No puedo hacerlo si no lo escucho. Tampoco si me creo dueño de la única mirada posible de la realidad y no me dejo interpelar.
  • Buscar la prudencia, que tiene muy en cuenta las condiciones del interlocutor y puede modificar las formas de expresión y re pensar el lenguaje (“en formato puente”) para avanzar en ese intercambio. Esto va necesariamente de la mano de mantener la propia esencia e identidad. No voy a hacer ni un negocio ni una competencia.
  • Buscar que la diferencia (siempre existente) no se convierta en separación, en indiferencia, en desprecio. Evitar la polémica ofensiva, el juicio condenatorio, los modos violentos.

Si bien la lista es mucho más larga, estos puntos ya nos hablan de lo central que es considerar la realidad del interlocutor: su dignidad, libertad, índole, circunstancias, condiciones, su sensibilidad. Y la necesidad de erradicar lo que dificulta y hasta impide ese verdadero diálogo, como la imprudencia, la imposición, la rigidez, el avasallamiento.

En ocasiones se presenta el diálogo como una renuncia a las propias convicciones. ¿Es posible mantener una posición firme y, al mismo tiempo, permanecer abierto a lo que el otro puede enseñarnos?

Seré breve. Sí, es posible permanecer abierto y flexible para escuchar y para expresarse, sin que eso signifique amoldarme, perder la propia forma, desarraigarme. Dialogar no es renunciar a las propias convicciones. No creo que eso pudiera lograrse además. Voy al diálogo con esas convicciones.  A lo que sí creo que hay que renunciar es a la pretensión de imponerlas. O a juzgar al otro porque las suyas son diferentes.  

En el libro habla del “modo ideológico”. ¿Cómo definiría esta manera de mirar la realidad?

En el libro aporto algunas reflexiones que no se centran propiamente en el contenido, en aquello que sostienen tales y cuales ideologías.  Me remito, más bien, al plano de la actitud, del modo. Traigo aquí algunas pinceladas:

Una característica destacada del “modo ideológico” es su falta de predisposición y de ánimo para abrirse, con serenidad, a otras posibles interpretaciones de los acontecimientos; para dar lugar a los matices de la realidad, sin quedar atrapado en la lógica de los extremos que reduce la complejidad de lo real. A mi entender, sobresale su intimidadora actitud de posicionarse como superior a cualquier otra manera de mirar la realidad y presumir de su potencial transformador sobre lo que, considera, ha de ser liberado. 

Es también propio del “modo ideológico” reducir la realidad a extremos opuestos enfrentados, de imposible acercamiento. Desde acá lee y busca intervenir en esa realidad; es como si la quisiera encajar en un molde que, además, sería el único.

Otra parte del libro está dedicada a las decisiones, los pedidos y las necesidades. ¿Por qué consideró importante reunir estos asuntos?

Dejar que la realidad nos enseñe no es una abstracción teórica, sino una práctica que transforma la forma en que identificamos lo que nos pasa, la manera en que podemos dar respuestas a eso y lo que vamos eligiendo (incluso en cuanto a cómo vivimos lo que no tuvimos en nuestras manos decidir).

Tengo que reconocer que no es que dije: bueno ahora voy a escribir la parte de aplicaciones sobre tales puntos. Mi experiencia fue ir registrando aprendizajes del vivir, del convivir, y darme cuenta que estaba ante expresiones concretas sobre este dejar que la realidad nos diga algo. Desarrollo aspectos como la toma de decisiones considerando tal realidad, o los pedidos y la necesidad que puede descubrirse a partir de ellos. También introduzco el tema de las acciones y ahí es donde me lanzo a compartir una respuesta muy personal ofrecida durante los últimos veinte años o, más precisamente, desde que tuve mi primera sobrina en brazos.

El subtítulo del libro habla de “aprender de lo que acontece”. ¿Todo lo que nos sucede contiene una enseñanza o somos nosotros quienes debemos descubrir y elaborar su significado?

Lo que creo es que es posible una mirada de las experiencias de vida que traspase lo superficial de lo acontecido, el fenómeno en sí, digamos. No se trata de fantasear, andar adivinando, especulando, inventando, sobrepensando…; más bien, se trata de percibir y captar otros significados, otras implicanciones, otro sentido y el alcance de esas experiencias, sobre todo de las que nos marcan, nos enseñan, nos transforman. No es que vamos a estar analizándolo todo; más bien esto tiene que ver con esa apertura que nos permite descubrir y redescubrir lo que nos viene.

¿Cómo evitar que esta afirmación se convierta en una invitación a aceptar pasivamente la injusticia, el sufrimiento o aquello que debe ser transformado?

Bueno, la búsqueda de aprender de lo que acontece aplica no solo a lo que hacemos o dejamos de hacer, sino también a lo que pasa, nos pasa, lo que nos toca mirar, y hasta atravesar, aunque no lo hayamos elegido. Sin dejar de considerar, de todas maneras, que hay situaciones que nos vienen, precisamente, como consecuencia de lo que hacemos.

En fin, más allá de esta salvedad, tenemos que reconocer que sobre muchísimas de las cosas que nos suceden –o el otro nos hace– no tenemos el control. Lo que sí podemos elegir es el modo de vivirlas, con qué quedarnos inlcuso. En este sentido, un desafío que se nos va a presentar constantemente responde a este interrogante: ¿Cómo aprendo y cómo vivo, qué puedo o podemos hacer, en relación a esto que está pasando?

También en medio de lo incontrolable, de esa injusticia que veo, de tal sufrimiento, aparecerá ese espacio donde se jugará lo propio y las respuestas que pueda dar, por supuesto intentando cambiarlo, transformarlo, ir a mejor, si es que está en nuestras manos tal posibilidad.

Aprovecho tu pregunta para hacer esta distinción: no tienen el mismo peso en nuestro ser lo que decidimos llevar a cabo y lo que nos acontece sin haberlo provocado. Una experiencia que puede dar cuenta de esto es la diferencia que descubrimos entre afrontar un sufrimiento o injusticia por alguna situación que no estuvo en nuestras manos producir o evitar, y otra que haya sido consecuencia de nuestras acciones u omisiones, y nos conste. Claro que está la posibilidad de pedir perdón, perdonarnos, superarlo… pero eso no quiere decir que tenga el mismo eco en nosotros.

¿Hay alguna experiencia personal que haya modificado profundamente su modo de comprender la realidad y que esté presente, aunque sea indirectamente, en este libro?

Sí. Hay una experiencia particular que menciono en el libro, aunque no la desarrollo, y que me transformó profundamente.  

Lo que pongo en común es cómo diversas ideas que fui teniendo a través del tiempo, en un amplio abanico, de todos los colores, en torno a la problemática del embarazo no buscado, fueron confrontándose con diferentes vivencias hasta que elegí ser parte de un accionar concreto. En particular, esta fue la experiencia más transformante:

Nos enteramos, ya transcurridos varios meses, que una de mis hermanas menores, de 17 años, estaba embarazada. En medio de ciertas contrariedades que tenía que atravesar, le vendría bien la ayuda en el cuidado de su hija mientras ella terminaba los estudios secundarios. Con ese motivo, me mudé, por un tiempo, al pueblo de mi infancia, a unos trescientos kilómetros de la ciudad en la que estaba radicada desde que había empezado la carrera universitaria.

Esa estadía estuvo plagada de cambios hondos en mí. De modo particular, el vínculo con mi sobrina recién nacida me fue transformando el interior. Allí estaba yo, ayudando y creciendo, distinta, reubicada, despojada de ciertas ambiciones, abrazando la vida desnuda, descubriendo y gustando un nuevo orden de prioridades para mí.

Esa experiencia transformó mi mentalidad, mi corazón, y fue como una especie de anticipo de una respuesta que años más tarde elegí dar: la de sumarme a un servicio de acompañamiento a la maternidad en situación vulnerable.

Usted presenta sus reflexiones sin pretender que todos los lectores las compartan. ¿Por qué era importante expresar esa ausencia de pretensión?

Quería ser sincera de entrada y lo soy ahora. Lo que más me importa es comunicar con la mayor claridad posible esos aprendizajes. Si lo hiciera con la pretensión de que sean compartidos creo que no dedicaría ni la mitad del tiempo que me lleva hacerlo, porque soy muy consciente de que la mía es una más de las tantas maneras de mirar, de buscar entender y experimentar, desde la propia humanidad, la realidad.

Reconozco que ese despojo sí lleva consigo la ilusión de ser recibida con respeto por quien no esté de acuerdo con algo, con bastante, o con todo lo dicho. Por eso hablo de un acuerdo con el que me gustaría contar: aportar esa ausencia de pretensión de mi parte y contar con la disposición para intentar captar la lógica desde la cual me voy a ir expresando a través del libro. Dentro de esa lógica están también las abundantes preguntas que quizás puedan transformarse para alguien en una puerta de entrada a repensar la realidad y reorientar acciones.

Su libro anterior, Estoy en el mundo, soy de Dios, abordaba la fe y el relativismo desde una perspectiva testimonial. ¿Existe una continuidad entre aquella obra y esta nueva reflexión sobre la realidad?

La continuidad más consistente puede estar en la dimensión relacional. Me cuesta ampliarlo, pero me lo dejo como tarea pendiente.

Otra continuidad es el intento de dialogar desde la vivencia y no desde una teoría abstracta.

Encuentro puntos de contacto entre el relativismo y el modo de ser ideológico y cómo ambos ponen en jaque la complejidad de lo real y caen en lo que aparenta ser su opuesto. Terminan siendo dogmáticos y coartando la posibilidad de diálogo.  Contradicen, cuestionan, y hasta niegan, posibilidades de acceso a lo real diferentes a las que enarbolan. Creo que la experiencia directa y lúcida tiene algo que decirles. Si tan solo pudieran escucharla.

En Estoy en el mundo, soy de Dios, el punto de partida es testimoniar cómo se integran un estar realmente presente en el mundo con el pertenecerle lúcidamente a Dios. Busco entablar un diálogo con esa mirada tan extendida que sostiene que «todo vale», salvo dejarse conducir por Dios, bajo la falsa idea de que la fe nos quita libertad o nos «maneja la vida». Cito algo de la introducción:

Sin fe, que soy de Dios puede llegar a sonar, incluso, a confusión mental, necedad, a que algo no anda bien, a escape de la realidad, a enajenación o sumisión quizás.

Por eso quiero aclarar algo de entrada. Si ser de Dios me sacara de la realidad para quedar bajo el ala de una creencia difusa, o peor aún, desencarnada, o para meterme en una burbuja de perfeccionismo o espiritualismo (espiritualidad individualista) que me aislara del mundo… Si ser de Dios significara no ser yo misma y vivir como si estuviera manejada por imposiciones exteriores, no me atrevería ni a insinuarlo; mucho menos, a afirmarlo con dichosa convicción. Tengo un corazón humano, sediento de plenitud y de libertad. No me identificaría con nada que se contradijera con esos anhelos.

Me descubro realmente presente en este mundo y lúcidamente perteneciendo a Dios. Ambas cosas, integradas en mi identidad, en mi presencia como mamá, el vínculo con mi esposo, la tarea profesional, el servicio, las diversas relaciones, el ejercicio físico, mis tiempos de esparcimiento y ocio.

Este nuevo libro nace del mismo espíritu dialogante y vivencial, aunque no incluye explícitamente matices de la relación con Dios.

¿La apertura a la realidad puede convertirse también en una apertura a la trascendencia?

Mi respuesta es positiva. En principio, porque creo que trascendencia no significa algo irreal, separado del aquí y el ahora, de nuestra cotidianeidad. Y porque creo que nuestra vida tiene un sentido trascendente que no se acota a la dimensión temporal de nuestra historia… va más allá.

Esto no lo desarrollo en el libro, pero sumo ahora unas consideraciones:

Ciertamente, el sentido de trascendencia puede tener muy diferentes explicaciones. En un lenguaje más universal, digamos, me gusta asociarla a la vocación al amor como aquello que no terminará y como un parámetro que nos previene de empeñar la vida en lo que puede perderse de un momento al otro. Creo que estar abiertos a la trascendencia nos previene, por ejemplo, de una valoración excesiva de lo material, lo efímero, las apariencias, las distracciones… o hasta de la desvalorización de lo pasado, de las raíces, de las generaciones que vendrán.

Entiendo que es posible (y saludable) vivir y convivir con sentido de trascendencia, y, por tanto, que no quede fuera de nuestra apertura a la realidad.

Personalizando más aún, digo esto: no quiero vivir como si solo existiese la dimensión temporal en nuestra historia, o como si ésta estuviera separada de algo más grande y duradero.

¿Hay alguna pregunta que este libro no pretenda responder, pero que desee despertar en quien lo lea?

Gracias por traer este tema. Podría decirte que ese es un deseo que registro: despertar preguntas, movilidad, inquietud, ánimos para repensar, repensarse y repensarnos. Me acuerdo ahora que una amiga que leyó el libro me dijo que le parecía que había demasiadas preguntas. Puede ser que haya intentado dar respuestas a algunas, pero hay unas cuantas que están simplemente formuladas, a la espera de que alguien las tome, como estas:

¿Estoy dispuesto a dejar que la realidad me enseñe?  ¿Qué hago al otro con lo que digo? ¿Cómo hacer acuerdo en la relación, aunque no haya acuerdo en lo que decimos, pensamos, hacemos? ¿Cuánto podremos intercambiar y construir si nos cerramos a escuchar realmente y a considerar puntos de vista distintos a los nuestros, o hasta opuestos? ¿Cuál es el problema de reconocer distinciones de lo distinto? ¿Qué sería abrirnos a una contemplación mayor de la realidad, sin descuidar matices, y buscando activamente no quedar enredados en los dualismos?

Complete, por favor, esta frase: “Dejar que la realidad me enseñe significa…

Mantenerme en la búsqueda de estar abierta a encontrarme con lo que viene y como viene, particularmente con el otro.

Muchas gracias por su atención

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