Editorial mayo 2026

Está de moda hablar de creencias limitantes (hace algunos años se hablaba de «tabús»): aquellas creencias interiorizadas que limitan nuestra capacidad de desarrollarnos y florecer de manera integral. Curiosamente, en muchos casos se presenta la religión o la fe como una de esas creencias. La ironía es que vivimos en un mundo donde cada vez imponemos más límites a los demás, mientras nos los quitamos a nosotros mismos.

Pensamos que somos tan parecidos a los animales que vemos el mundo bajo la paradoja del zoológico: que todos los demás estén en jaulas con límites claramente establecidos, mientras yo deambulo libremente. Pero esta visión es siempre de suma cero: mientras más límites ponga yo a los demás, más límites me impondrán los demás a mí. Y no caeremos en cuenta de la raíz del problema, que es que necesitamos ponernos límites a nosotros mismos.

Autoregulación o degradación

El ser humano, por mucho que lo quiera, no puede actuar como los animales: si no se pone límites a si mismo, será peor que un animal. Porque mientras que el animal está limitado por el instinto, si el hombre no se regula, cae más bajo que la regla de la naturaleza. Un animal puede reproducirse más, o menos, pero no puede usar la sexualidad de forma salvaje hasta autodestruirse. Puede consumir algunos alimentos, pero no puede autoenvenenarse.

Los límites del animal son impuestos por la especie. El hombre debe usar la regla de la razón para delimitar su campo vital, y la fuerza de la voluntad para levantar las barreras que evitan su propia ruina.

Es cierto que hay creencias que patológicamente nos hacen pensar que somos menos capaces de lo real. Sin embargo, la religión, igual que la moral, no son autoengaños peligrosos, sino la manifestación clara de nuestra naturaleza libre, y por tanto, racionalmente regulada.

El que no quiera limitarse se autocondena a ser coaxionado para que no pueda hacerse daño a sí mismo o a los demás. Como dice la doctrina clásica: la ley y la fuerza pública existen para forzar externamente a aquellos a quienes la ética no ha podido regular internamente. Solo el hombre que se autolimita vive como hombre; el que no, no llega siquiera al nivel de un ser irracional.

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