Entrevista a Pablo Pérez: La geopolítica actual a la luz del pensamiento de Charles de Gaulle

A través de cuestiones como la soberanía nacional, la conciencia histórica del poder, la autonomía estratégica europea y la erosión cultural iniciada tras mayo del 68, el catedrático de Historia Contemporánea de La Universidad de Navarra , Pablo Pérez analiza hasta qué punto la crisis geopolítica actual es solo estratégica o, más profundamente, una consecuencia cultural que interpela al propio Occidente.

En su conferencia La geopolítica actual a la luz del pensamiento de Charles de Gaulle, si observamos el escenario internacional marcado por la guerra de Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China y la fragilidad del proyecto europeo, ¿cree ud que el concepto gaullista de soberanía nacional conserva hoy vigencia real o pertenece ya a una arquitectura internacional superada?

Ciertamente, Charles de Gaulle tiene una mentalidad política muy ceñida a la idea de soberanía nacional como base del ejercicio del poder. Es la consecuencia de siglos de historia y del estudio que él ha realizado de esa historia. Han transcurrido más de 50 años desde su muerte, y las cosas han cambiado de forma importante, pero el concepto de soberanía nacional sigue siendo fundamental para el ejercicio de la autoridad y la vigencia del derecho. Esto no significa que no haya países que influyen mucho más allá de sus fronteras con sus decisiones, siempre los ha habido y siempre los habrá. Pero el respeto a la soberanía ajena sigue siendo un principio fundamental, por eso reconocemos cuando el uso de la fuerza se está extralimitando, o la influencia en otro país alcanza niveles difícilmente tolerables. La arquitectura internacional está cambiando, pero el principio de soberanía de la nación, aunque se haya transformado, continúa teniendo vigencia. Tenemos muchas pruebas para afirmarlo, quizá la más importante sea lo poco operativa que es cualquier decisión que no procede de un estado nación.

En su análisis histórico, ¿hasta qué punto su planteamiento era una categoría meramente nacional o implicaba una determinada idea de civilización europea que hoy podría replantearse?

De Gaulle no entendía Francia como algo aislado, la entendía como parte de una comunidad viva y de larga historia, que llamamos Europa. Alguna vez afirmó que a la era de las naciones la estaba reemplazando la era de los continentes organizados, y luchó por una Europa unida, incluso más unida políticamente que el proyecto que nos visto construirse en la Unión Europea. Pero tenía una idea distinta de cómo debía hacerse esa construcción, y consideraba que todo lo que debilitara a los Estados miembros debilitaría al conjunto. Una Europa fuerte solo sería posible con Estados miembros fuertes. De otra parte, consideraba que la cultura, a la ciencia y la investigación, deben ser pilares fundamentales de esa construcción política europea. Los ponía incluso por delante de la economía.

De Gaulle concebía el Estado como un actor con conciencia histórica y voluntad propia. ¿Observa ud en los líderes actuales esa misma comprensión histórica del poder, o predomina una lógica más táctica, inmediata?

La tendencia política actual parece apuntar más al gobierno mediante los datos que al gobierno que se asienta en pensamientos y reflexiones. Las elecciones se convierten en mercadotecnia de venta de candidatos, los aciertos están pendientes de las encuestas y opinión, eso está muy lejos de la conciencia histórica, está más cerca de una intención que podemos considerar mercantil o, si se prefiere, de problematismo inmediato, como usted ha apuntado. Quizá se han sustituido los principios por un repertorio de objetivos, y la idea de quiénes somos por la noción de qué comodidades podemos aspirar a tener. Eso devalúa enormemente la política. Vivir pendientes solo de la demanda, de los potenciales gustos de los electores, no es buen camino para proponer objetivos elevados a nuestras sociedades.

De Gaulle defendía la autonomía estratégica europea frente a las grandes potencias. ¿Podría Europa, tal como está configurada institucionalmente, asumir hoy una posición e independencia semejante o su interdependencia económica y militar lo hace inviable?

Justamente, ese es el desafío que Europa tiene ante ella en este momento, planteado de una forma bastante cruda por el aliado norteamericano. Tiene que decidir qué quiere hacer, tiene que tomarse en serio su capacidad de ser independiente de otras potencias, el juego de las apariencias o de los trucos verbales parece haber llegado a un límite infranqueable. Las instituciones europeas actuales no han demostrado capacidad para afrontar el reto que tienen delante. Pero, siguiendo el racionamiento de De Gaulle, podemos afirmar que la verdadera raíz del problema está en la decisión de los Estados miembros de la Unión Europea. De ellos depende qué se planteará en las reuniones de sus líderes y qué decisiones se tomarán. Y para hacer ese planteamiento es necesario que hablen claro a sus electores y que el suman la tarea de explicar con claridad porque hay que hacer sacrificios para alcanzar una meta, y qué meta es esa.

De Gaulle supo gestionar crisis nacionales profundas, desde la posguerra hasta la cuestión argelina. ¿Qué enseñanzas concretas podría extraer hoy un dirigente europeo ante crisis simultáneas (energética, demográfica, militar)?

La lección más importante que de Gaulle ponía siempre de sus colaboradores era hacerse cargo de veras de la realidad que tenían ante los ojos. Afrontar cualquier crisis requiere en primer lugar hacerse cargo de qué está en juego, pensar en las posibles soluciones y proponerlas con claridad. Lo más grave de nuestra situación es que algunos elementos que usted ha mencionado, por ejemplo, el demográfico, a veces ni siquiera se plantea con sinceridad. De la impresión de que solo se confía en soluciones mecánicas y no en la valentía de los ciudadanos y su capacidad de utilizar su libertad para alcanzar objetivos elevados. Es muy difícil en esas condiciones enfrentarse a una crisis seria.

Enlazando con su trabajo sobre mayo del 68, aquel movimiento supuso una contestación profunda a la autoridad política y cultural. ¿Considera que la erosión de la autoridad estatal iniciada en ese período ha debilitado la capacidad estratégica de las democracias occidentales en el actual escenario geopolítico?

Indudablemente ha sido así. La erosión de la autoridad ha sido muy grave desde entonces, pero no solo por la actitud de los gobernados, también por la que han tenido los gobernantes. No hay que olvidar que quienes los han gobernado hasta hoy son sesentayochistas. Quizá lo más grave que se ha derivado de aquella revuelta ha sido el olvido del «Bien Común» como elemento aglutinante y posible para una sociedad. La idea de la libertad como pura autodeterminación individual ha conducido las sociedades y descargadas, que difícilmente se hacen cargo de qué pueden hacer por los demás, por el conjunto por el todo. Eso le ocurre también a los políticos, solo piensan en su propio beneficio, en ganar votos, en pervivir. La impresión de que no tienen otro horizonte. El día en que consigan salir de ese espejismo, la política podrá cambiar.

Finalmente, profesor, si tuviera que sintetizarlo: ¿se podría decir que estamos viviendo una crisis geopolítica derivada principalmente de factores estratégicos externos, o es también -y quizás sobre todo- una consecuencia cultural de transformaciones iniciadas hace ya más de medio siglo?

Pienso que es una mezcla de los dos tipos de factores que usted menciona, pero coincido en que la cultura y los factores internos son mucho más determinantes y graves que los puramente externos. Quien está en un momento de dificultad más grave es Occidente. Otras regiones del planeta manifiestan una determinación muy clara, alejada de nuestros planteamientos. Dentro de Occidente, Europa tiene un papel muy importante que desempeñar y, dentro de ella, cada uno de los Estados Europeos. Conviene que tomemos conciencia de esa responsabilidad y que miremos con esperanza a un futuro que puede ser mejor de lo que nos proponen las visiones catastrofistas que suelen considerarse válidas. El futuro es de la libertad y depende de qué queramos hacer con nuestras vidas. Nada está determinado.

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