Entrevista a Rosa María Peris sobre el sentido de la vida, la libertad y la formación del carácter en la sociedad actual.
Vivimos en una sociedad obsesionada con la felicidad y, paradójicamente, cada vez más confundida sobre su verdadero significado. Se habla de bienestar, éxito y autorrealización, pero pocas veces se reflexiona con profundidad sobre el sentido de la vida, la educación del carácter o la responsabilidad personal. Hoy conversamos con Rosa María Peris, doctora en Ciencias de la Educación, Responsable Académica de Área de Títulos Profesionales – Educación en la Universidad de la Rioja. Abordamos una idea tan sencilla como exigente: la felicidad no se improvisa, se construye. Y esa construcción pasa por el proyecto personal de vida, la educación del carácter y el ejercicio responsable de la libertad.
¿Qué es la felicidad realmente?
Cuando hablamos de felicidad solemos pensar en algo que se alcanza al final, como si fuera una meta definitiva. Sin embargo, la felicidad no es un punto de llegada, sino una manera de vivir. Es una experiencia que acompaña a la persona cuando su vida tiene sentido, cuando sabe por qué hace lo que hace y hacia dónde se dirige.
Como recuerda Don Quijote: “La felicidad no está en la posada, sino en medio del camino”. La felicidad no depende únicamente de circunstancias externas, sino de cómo vivimos el proceso de nuestra vida, incluso con dificultades, esfuerzos y renuncias. Una vida feliz no es una vida sin problemas, sino una vida orientada hacia un bien que merece la pena.
Hablas del sentido de la vida y del proyecto personal .¿Por qué es tan importante tener un proyecto vital?
Nadie vive bien sin saber hacia dónde va. El proyecto personal de vida da unidad a la existencia y ayuda a responder preguntas esenciales: quién soy, qué quiero hacer con mi vida y qué tipo de persona quiero llegar a ser.
Sin un proyecto vital, la vida se fragmenta en decisiones aisladas, impulsivas o reactivas. En cambio, cuando una persona tiene un propósito, sus decisiones —grandes y pequeñas— adquieren coherencia. El proyecto de vida no es algo rígido, puede revisarse y ajustarse, pero siempre ofrece dirección. Y vivir con dirección es una de las claves más profundas de la felicidad auténtica.
Hoy se insiste mucho en «hacer lo que uno siente·»· ¿Qué diferencia hay entre deseo y voluntad?
Es una distinción fundamental.El deseo pertenece al ámbito afectivo: sentimos ganas de algo, nos atrae o nos produce placer. o interés. La voluntad, en cambio, implica compromiso, esfuerzo y elección consciente del bien. No todo lo que deseamos nos conviene, ni todo lo que cuesta es negativo. Educar la voluntad significa aprender a elegir lo que nos mejora como personas, incluso cuando no es lo más fácil o inmediato. La felicidad madura nace precisamente de esa capacidad de querer lo que es bueno, no solo lo que apetece.
Construir un proyecto de vida y felicidad
Aquí entra en juego la educación del carácter. ¿Qué significa realmente?
Educar el carácter es formar hábitos estables que nos ayuden a actuar bien de manera casi natural. El carácter no es algo fijo ni inmodificable; se construye con el tiempo a través de decisiones repetidas.
Cuando hablamos de carácter hablamos de responsabilidad, fortaleza, autocontrol, perseverancia y generosidad. No se trata de grandes gestos heroicos, sino de pequeños actos cotidianos: cumplir compromisos, tratar bien a los demás, saber pedir perdón o terminar lo que empezamos. El carácter es, en el fondo, la manera habitual de responder a la vida.
¿Qué relación hay entre carácter y libertad?
La relación entre carácter y libertad es directa. Sin carácter, la libertad se debilita. Muchas veces se piensa que ser libre es hacer lo que uno quiere, pero esto suele derivar en dependencia: de los impulsos, de los estados de ánimo o de la presión externa.
El carácter fortalece la libertad porque permite gobernarse a uno mismo. Una persona con autodominio es más libre, no menos. Puede elegir con serenidad, resistir la presión del entorno y mantenerse fiel a lo que considera valioso. Esa coherencia interior es profundamente liberadora.
Has mencionado el autodominio. ¿Por qué es tan relevante hoy?
Vivimos en una cultura de la inmediatez. Todo invita a reaccionar, a responder impulsivamente, a expresar sin filtro emociones o frustraciones. En este contexto, el autodominio se vuelve una virtud especialmente relevante.
El autodominio no reprime la afectividad, sino que la ordena. Una persona que sabe controlar sus reacciones genera a su alrededor un clima de serenidad y confianza. Además, protege las relaciones humanas: evita palabras dichas en caliente, conflictos innecesarios y heridas difíciles de reparar. Es una virtud discreta, pero decisiva para la convivencia y para la felicidad personal.
¿Se puede aprender la felicidad?
En cierto sentido, sí. No como una técnica, sino como un proceso de maduración personal. La felicidad se aprende viviendo, reflexionando, corrigiendo errores y creciendo interiormente.
Se aprende a través del ejercicio de la libertad y de la adquisición de virtudes. Por eso no basta con hablar de felicidad en abstracto: es necesario educar para la vida, para el esfuerzo, para la responsabilidad y para el compromiso con los demás. La felicidad auténtica no es egocéntrica; florece cuando la persona sale de sí misma y se vincula a algo más grande que su propio bienestar inmediato.
¿Qué papel tienen la familia y la escuela en este proceso?
La familia y la escuela desempeñan un papel esencial e insustituible. La familia es el primer lugar donde se aprende a vivir, convivir y amar. La escuela, por su parte, no puede limitarse a transmitir conocimientos: debe formar personas.
Educar el carácter, acompañar en la construcción del proyecto de vida y ayudar a descubrir el sentido de la vida son tareas compartidas entre familia y educadores. Cuando ambas trabajan en la misma dirección, ofrecen a los jóvenes una base sólida para una vida plena.
Para terminar: si tuviera que resumirlo en una idea clave, ¿cuál sería?
La felicidad no es algo que se encuentra por casualidad, sino algo que se construye con libertad, esfuerzo y sentido. O avanzamos en la construcción de nuestra vida o retrocedemos. No existe la neutralidad.
Vivir bien exige compromiso con uno mismo, con los demás y con un proyecto de vida que merezca la pena. Y esa es, quizá, una de las tareas más hermosas y exigentes del ser humano.