“ChatGPT nunca te lleva la contraria”: Jaime Nubiola y el desafío de enseñar a pensar

En una época en la que la inteligencia artificial ha entrado con fuerza en nuestra vida cotidiana, educativa y profesional, vuelve a hacerse urgente una pregunta de fondo: ¿nos ayuda la tecnología a pensar mejor o puede acostumbrarnos a pensar menos?

En este resumen de la entrevista que puedes ver en la sección multimedia de Comprende el Mundo, conversamos con Jaime Nubiola, profesor emérito de la Universidad de Navarra, especialista en pragmatismo y en la obra de Charles S. Peirce, sobre el reto de enseñar a pensar en la era de la inteligencia artificial. A lo largo de la conversación aparecen cuestiones decisivas: el papel del profesor, la dependencia de las redes sociales, la búsqueda de la verdad, la necesidad del diálogo, la relación entre fe y razón, la atención, la lectura y la belleza de la vida cotidiana.

Estamos en un momento muy acelerado con la inteligencia artificial. Usted ha trabajado mucho sobre la necesidad de enseñar a pensar. En esta nueva época, ¿enseñar a pensar sigue siendo lo mismo?

La inteligencia artificial es realmente un desafío. Puede ayudarnos a pensar o puede frenarnos, dependiendo de cómo la utilicemos. Se suele decir que la tecnología es neutra y que todo depende del uso. Como ocurre con la energía nuclear, puede servir para curar el cáncer mediante radioterapia o para construir bombas atómicas.

La inteligencia artificial puede ayudar a hacer un mundo mejor, pero con condiciones. Me ha impresionado una expresión que resume muy bien el problema actual: estamos ante la paradoja del progreso material y la regresión antropológica. Avanzamos técnicamente, pero quizá no estamos desarrollando al mismo ritmo la formación humana necesaria para usar bien esos avances.

En la enseñanza esto se ve con claridad. Ya no se puede pedir sin más a los alumnos que hagan ensayos en casa, porque la máquina puede producir en segundos una redacción aparentemente magnífica. Esto obligará a cambiar bastantes cosas en la educación universitaria y también en la secundaria.

En filosofía siempre hemos valorado mucho el método socrático. Con la inteligencia artificial, ¿volveremos de algún modo a la importancia de hacer buenas preguntas?

Es cierto que muchos colegas dicen que ahora hay que aprender a hacer buenos prompts, es decir, aprender a preguntar bien a la máquina. Si preguntas bien, la máquina contesta mejor.

Pero hay un problema importante. Uno de los defectos más claros de ChatGPT es que tiende a ser complaciente. Siempre te dice que tu pregunta es muy interesante o que tienes razón, pero nunca te llevaría la contraria. Nunca te dice con claridad: “esto que has dicho está equivocado”.

Y eso es peligroso. Para pensar bien necesitamos gente que nos diga que no, que estamos en el error. Necesitamos corrección, contraste, diálogo real. La inteligencia artificial puede ayudar, sí, pero no sustituye esa relación personal.

Entonces, ¿la inteligencia artificial puede ser útil en la docencia, pero no puede sustituir al profesor?

Puede ser útil, por supuesto. Puede funcionar como apoyo o como tutor en determinados aprendizajes. Por ejemplo, para practicar matemáticas o para hacer ejercicios concretos puede estar muy bien.

Pero para otras cosas necesitamos el trato personal. Los alumnos siguen necesitando un profesor físico, una persona cercana. La comunicación personal y la proximidad son factores esenciales en la educación.

Los profesores enseñamos más por lo que somos y por lo que hacemos que por lo que decimos. La educación no es solo transmisión de información. Es presencia, ejemplo y acompañamiento.

¿Qué cualidades debería tener un profesor para acompañar de verdad a sus alumnos?

Lo tengo clarísimo. Un profesor debe tener tres cualidades: ser competente, ser coherente y querer a sus alumnos.

Primero, debe ser competente. Tiene que saber su materia y saber cómo se enseña esa materia. No es lo mismo enseñar en quinto de Derecho que en secundaria o en enseñanza obligatoria.

Segundo, debe ser coherente. El profesor enseña más por lo que hace que por lo que dice. Puede decir que hay que ser puntual, pero si tarda un mes en corregir los ejercicios, su ejemplo contradice su discurso.

Y tercero, algo que a veces no se dice y que es esencial: el profesor tiene que querer a los alumnos. Competencia, coherencia y cariño son condiciones fundamentales para que haya un verdadero proceso educativo.

¿Y qué podrían hacer los padres para enseñar a pensar a sus hijos?

Lo primero que tienen que hacer los padres es cortar su propia adicción a los móviles. Muchas veces el problema no son solo los niños y los móviles, sino los padres y los móviles.

Un padre puede decirle a su hijo que deje el móvil, pero si él está mirando la pantalla durante la comida, el mensaje que transmite es contradictorio. En los parques infantiles se ve muchas veces al niño intentando llamar la atención de su madre o de su padre, mientras el adulto sigue pendiente del móvil.

Los móviles están alterando las relaciones interpersonales. Se dice con razón que nos acercan a las personas que están lejos y nos separan de las que están cerca. Por eso, en los espacios familiares, lo primero es apartar los móviles. Son intrusos que distorsionan la vida familiar.

¿El problema son los móviles o son más bien las redes sociales?

El problema son sobre todo las redes sociales. TikTok, Instagram y otras plataformas generan una dependencia muy fuerte. He preguntado a alumnos universitarios cuál les parecía el problema más grave de la juventud, y muchos respondían que la dependencia o incluso la esclavitud de las redes sociales.

Algunos jóvenes son muy conscientes de ello. Saben que se enganchan por la noche, que pierden horas y que acaban mal. Las redes sociales deterioran mucho, especialmente en edades delicadas, y afectan de modo particular a la autoestima, a la imagen y a la necesidad de validación.

Por eso es tan importante recuperar la capacidad de pensar por cuenta propia. Pensar es divertido, es atractivo. En cambio, las máquinas y las redes pueden anestesiar nuestra capacidad de pensar.

Pero quizá, el pensar también tiene que ver con la lectura. ¿Qué relación hay entre pensar, leer y escribir?

Hay una relación muy profunda. Si uno lee, puede aficionarse a escribir. Y escribir es una manera de pensar.

Escribir ayuda a cultivar la vitalidad interior. Cada persona tiene su modo de expresarse: unos escriben, otros bailan, otros componen música, otros hablan. Lo importante es cultivar esa vida interior, esa vitalidad intelectual.

¿Puede explicar ese concepto de vitalidad interior?¿Cómo se cultiva? ¿Cómo se enriquece?

Yo resumiría ese cultivo en tres expresiones: pensar lo que uno vive, decir lo que uno piensa y vivir lo que uno dice.

Pensar lo que uno vive significa reflexionar sobre la propia vida, sobre los problemas, las alegrías, los conflictos o las decepciones. Decir lo que uno piensa implica atreverse a expresarlo, muchas veces por escrito. Y vivir lo que uno dice. Esto es muy importante para profesores o para padres el articular voluntariamente pensamiento y vida.

Usted ha escrito sobre “pensar la religión”. Hoy parece que algunos jóvenes vuelven a interesarse por las grandes preguntas. ¿Qué significa pensar la religión?

Pensar la religión tiene muchos sentidos. Hoy hay jóvenes que no saben casi nada de religión porque sus padres ya no les han transmitido esa cultura. Pero algunos empiezan a preguntar: quién es Jesús, quién es María, qué significa creer. Les impresiona que haya personas creyentes.

Además, hay un tema central en la vida humana: el sufrimiento. Todos experimentamos dolor, angustia, enfermedad o pérdida. Kevin Mayeres, buen amigo, hablando de este tema exactamente, decía que él pensaba que los católicos tenían muchos más recursos para convivir con la enfermedad, con la depresión, que las personas que no eran religiosas. Nosotros somos capaces con dificultad, pero con la gracia de Dios, de dar sentido al sufrimiento. Eso a la gente le interesa. La gente, todo el mundo sufre. Y el cristianismo ofrece recursos para vivir y dar sentido al sufrimiento.

Pensar la religión significa también comprender la relación entre fe y razón. San Juan Pablo II lo expresó muy bien en Fides et ratio: la fe y la razón son como dos alas. Para volar hacia Dios necesitamos las dos: Fe y Razón. La Razón purifica la fe y la fe a la Razón.

Ser cristiano no consiste solo en enamorarse de Jesús con el corazón, sino también con la cabeza. La fe no elimina la razón; la necesita.

Hablemos de la verdad. Usted ha trabajado mucho sobre el pragmatismo y sobre Charles S. Peirce. ¿Qué puede aportar el pragmatismo a la búsqueda de la verdad?

El pragmatismo puede aportar mucho. De manera sencilla, podría resumirse con aquella expresión evangélica: » por sus frutos los conoceréis». Si tu cocinas un pastel, antes de sacarlo lo pruebas, para ver si le falta azúcar, o más tiene que estar más tiempo en el horno. Eres pragmatista sin saberlo. Como decía Aristóteles y Santo Tomás, conocemos lo que son las cosas por sus accidentes.

Los seres humanos buscamos la verdad. No queremos vivir en la mentira. San Agustín decía que no había conocido a nadie, ni siquiera entre malhechores, que quisiera que sus hijos le mintieran. A los seres humanos nos gusta la verdad, anhelamos la verdad. La verdad es el objeto de nuestra búsqueda.

Ahora bien, hay campos en los que descubrir la verdad no es fácil. En la ciencia hemos progresado mucho, pero en el ámbito moral, social o político el progreso parece más difícil. Muchas veces no se trata solo de conocimiento, sino también de poder.

Por eso necesitamos pensar más y mejor sobre el ser humano. El progreso tecnológico ha ido acompañado muchas veces de atomización social, soledad y debilitamiento de los vínculos. Ahí hay un error antropológico que debemos afrontar.

¿La verdad se busca individualmente o también en comunidad?

Se busca también en comunidad. La verdad no es una posesión individual cerrada. Me ha gustado mucho como explica esto el Papa en la encíclica Magnificas Humanitas. Hay que pensar las cosas juntos, escucharse unos a otros y reconstruir la ciudad entre todos.

El pluralismo puede ser enriquecedor si se vive desde la escucha. Queremos aprender de los demás y descubrir aspectos que quizá nosotros no vemos. Hay elementos de verdad también fuera de nuestro propio mundo, de nuestras ideas o de nuestro grupo.

Por eso me gusta decir que no somos dueños de la verdad; es la verdad la que se adueña de nosotros. La verdad nos supera, nos atrae y nos transforma.

Vivimos en una sociedad muy polarizada en la que resulta difícil el diálogo. ¿Cómo podemos aprender a dialogar?

Daría tres consejos muy sencillos.

Primero: no insultar y no escuchar a quienes viven del insulto.
Segundo: aprender a escuchar.
Tercero: comer y beber con la gente, es decir, prácticas comunicativas; crear espacios comunicativos reales.

Necesitamos recuperar lugares de conversación, amistad y encuentro. La soledad hace mucho daño y favorece la polarización. Las personas solitarias buscan a veces una identidad emocional en grupos cerrados a través de las pantallas.

No podemos vivir en una burbuja de personas afines. Tenemos que abrirnos a quienes son diferentes de nosotros. Hay que hacerse amigos de personas distintas, porque de todos podemos aprender.

¿Cómo relacionaría la verdad y la libertad?

La verdad es camino de libertad. En el Evangelio aparece la frase: “La verdad os hará libres”. La mentira, en cambio, es camino de esclavitud.

Pero a esa frase hay que añadir algo importante: hay que aprender a decir la verdad con amabilidad. Verdad, libertad y amor deben ir unidos. No basta con decir algo verdadero de cualquier manera. La verdad debe comunicarse con respeto, delicadeza y caridad.

Muchos jóvenes tienen capacidad, pero viven dispersos. ¿Qué consejo les daría?

Recordaría una frase de Emerson que mi maestro Alejandro Llano citaba con frecuencia: “La dispersión es el mal; la concentración, el bien”. No podemos saber de todo. Hay que concentrar la atención en algo, profundizar, dedicar tiempo, leer lo que se ha escrito sobre ello.

La dispersión constante impide pensar bien. A chicos jóvenes les pongo el ejemplo del noviazgo. Una cosa es tener muchas amigas y otra tener una novia. ¿Qué prefieres? Prefiero tener una novia. Bueno, pues eso es igual intelectualmente, es decir, que hay que concentrar la atención.

Las máquinas favorecen mucho esa dispersión. Saltamos de una cosa a otra, picoteamos contenidos, cambiamos de pantalla. Pero el pensamiento necesita concentración, paciencia y atención.

¿La atención se puede educar?

Sí. El problema de atención requiere entrenamiento, una especie de gimnasia intelectual. Hay que aprender a leer una página sin mirar el móvil, a escuchar una conversación sin interrumpirla, a ver una película sin estar pendiente de otra pantalla.

Pensar exige ir despacio. Dar vueltas a las cosas, detenerse, observar, leer, contemplar. Ir despacio nos permite ganar profundidad.

La atención consiste también en aparcar las distracciones. Simone Weil decía que la atención es un esfuerzo negativo: no es tanto forzar algo como retirar lo que nos distrae para poder acoger la realidad.

También ha hablado de la belleza y de la vida cotidiana. ¿Qué relación tiene eso con pensar mejor?

La belleza exige atención. Si no miras, no ves. Hay que descubrir la belleza en la vida cotidiana: en los detalles, en el orden, en una conversación, en una obra de arte, en un gesto. Recomendaría el libro de Raquel Cascales sobre la belleza, Habitar en el mundo. Un libro sencillo, inspirado en la autora estadounidense japonesa, Yuriko Saiko que escribe sobre la belleza cotidiana.

Prestar atención a los detalles hace que la vida sea más rica, más armónica, más sinfónica. Una obra de arte clásica admite muchas visitas y muchas lecturas. No basta con decir “ya la he visto”. Hay que detenerse y dejar que nos diga algo.

Para terminar, ¿qué libros recomendaría a quienes quieran abrir su mente y aprender a pensar?

Lo más importante es que lean. Yo tengo libros como Invitación a pensar y Pensar en libertad, que pueden ayudar a entrar en estos caminos de la vida intelectual.

Pero, en el fondo, cualquier buen libro puede ser una invitación a la reflexión personal. No prestaría tanta atención solo a los bestsellers del momento. Hay libros del siglo XIX y del siglo XX que son formidables.

Recomendaría, por ejemplo, a Stefan Zweig o Sándor Márai, que abren horizontes humanos muy profundos. Y sobre todo diría algo: hay que leer por placer. Si un libro en la página veinte no te ha enganchado, déjalo y pasa a otro. Hay miles de libros buenísimos que pueden transformar tu vida. No hay que convertir la lectura en una tortura.

La conversación con Jaime Nubiola deja una idea central: en tiempos de inteligencia artificial, redes sociales y dispersión, pensar sigue siendo una tarea profundamente humana.

La tecnología puede ayudarnos, pero no puede sustituir la búsqueda personal de la verdad, la conversación, la lectura, la atención, la amistad, la fe pensada ni la coherencia de vida. Enseñar a pensar en la era de la inteligencia artificial significa, en el fondo, enseñar a vivir con más profundidad.

Ver la entrevista completa en la sección multimedia

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