Editorial julio 2026

Una de las frases más celebradas de la última encíclica papal (Humanidad Magnifica), es tomada de Romano Guardini y dice: «El hombre moderno no ha desarrollado la estructura ética, el sentido de responsabilidad y la pureza de conciencia que vayan al compás del enorme incremento de su poder». Esta frase aplica de manera especialmente aguda a las pretensiones actuales del desarrollo tecnológico para «mejorar» al ser humano.

Una de las corrientes que busca la modificación, sin límite alguno, del cuerpo humano, es el transhumanismo. “un movimiento cultural, intelectual y científico que afirma el deber moral de mejorar las capacidades físicas y cognitivas de la especie humana, y de aplicar al hombre las nuevas tecnologías, para que se puedan eliminar aspectos no deseados y no necesarios de la condición humana, como son el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento y hasta la condición mortal” (Nick Bostrom, World Tranhumanist Association)

Movimientos como el transhumanismo nos obligan a que nos preguntemos: ¿qué cambios es permitido realizar en el ser humano? Me parece a mí que la respuesta está donde acaba la medicina y comienza la experimentación. Lo humano es que se permita hacer modificaciones que sean médicas, es decir, cuyo propósito sea curar.

Curar es siempre el retorno a un estado previo de salud. Esto tiene una base filosófica, ya que la antropología filosófica sostiene que el cuerpo humano, a diferencia del alma y el espíritu, es pasado, es decir, está determinado por el tiempo que va desde el antes hasta el ahora1. Todo retorno al estado natural es ético en cuanto supone un mantenimiento de la naturaleza pasada del cuerpo, mientras que cualquier cambio para dotar a la humanidad de características nuevas supondría llevar el cuerpo al futuro. Por eso todo transhumanismo, en cuanto es post-humanismo, es en realidad antihumano. El cuerpo no puede ser futurizado en esta vida, solo en la siguiente.

Esto podría llevar a pensar que si la tecnología solo puede curar, habría que limitarse a curar enfermedades y en ningún caso se permitirían mejoras corporales. Sin embargo, esta es una visión limitada, no del futuro, sino del pasado.

La especie humana, tal como se manifiesta actualmente, no es la especie en su totalidad. Y al igual que ningún ser humano específico es toda la especie, tampoco todos los seres humanos vivos hoy en día, como tampoco todos los humanos que hayan vivido en los últimos milenios, son toda la especie.

La especie humana existe por lo menos desde hace 40 mil años, y es posible que desde hace 400 mil. Esto supone que volver al estado primario corporal supone no solo curar las enfermedades, sino también resolver los defectos adquiridos durante los milenios pasados. El estado natural del cuerpo humano sería entonces el conjunto de todos los humanos desde hace milenios hasta el día de hoy. Y volver a ese estado óptimo supone no solo curar, sino también reparar.

En los últimos 40 mil años el ser humano ha pasado por un proceso llamado gracilización. Este proceso ha tenido cambios han sido beneficiosos y otros perjudiciales. Un verdadero humanismo deberá tener en cuenta la posibilidad de reparar defectos para devolver a la especie a su estado pleno. Esto podría suponer, por ejemplo, modificaciones para aumentar la densidad ósea o la masa muscular corporal. Esto, no como una búsqueda de una nueva humanidad, sino de la plena humanidad, como esta nos ha sido dada en todo el tiempo que ha existido.

Para volver a Guardini, vemos que esto solo es posible si conocemos más perfectamente cuál es el estado natural del ser humano, la naturaleza humana. Este conocimiento es tanto científico y empírico como filosófico y sapiencial, por lo que supone un avance no solo en la técnica, sino también en esas disciplinas tan denostadas en la educación contemporánea: las humanidades. Porque saber qué es lo propiamente humano no es solo conocer su biología o química, sino también su alma y su espíritu. Solo con un estudio pleno, integral y comprehensivo del ser humano podremos asegurarnos de que la tecnología no destruya, sino que realmente devuelva la dignidad plena a nuestra humanidad.

  1. Este es uno de los descubrimientos a los que llega el filósofo Leonardo Polo (1926-2013), el mayor exponente de la antropología filosófica.
    ↩︎
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