La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización no solo están cambiando nuestras herramientas. También están transformando nuestra relación con la memoria, la propiedad, el trabajo, la libertad y el tiempo. Margarita Baena Restrepo, doctora en Ciencia e Ingeniería de Materiales y especialista en innovación sostenible, propone llamar neomaterialidad a esta nueva condición: un mundo en el que la materia no desaparece, pero queda integrada en sistemas de información, algoritmos, infraestructuras y relaciones humanas.
Hay épocas que la historia recuerda por las máquinas que se inventaron, los territorios que se conquistaron o las enfermedades que se lograron derrotar. La nuestra podría ser recordada por algo más difícil de nombrar: la transformación de la manera en que los seres humanos habitamos el mundo.Solemos describir este cambio a través de sus manifestaciones más visibles. Hablamos de inteligencia artificial, automatización, algoritmos, computación cuántica y robots capaces de realizar tareas que hasta hace poco parecían exclusivamente humanas.
Sin embargo, estas tecnologías no constituyen necesariamente el acontecimiento central de nuestro tiempo. Son, más bien, la expresión visible de una transformación más amplia que afecta a nuestra relación con la materia, el tiempo, la memoria, la libertad y el trabajo.
Podemos llamar neomaterialidad a esta nueva condición. No designa un mundo sin materia, sino una realidad en la que los objetos físicos han dejado de ser unidades aisladas y forman parte de sistemas compuestos por información, algoritmos, infraestructuras, instituciones y relaciones humanas. La materia permanece, pero ya no ocupa por sí sola el centro de la experiencia.
Las tecnologías hacen visible el cambio
La historia ofrece ejemplos claros. La imprenta no transformó el mundo únicamente porque multiplicó los libros. Modificó la autoridad del conocimiento y amplió el número de personas capaces de producirlo e interpretarlo. La máquina de vapor hizo mucho más que proporcionar energía mecánica. Reorganizó el trabajo, la ciudad, los horarios y los sistemas de producción.
Internet tampoco cambió la sociedad por el simple hecho de conectar computadores. Alteró la circulación de la información, la construcción de la confianza y la manera de establecer relaciones humanas. Las tecnologías hacen visible una transformación, pero rara vez la explican por completo.
Hace unos ochocientos años, un cantero colocaba una piedra sobre otra durante la construcción de una catedral sabiendo que probablemente nunca contemplaría la obra terminada. Tal vez tampoco la verían sus hijos. Aquello no era un error de planificación. Formaba parte de la naturaleza del proyecto. Quien trabajaba en una catedral aceptaba que el sentido de su tarea excedía ampliamente los límites de su propia biografía.
Hoy esa escena resulta difícil de imaginar. No hemos perdido la capacidad técnica de construir obras semejantes. Disponemos de mejores materiales, herramientas más precisas y una capacidad de cálculo incomparablemente superior. Lo que parece haberse vuelto escaso es la disposición a entregar una parte importante de la vida a una obra cuyo resultado pertenecerá enteramente a otros. La diferencia no está en la arquitectura. Está en nuestra manera de habitar el tiempo.
Almacenar no es recordar
Podemos observar nuestro presente como si fuéramos arqueólogos de una civilización desaparecida. Imaginemos que, dentro de quinientos años, alguien encuentra centros de datos repartidos por distintos continentes, millones de kilómetros de fibra óptica, dispositivos capaces de registrar casi cualquier instante de la vida cotidiana y una cantidad de información inconcebible para las sociedades anteriores.
Su primera conclusión parecería evidente: fuimos una civilización obsesionada con conservar. Sin embargo, una observación más atenta despertaría una duda. Ese arqueólogo descubriría que almacenábamos prácticamente todo, pero que cada vez éramos menos capaces de decidir qué merecía permanecer.
Nuestra paradoja no sería la falta de memoria, sino la confusión entre dos actos profundamente distintos: almacenar y recordar.
Un servidor almacena información. Una cultura recuerda.
La memoria nunca fue una simple acumulación de datos. Recordar significa seleccionar. Supone decidir qué merece atravesar el tiempo y qué puede desaparecer sin empobrecer la experiencia colectiva.
Toda biblioteca expresa esa decisión. También lo hacen un museo, un archivo y una tradición familiar. Ninguno contiene la totalidad de lo que existió. Conserva aquello que una comunidad consideró suficientemente valioso para transmitirlo a personas que todavía no habían nacido.
Nuestra época parece haber invertido esa lógica. La capacidad de almacenamiento crece de forma acelerada mientras la selección pierde importancia. Conservamos más información que nunca, pero dedicamos menos atención a decidir cuál de ella puede convertirse realmente en memoria.
De la propiedad al acceso
Durante siglos, la vida se organizó alrededor de la materia. La riqueza se expresaba en tierras, edificios, herramientas, libros, máquinas y objetos cuya posesión ofrecía cierta estabilidad. Incluso el conocimiento aspiraba a parecerse a esos objetos: algo sólido que podía acumularse, custodiarse y transmitirse.
La materia no ha desaparecido. Sigue siendo indispensable. Necesitamos alimentos, energía, hospitales, carreteras, viviendas y cuerpos para vivir. Lo que está cambiando es el lugar que ocupa en la creación de valor.
Cada vez poseemos menos objetos para acceder a más funciones. Escuchamos millones de canciones sin comprar discos. Utilizamos programas informáticos mediante suscripciones. Contratamos capacidad de almacenamiento y procesamiento como un servicio. El automóvil privado convive con plataformas de movilidad. La propiedad cede parte de su centralidad frente al acceso. No se trata de afirmar que una forma sea superior a la otra. Acceder y poseer seguirán coexistiendo. Lo significativo es el desplazamiento.
El valor ya no reside únicamente en las cosas, sino en las relaciones que permiten activarlas, conectarlas, compartirlas y convertirlas en experiencia. Podemos llamar desmaterialización a este proceso. La palabra no describe la desaparición física del mundo, sino la pérdida del monopolio de la materia como soporte exclusivo del valor. La materia continúa presente, pero comparte su centralidad con la información, las relaciones, los algoritmos, la coordinación y el acceso.
Un mundo cada vez más provisional
Este cambio se percibe con especial claridad en nuestra relación con el tiempo. Durante generaciones, construir patrimonio significaba pensar en décadas. Una casa podía concebirse para varias generaciones. Una biblioteca crecía lentamente a lo largo de los años. Una empresa familiar aspiraba a sobrevivir a sus fundadores.
Hoy convivimos con una temporalidad distinta. Las plataformas se actualizan continuamente. Los dispositivos anuncian su sustitución antes de que terminemos de conocerlos. La innovación deja de ser una ruptura ocasional y se convierte en un estado permanente. No se trata solo de vivir más deprisa. Se trata de habitar un mundo en el que casi todo parece provisional. Esa experiencia modifica también nuestra concepción de la libertad.
Durante mucho tiempo, identificamos la libertad con la posibilidad de elegir. Pero elegir una profesión, una ciudad o un proyecto de vida significaba abrir un camino y aceptar que otros quedarían atrás. La libertad tenía un coste silencioso: la renuncia.
Toda decisión auténtica elimina futuros posibles. Quien dedica su vida a la medicina renuncia a otras vocaciones. Quien funda una empresa deja de recorrer innumerables caminos alternativos. Quien decide construir una vida con otra persona acepta también todas las historias que nunca llegará a vivir. La renuncia no anulaba la libertad. Le daba forma.
Cuando elegir significa no quedar ligado
Ahora nos movemos dentro de una lógica diferente. La reversibilidad ha adquirido un valor creciente. Las suscripciones pueden cancelarse. Las plataformas permiten modificar y sustituir casi todo. Las trayectorias profesionales se reinventan varias veces a lo largo de la vida.
La posibilidad de cambiar ya no es solo una ventaja práctica. Se ha convertido en un ideal cultural. El compromiso no desaparece, pero cambia de condición. Cada decisión convive con la promesa de una opción mejor que todavía no hemos explorado. Mantener abiertas todas las posibilidades puede resultar más atractivo que profundizar en una sola.
La libertad empieza entonces a confundirse con la capacidad de no quedar ligado a ninguna trayectoria. La reversibilidad ofrece oportunidades y permite corregir errores. Pero también puede impedir que una elección alcance la duración necesaria para convertirse en un verdadero proyecto.
Las catedrales exigían permanencia. Nuestra época premia la adaptación. No se trata de idealizar una condición y condenar la otra. La permanencia podía convertirse en rigidez. La adaptación constante puede desembocar en inestabilidad. El problema aparece cuando desplazamos el equilibrio entre ambas sin preguntarnos qué ganamos y qué perdemos.
El trabajo cuando producir ya no basta
Durante milenios, trabajar estuvo estrechamente relacionado con la supervivencia. Más tarde, el oficio permitió ocupar un lugar reconocido dentro de la comunidad. Con la Revolución Industrial, el trabajo quedó cada vez más vinculado a la productividad: producir más, con mayor eficiencia y en menos tiempo.
Esa medida del desempeño económico terminó influyendo en la valoración de las personas. Cuando alguien nos pregunta quiénes somos, solemos responder con nuestra profesión antes que con nuestras convicciones, vínculos o responsabilidades. El trabajo dejó de ser únicamente una actividad y se convirtió en una de las principales fuentes de identidad.
Ese vínculo comienza a transformarse. La discusión pública suele concentrarse en cuántos empleos sustituirá la inteligencia artificial o qué profesiones resistirán mejor la automatización. Son preguntas necesarias, pero no agotan el problema.
La cuestión de fondo es otra: ¿qué distingue al trabajo humano cuando producir deja de ser una capacidad exclusivamente nuestra? Ya convivimos con sistemas capaces de redactar textos, analizar grandes cantidades de información, generar imágenes, programar, traducir idiomas y ayudar en procesos de diagnóstico.
Esto no demuestra que las máquinas comprendan el mundo como nosotros ni que puedan sustituir íntegramente a las personas. Pero sí muestra que una parte de la producción intelectual ha dejado de ser un territorio reservado al ser humano. Ese cambio obliga a reconsiderar dónde situamos el valor.
El criterio como tarea humana
Cuando las respuestas pueden generarse con enorme rapidez, adquiere mayor importancia formular la pregunta adecuada. También se vuelve más valioso interpretar el contexto, establecer prioridades, imaginar consecuencias, asumir responsabilidades y decidir qué merece hacerse.
La creatividad no consiste únicamente en producir algo nuevo. Incluye advertir relaciones que otros no habían visto, distinguir lo significativo dentro de una abundancia de posibilidades y orientar la invención hacia un propósito.
El criterio adquiere así una importancia decisiva. Durante mucho tiempo, la educación premió la capacidad de encontrar la respuesta correcta. Ahora debe preparar también para reconocer qué pregunta merece formularse y qué respuesta resulta adecuada en una situación concreta.
Transmitir conocimientos sigue siendo necesario, pero ya no basta. Tampoco es suficiente enseñar a utilizar herramientas que cambiarán varias veces durante una trayectoria profesional. La tarea más exigente consiste en formar personas capaces de ejercer el juicio cuando las respuestas son abundantes y el verdadero problema es distinguir cuáles tienen sentido.
Las organizaciones afrontan una transformación semejante. La ejecución correcta de un procedimiento pierde parte de su poder diferenciador cuando numerosas tareas pueden automatizarse. Cobra importancia decidir qué problema merece resolverse, para quién y con qué propósito.
La productividad seguirá siendo necesaria, pero ya no explica por sí sola el valor del trabajo humano. Deliberar, imaginar consecuencias, construir confianza, reconciliar intereses en conflicto y dar sentido a las acciones colectivas adquirirán una relevancia creciente.
Una tecnología puede optimizar un proceso, acelerar un cálculo o generar miles de alternativas. Pero no puede decidir por sí misma qué objetivos merece perseguir una sociedad. Tampoco puede asumir la responsabilidad moral o política por el futuro que esas decisiones contribuyan a crear. Esa responsabilidad continúa siendo humana.
Qué significa neomaterialidad
Las piezas del argumento empiezan a reunirse. La memoria cambia cuando confundimos almacenar con recordar. El valor se desplaza cuando la materia deja de ser su soporte principal. La libertad se modifica cuando mantener abiertas todas las posibilidades parece más importante que comprometerse con una.
El trabajo se redefine cuando producir deja de ser nuestra diferencia más visible. Cada fenómeno suele analizarse por separado. Observados en conjunto, muestran una reorganización profunda de las categorías con las que interpretamos la realidad. A esa condición podemos llamarla neomaterialidad.
La neomaterialidad no describe un mundo sin materia. Describe una realidad que ya no se organiza alrededor de objetos autónomos, sino de sistemas híbridos en los que interactúan materia, información, algoritmos, infraestructuras, instituciones y personas.
Un automóvil ya no es únicamente una máquina. Es también software, sensores, conectividad, datos, mantenimiento remoto y decisiones automatizadas. Un hospital no es solo un edificio con profesionales especializados. Es una red formada por personas, protocolos, dispositivos, historias clínicas digitales y modelos de apoyo al diagnóstico.
Incluso un libro puede existir simultáneamente como volumen impreso, archivo electrónico, audiolibro, conversación pública y comunidad de lectores. La materia permanece, pero adquiere significado dentro de sistemas más amplios. La unidad básica ya no es el objeto aislado. Es la relación que lo conecta con los demás componentes.
El poder se vuelve menos visible
La neomaterialidad tiene también una dimensión política y ética. Cuanto más dependemos de sistemas híbridos, menos evidente resulta quién controla el acceso, quién establece sus reglas, quién conserva los datos y quién responde cuando algo falla.
La desmaterialización no elimina el poder. Puede hacerlo menos visible. Detrás de cada servicio aparentemente intangible existen infraestructuras, energía, trabajo humano, decisiones empresariales e instituciones que regulan —o dejan de regular— su funcionamiento. Sería un error interpretar esta transformación como el abandono de la materia. No estamos entrando en un mundo ingrávido.
Los centros de datos consumen energía. Los dispositivos requieren minerales. Las plataformas dependen de redes físicas. La inteligencia artificial necesita una infraestructura industrial considerable.
Lo que cambia es nuestra percepción. Los soportes materiales se vuelven menos visibles precisamente cuando nuestra dependencia de ellos aumenta. Esta es una de las grandes paradojas de la neomaterialidad: cuanto más inmaterial parece una experiencia, más compleja puede ser la infraestructura física que la sostiene.
Qué seres humanos estamos aprendiendo a ser
Durante años hemos discutido si las máquinas llegarán a pensar como los seres humanos. La pregunta es fascinante, pero puede distraernos de otra más próxima: qué tipo de seres humanos estamos aprendiendo a ser mientras cambia el soporte del valor, se transforma el trabajo, se debilita la permanencia y la memoria se confunde con el almacenamiento.
Las épocas históricas rara vez comprenden el alcance de sus propias transformaciones. Los contemporáneos del Renacimiento no se sabían habitantes de una nueva era. Quienes vivieron la Revolución Industrial difícilmente imaginaron el mundo que surgiría de las fábricas, el ferrocarril y la urbanización.
Nosotros tampoco podemos conocer con precisión el desenlace de los cambios actuales. No sabemos qué tecnologías dominarán dentro de cincuenta años, qué profesiones existirán o qué instituciones habrán desaparecido. La historia siempre conserva un margen de sorpresa.
Pero sí podemos prestar atención a las preguntas que insisten:
- ¿Por qué nos cuesta permanecer?
- ¿Por qué acceder puede parecernos más valioso que poseer?
- ¿Por qué producir ya no basta para definir el trabajo?
- ¿Por qué almacenamos más información que nunca y, al mismo tiempo, nos resulta tan difícil convertirla en memoria?
Estas preguntas nos obligan a mirar más allá de la tecnología. Nos invitan a revisar qué entendemos por una vida bien vivida, qué responsabilidades no pueden delegarse y qué obras merecen comprometer a varias generaciones.
Los constructores de catedrales todavía pueden enseñarnos algo. No por las piedras que levantaron, sino por la idea del tiempo que habitaban. Comprendían que ciertas obras merecen una vida entera, aunque ninguna vida alcance para terminarlas.
Nuestra época necesita recuperar esa pregunta, pero no para imitar el pasado. La necesita para decidir qué futuro está dispuesta a comenzar sabiendo que sus frutos pertenecerán, sobre todo, a quienes todavía no han nacido.
Una civilización no se define únicamente por las herramientas que inventa. También se define por aquello que decide conservar, por el tiempo que está dispuesta a entregar y por las preguntas que considera dignas de ser formuladas.