En este artículo, Tere Peroni Cadavid, Doctora en Educación y Licenciada en Artes Clásicas, propone diez claves para seguir un itinerario que permita conocerse, aceptar la realidad, aprender a amar y descubrir hacia dónde orientar la propia existencia.
Hace más de 25 años que trato con adolescentes y jóvenes, y una de las cosas que más me ha impresionado es descubrir que, detrás de muchas vidas aparentemente llenas de actividad, relaciones, estudios, planes y estímulos, puede esconderse un vacío difícil de expresar. Decidí reunir ideas de las clases que impartía a mis alumnos y publicar las claves que permiten orientar la vida.
Yo soy muy optimista con la gente joven. Pienso que tiene muchos aspectos positivos, pero no siempre están bien orientados o les falta motivación para trazar sus metas, no saben muy bien quiénes son ni hacia dónde quieren dirigir su vida, donde poner el foco de su existencia. Tienen muchas posibilidades por delante, pero no siempre cuentan con criterios para elegir; reciben una enorme cantidad de información, pero pocas veces encuentran espacios en los que hacerse preguntas verdaderamente importantes.
De esa experiencia nació, en buena medida, El globo de mi vida. Quise ofrecer un itinerario sencillo para ayudarles a pensar sobre su propia existencia: descubrir la verdad, aprender a aceptarse, aceptar a los demás, encontrar un trabajo con sentido, amar y comprender que la vida tiene una dirección. En definitiva, dar herramientas para que cada uno construya una vivida que merezca la pena.
No es simplemente un libro de autoayuda centrado en los propios recursos personales: «yo puedo», «yo quiero», «yo pienso», «yo hago», «yo realizo». La propuesta va un poco más allá. Si necesito mejorar, también necesito ayuda.
Soy una persona que cree en la Trascendencia, en un Dios cercano, presente en nuestra vida. Por eso pienso que debemos poner todo lo que está de nuestra parte, esforzarnos, intentarlo una y otra vez, pero sin pensar que toda la solución depende exclusivamente de nosotros. Yo pongo de mi parte, pero Dios también me sostiene y me ayuda.
Para explicar este recorrido he utilizado la imagen de un globo aerostático. Me pareció especialmente adecuada porque cada persona tiene que aprender a pilotar el suyo y, de algún modo, conseguir subir a la canastilla de su propia vida. No elegimos todas las circunstancias desde las que despegamos ni podemos controlar todo lo que encontraremos durante el viaje, pero sí podemos descubrir quiénes somos, qué hemos recibido y hacia dónde queremos orientar nuestra existencia.
Para llegar a esa canastilla necesitamos una serie de herramientas: conocernos, aceptar nuestra realidad, aprender a amar, trabajar nuestras virtudes y encontrar un sentido. Pero hay también una ayuda que no procede únicamente de nosotros mismos. En la metáfora del libro, es el propio globo el que tira hacia arriba. Para mí, esa fuerza que eleva y sostiene es Dios.
En el libro propongo diez claves. No pretenden ser recetas rápidas para alcanzar la felicidad, sino puntos de apoyo para aprender a vivir con mayor profundidad y sentido. Las claves son las siguientes:
1. La verdad: conocer las cosas como son
La primera clave es antropológica. Todos buscamos la verdad, pero ¿qué es la la verdad?. Si no tenemos claro que es la verdad y la posibilidad de conocerla, siempre estaremos inseguros. Antes de decidir qué hacer con nuestra vida necesitamos aprender a mirar la realidad. No basta con afirmar que cada uno tiene su verdad, como si la realidad dependiera únicamente de nuestra percepción.
Me gusta explicarlo mediante la conocida historia de los ciegos y el elefante. Cada uno toca una parte diferente del animal: uno la trompa, otro una pata, otro una oreja. Cada experiencia es verdadera, pero parcial. La inteligencia humana puede ir más allá de esas percepciones particulares. Después de conocer distintos elefantes podemos formar el concepto universal de elefante y reconocerlo en individuos diferentes.
La realidad no la inventamos. Podemos conocerla, aunque nuestro conocimiento sea siempre limitado y perfectible. Y esto cambia nuestra manera de vivir.
2. Aceptarme a mí mismo
La segunda clave consiste en aceptarme a mi mismo, a partir de la verdad que conozco de mí mismo. No he elegido mi familia, mi cuerpo, muchas de mis capacidades ni gran parte de las circunstancias que han acompañado mi vida. Aceptarme no significa resignarme. Significa partir de la realidad. No puedo anclarme en el pasado, en mis heridas o traumas anetriores . Necesito mirar al futuro porque es lo que tengo que invertir.
Todos llevamos, por decirlo de una manera gráfica, un gran saco de virtudes y otro más pequeño de defectos. Necesitamos aprender a reconocer ambos. No se trata de negar nuestras limitaciones ni de obsesionarnos con ellas, sino de descubrir todo lo bueno que hemos recibido y desarrollarlo.
3. Aceptar a los demás
Después llega una tarea que probablemente sea aún más difícil: aceptar a los demás. Las personas que nos rodean tampoco responden siempre a nuestras expectativas. Cada una posee su historia, su personalidad, sus talentos y sus limitaciones.
Aceptar a alguien no significa justificar todo lo que hace. Significa reconocer que no existe para adaptarse a mis deseos.
Aprender a amar comienza muchas veces por dejar de intentar fabricar a los demás a nuestra medida.
4. Aceptar el mundo en que vivimos
Tampoco hemos elegido el momento histórico en el que nos ha tocado vivir. Podemos lamentarnos continuamente de nuestra época o podemos intentar comprenderla y actuar dentro de ella.
Aceptar el mundo no significa conformarse con sus injusticias o sus defectos. Precisamente porque lo aceptamos como real podemos intentar transformarlo. Esta es nuestra época.Y este es el mundo en el que tenemos que aprender a hacer algo bueno.
5. Trabajar en lo que me gusta
El trabajo ocupa una parte enorme de nuestra vida. Por eso merece la pena preguntarnos no solo cómo ganarnos la vida, sino qué podemos aportar. Creo que el mundo posee una belleza que nosotros no hemos creado.
La naturaleza, las personas, la inteligencia, las capacidades humanas… todo eso nos precede. Pero la creación está, de algún modo, abierta a nuestra colaboración.
Con nuestro trabajo podemos ayudar a completarla. Un médico, una profesora, un agricultor, un arquitecto, una madre, un empresario, un artista o un investigador transforman la realidad y pueden contribuir a hacerla mejor.
Trabajar no es solo producir. También es construir mundo.
6. Amarme a mí mismo
Aceptar quién soy me lleva a una cuestión todavía más profunda: aprender a quererme. Pero para comprender mi propio valor necesito preguntarme de dónde procede mi existencia. A veces podemos pensar que amarse a uno mismo es una forma de egoísmo. Pero no es así. Amarse significa reconocer el valor de lo que somos y de lo que tenemos para poder ponerlo después al servicio de los demás.
Muchas veces somos excesivamente críticos con nosotros mismos. Nos juzgamos con dureza, nos llenamos de miedos y terminamos frenándonos. Sin embargo, cada persona posee un valor enorme y necesita aprender a reconocerlo.
Amarse a uno mismo implica también cuidarse: cuidar la salud física, la salud mental, el descanso, las propias emociones y todo aquello que nos permite vivir de una manera equilibrada. Ese cuidado no es algo secundario; es necesario.
Porque solo cuando aprendemos a acogernos y valorarnos podemos salir verdaderamente al encuentro del otro. El amor a uno mismo no nos encierra, sino que nos prepara para la siguiente clave: amar a los demás.
7. Amar a los demás
No podemos vivir encerrados en nosotros mismos. Somos seres sociales. Aprendemos a querer mediante pequeños actos cotidianos, aprendemos a tener amigos. La amistad es un verdadero tesoro. Necesitamos amigos porque no estamos hechos para vivir aislados. No somos árboles solitarios en medio del desierto; somos personas llamadas a relacionarnos, a entrelazarnos con los demás y a crecer también gracias a ellos.
Pero no todas las relaciones nos ayudan de la misma manera. Podemos vincularnos con personas que nos hacen crecer, que nos ayudan a ser más coherentes, más libres y mejores; o podemos dejarnos arrastrar por relaciones que terminan alejándonos de aquello que queremos ser.
Por eso es importante aprender a elegir bien a los amigos. La amistad es apoyo, compañía y confianza, pero también influencia. Los amigos dejan huella en nuestra manera de pensar, de decidir y de vivir.
La vida se construye, muchas veces, con esas pequeñas decisiones que nos van configurando: una madre que recoge a sus hijos del colegio y escucha lo que les ha ocurrido durante el día; un padre que encuentra tiempo para hacer deporte con ellos; una persona que acompaña a un amigo cuando atraviesa una dificultad…
Amar significa salir de mí mismo y descubrir que el otro también merece mi tiempo, mi atención y mi cuidado.
8. Amar el mundo
También podemos aprender a amar el mundo. La imagen del globo ayuda a entenderlo. Cuando contemplamos desde arriba montañas, pueblos, ríos, campos y ciudades descubrimos que cada elemento forma parte de algo mucho mayor.
Cada uno viaja en el globo de su propia vida, pero no está solo. Hay muchos globos. Muchas historias. Muchas personas que comparten el mismo mundo.
Amarlo significa contemplarlo, agradecerlo, cuidarlo y asumir nuestra responsabilidad dentro de él. El mundo es una caja de sorpresas, pero hay que saberlas ver. El mundo tenemos que verlo como algo positivo.
El mundo no es malo. Lo que pasa es que no podemos ser ingenuos. El mundo no está hecho de gente perfecta. No. Igual que nosotros no somos perfectos, el mundo no está lleno de gente perfecta, pero sí tenemos que saber recomenzar, recomenzar con nosotros mismos, recomenzar con los demás y recomenzar con el mundo.
Siempre recomenzar, siempre aprender, hacer de todas las situaciones una oportunidad, una oportunidad para mejorar.
9. Construir presente para la eternidad: vivir bien
La novena clave puede resumirse en dos expresiones: Construir presente para la eternidad. Y, de una manera más sencilla: vivir bien.
Cada decisión que tomamos va configurando nuestra vida. Cómo trabajamos, cómo tratamos a los demás, cómo empleamos nuestro tiempo, cómo usamos nuestra libertad, cómo perdonamos y cómo amamos.
Nada de eso es indiferente. El presente es el lugar donde construimos nuestra biografía. Y, desde la fe, también es el lugar donde comenzamos a prepararnos para la eternidad.
10. Morir feliz: morir bien
La última clave puede resultar sorprendente: morir feliz. Con esta expresión quiero decir algo muy concreto: morir feliz es morir para encontrarse con la felicidad para siempre, después de haber realizado el sueño que Dios tenía para ti y que ha dado sentido a tu vida. Es, en definitiva, morir bien.
La cuestión de la muerte se convierte así en una cuestión sobre la vida. Lo importante no es obsesionarse con el final, sino preguntarse cómo queremos llegar hasta él y qué clase de vida estamos construyendo mientras avanzamos.
En el fondo, el libro conduce a una decisión fundamental. Podemos reconocernos como criaturas salidas de las manos de un Creador o podemos rechazar esa condición. Son dos maneras muy distintas de situarse ante uno mismo, ante el mundo y ante la realidad.
Si no acepto que soy criatura, termino convirtiéndome en la medida última de mi propia existencia: yo decido por mí misma qué está bien y qué está mal, qué sentido tiene mi vida y qué puedo hacer con el mundo que me rodea.
Si, en cambio, me reconozco como criatura, comprendo que mi existencia no me la he dado yo. He recibido de Dios mi ser y, con él, una historia, unas capacidades, unas circunstancias y una vida concreta que estoy llamada a desarrollar.
Podemos entenderlo con un ejemplo sencillo. Si queremos hacer pan, no basta con mezclar los ingredientes de cualquier manera: necesitamos conocer cómo funciona la masa, qué proporciones requiere y qué pasos debemos seguir. Del mismo modo, si queremos aprender a vivir bien, necesitamos una orientación. Desde la fe, Dios no solo nos da la vida, sino también una guía para poder llevarla a su plenitud y alcanzar la felicidad.
Saberme criatura no significa renunciar a mi libertad. Significa comprender que mi libertad no parte de la nada, sino de una realidad que he recibido y que estoy llamada a llevar a su plenitud.
Por eso, al final de la vida, quizá las preguntas más importantes sean muy sencillas: ¿Qué he recibido? ¿Qué he construido con ello? ¿Qué he dado a los demás? He sabido descubrir y realizar el sentido de mi propia existencia.
Comprende el mundo ha realizado una entrevista a la autora que puedes ver aquí