Adriana Smith es maestra, especialista en Neuropsicología y Disciplina Positiva, madre de tres hijos y autora del cuento Mis papás no son superhéroes. En esta conversación reflexiona sobre la educación de los niños, la vida familiar, la importancia de los cuentos, la comunicación en el matrimonio, las rabietas, la sobreprotección y el valor de recomenzar cada día.
A través de una historia sencilla y cercana, la autora invita a mirar la vida familiar sin idealizaciones: los padres se cansan, se equivocan, tienen días difíciles y también aprenden. Pero precisamente en esa vulnerabilidad, cuando se vive con amor, perdón y diálogo, los hijos descubren algo fundamental: que en una familia siempre se puede recomenzar.
Eres madre, profesora y autora de un libro. ¿Cómo se compagina todo eso y qué mirada te ha dado sobre los niños?
Unas cosas beben de las otras. Ser profesora me ha permitido conocer a muchísimas familias y a muchísimos niños, y cada alumno y cada padre te enriquecen. Pero cuando una se convierte en madre, todo eso se aterriza en la vida real. En una clase, aunque sea duro y cansado, puedes cerrar la puerta al final del día. Pero cuando eres madre o padre, la tarea no se cierra nunca. Hay que seguir educando cuando uno está cansado, cuando está enfermo, cuando tiene una pena en el corazón o cuando le gustaría celebrar algo de otra manera.
La maternidad me ha enseñado a mirar con más realismo y también con más misericordia. Y la literatura ha estado siempre muy presente en mi vida. Yo he sido una gran lectora, y para mí era fundamental que mis hijos tuvieran buenos libros.
Mi cuento Mis papás no son superhéroes nace precisamente de esa experiencia: de hacer visible, a través de un cuento, que los padres no somos perfectos. No pasa nada si una tarde no puedes jugar, si estás cansada o si la familia tiene que vivir a otro ritmo. Lo importante es que los hijos descubran que, en medio de la vida cotidiana, hay muchos gestos pequeños que les hacen sentirse queridos.
El cuento que has escrito, ¿nace de experiencias reales como madre, profesora y también de conversaciones con otras madres.?
Sí. De hecho, la frase “mamá no es un superhéroe” nace de una amiga. Ella, en un día de agotamiento, le dijo a su hijo que mamá no era un superhéroe y que estaba cansada. En aquel momento yo todavía no era madre y pensé: “Bueno, pues tira de fortaleza”. Pero luego la realidad te aterriza. La vida te vuelve más comprensiva. Te das cuenta de que no pasa nada por reconocer que uno está cansado. También los padres tienen límites.
Mis papás no son superhéroes nace para recordar, tanto a los niños como a los padres, que la vida familiar no exige perfección, sino amor cotidiano. El cuento, muestra que los padres también se cansan, se equivocan o no siempre pueden llegar a todo, y que eso no disminuye el cariño hacia sus hijos.
El libro pone el foco en esos gestos pequeños que para los niños son enormes: leer un cuento al final del día, jugar juntos, cantar en familia o encontrar un momento de presencia en medio del cansancio. Con unas ilustraciones llenas de emoción, el cuento ayuda a descubrir que la verdadera grandeza de los padres no está en ser superhéroes, sino en querer mucho y bien.Por eso el cuento busca transmitir dos cosas. Por un lado, a los padres: no pasa nada si no sois perfectos. Por otro, a los niños: vuestros padres os quieren mucho, aunque se cansen, aunque se equivoquen y aunque no siempre puedan hacerlo todo.
El secreto de este cuento también está en las ilustraciones que he tenido la suerte de que me ilustre Naty Scabuso, que es una ilustradora argentina, que sabe plasmar las emociones en los dibujos.
Hoy muchos padres sienten culpa por no llegar a todo. Además, tú has estudiado Neuropsicología y Disciplina Positiva. ¿Cómo te ha ayudado esa formación?
La Disciplina Positiva me ha ayudado muchísimo, sobre todo a regular mi propia conducta para poder acompañar mejor a mis hijos y a mis alumnos. Al final, los adultos estamos haciendo modelado constantemente.
La Disciplina Positiva no significa que todo valga, ni que los niños puedan hacer lo que quieran. Significa poner límites, pero hacerlo desde el afecto, la empatía y el vínculo. Por ejemplo: “En esta casa no pegamos”, “tratamos con cariño a los demás”, “todos colaboramos”.
El niño necesita sentirse parte de la familia o del aula. Cuando se siente importante y querido, le resulta más fácil colaborar, respetar a los adultos y querer hacer las cosas bien.
¿Qué consejo darías a padres jóvenes con niños pequeños para que los hijos entiendan que forman parte de una familia?
A veces se nos olvida explicar quiénes somos como familia. Antes de tener hijos, una pareja ya tenía unos valores, un proyecto de vida, una manera de entender el mundo. Pero después llegan los hijos y empezamos a educar sobre la marcha.
Es importante decirles: “En esta casa todos colaboramos”, “en esta familia nos cuidamos”, “en esta familia pedimos perdón”. Y eso se concreta en cosas pequeñas. Un niño de 18 meses puede llevar su platito de plástico al fregadero. Puede ayudar a limpiar la trona con un trapito. Eso le hace sentir que contribuye.
La educación no son grandes discursos. Son gestos cotidianos repetidos con paciencia.
Has hablado de regular la propia conducta. ¿Cómo pueden los padres ayudar a los hijos a regular sus emociones?
Lo primero es que los padres bajen su propio nivel de exigencia. Hoy muchos padres tienen un miedo enorme a equivocarse. Como se tienen menos hijos y a veces se tienen más tarde, somos muy conscientes de que podemos hacer daño. Pero educar con miedo no es una buena forma de educar.
Después hay algo fundamental: ayudar a los niños a identificar sus emociones. Con los más pequeños podemos empezar con emociones sencillas: tristeza, enfado, alegría, cansancio. A partir de los tres años podemos introducir emociones más complejas: celos, envidia, frustración, vergüenza.
Por ejemplo: “Estás enfadado porque no has dormido la siesta”, “estás celoso porque todos han venido a ver a tu hermanita”, “tienes envidia porque te gusta mucho el juguete de tu amigo”. Poner nombre a lo que sienten les ayuda a entenderse. Y eso crea vida interior, que luego podrán aprovechar en la relación consigo mismos y con los demás.
¿Hay alguna técnica concreta para afrontar las rabietas?
No hay soluciones mágicas en educación, pero sí hay recursos. Las rabietas suelen llegar en momentos de cansancio, de transición o de cambio: salir de la ducha, irse de casa de los abuelos, dejar de jugar, ponerse a cenar.
Lo primero es anticipar: “Ahora vamos a ducharnos y después cenaremos”. También conviene recordar lo que pasó otras veces: “Ayer te costó salir de la ducha; hoy vamos a intentarlo de otra manera”.
Después hay que expresar límites con afecto y respeto. Y puede ayudar mucho tener una “caja de la calma”. No se presenta en plena rabieta, sino cuando el niño está tranquilo. En una caja de zapatos metes: un pop it , que es un juego antiestrés, un peluche estrujable, un objeto sensorial, un cuento sobre rabietas o un frasco de la calma.
El frasco de la calma lo puedes hacer tú: un frasco donde dentro tienes algo brillante, un poquito de purpurina suspendida en el aire, hay agua, hay colorante y hay como pelotitas, o lo que quieras. A eso le pones aceite de bebé de forma que baje muy rápido y lo sellas. Se ve como una lámpara de lava con cositas que brillan.
La idea no es abandonar al niño, sino ayudarle a bajar revoluciones. Cuando se calma, entonces se puede hablar: “Tú querías quedarte más rato en la ducha, ¿verdad? Entiendo que estés triste, pero ahora toca cenar”.
Ayer nos regalaraon unas cerezas y yo les advertí antes de empezar: «las cerezas manchan», así que debían tener una servilleta a mano. Aun así, uno de mis hijos manchó el sofá. En lugar de reaccionar con una explosión de enfado, decidí frenar, darle un trapo y un producto para limpiarlo y apartarme un momento para calmarme.
Realmente no vas a perder la conexión por con tu hijo por esto, pero sí que hay que plantar límites . Por eso volví más serena y le dije: ¿Qué tal va el sofá? Venga, te ayudo un poquito. ¿Has entendido que la próxima vez que haya cerezas no sabemos si tú vas a tomar; pero si tomas, vas a tener en cuenta esto, ¿verdad? . Cuando el adulto se autorregula, cambia también el clima de la situación.
Hoy se habla mucho de padres sobreprotectores. ¿Qué consecuencias puede tener la sobreprotección?
La sobreprotección suele nacer del amor y del miedo. Los padres quieren decirle al hijo: “Tranquilo, papá está aquí; tendrás el apoyo que yo no tuve”. Pero a veces el mensaje que recibe el niño es otro: “Papá está aquí porque tú no puedes”.
Habitualmente, esos niños a los que en primero de infantil , se les ha hecho todo pueden crecer más inseguros, con miedo al mundo y con menos confianza en sus capacidades. Cuando pasan a segundo de infantil son niños que piensan que no pueden. Y en tercero de infantil empieza a decir cosas a otros niños como : «tú no puedes, tú eres un tal, tú eres un cua», pero como se siente inseguro empieza a atacar o se defienden porque se sienten incapaces. Entonces, la sobreprotección suele dar unos frutos que no gustan.
Hay que colocar al niño en su zona de desarrollo próximo: cerca, acompañado, pero no sustituido. Si nunca nos apartamos un poco, el niño no aprende a caminar solo.
Planteas también un tema muy importante: la comunicación entre los padres y la comunicación con los hijos. ¿Qué aconsejas?
La comunicación familiar hay que cuidarla mucho. En casa hacemos asambleas familiares una vez al mes. Los niños tienen un turno de palabra y pueden decir lo que necesitan, lo que les molesta o lo que les gustaría mejorar. Lo hacemos sujetando una cuchara. El que tiene la cuchara tiene un turno de palabra. Nosotros hemos preparado un orden del día, pero además los hijos añaden lo que quieren: pueden quejarse :»no paráis de quitarme todos mis juguetes , mis zapatillas están estropeadas».
Normalmente ya sabes lo que van a decir, porque tú estás en tu casa, no eres una persona ausente que regenta desde una distancia, pero a ellos les encanta tener su espacio de comunicación. Y luego es muy chulo poder decir: «Os quremos felicitar porque desde hace un tiempo no vemos ninguna ningún calcetín en el suelo, porque cumplís los encargos… O a lo mejor hay que decir, pues mira, como hemos visto que esta semana nos habéis peleado casi, vamos a tomar un helado especial . Y nos vamos a celebrarlo.
Pero también es esencial cuidar la relación de pareja. Antes de educar juntos, los padres se eligieron como pareja. Si uno deja de elegir al otro y solo se dedica a gestionar problemas, la relación se empobrece.
Hay que buscar tiempo para pasarlo bien juntos. No todo puede ser hablar de la lavadora, de los deberes, de la compra o de lo que se ha hecho mal. La pareja necesita complicidad, alegría, proyectos compartidos y momentos de descanso.
Además, en la educación de los hijos ayuda mucho que los padres puedan bajarse mutuamente las revoluciones. Cuando uno se alarma demasiado, el otro puede ayudar a mirar con más calma.
¿Es importante pedir perdón delante de los hijos?
Sí, muchísimo. A veces los padres discuten delante de los hijos, pero se reconcilian por la noche, cuando los niños ya no están. Entonces los hijos ven el conflicto, pero no ven la reparación. Es importante que vean que papá y mamá se piden perdón, que se arreglan, que hay gestos de paz. Eso les da seguridad.
Los cuentos ayudan mucho porque permiten hablar de situaciones difíciles sin cargar directamente sobre el niño. No es lo mismo decirle: “¿Te acuerdas cuando papá y mamá se han peleado?”, que hablar de unos personajes que han vivido algo parecido. El cuento baja la tensión emocional y permite formar.
¿Los cuentos pueden educar emocionalmente?
Claramente. Los cuentos son aliados estupendos. Ayudan al niño a identificarse con personajes, a reconocer emociones, a entender conflictos y a descubrir modos de resolverlos.
En Mis papás no son superhéroes se trabaja mucho la idea del amor incondicional. Los papás quieren siempre a sus hijos: cuando se portan bien y cuando se equivocan, cuando están enfermos, cuando manchan, cuando pegan a un hermano o cuando hacen algo que no debían.
Eso no significa que todo esté bien. Los límites siguen existiendo. Pero el niño necesita saber que el amor de sus padres no depende de hacerlo todo perfecto.
¿Qué rutina recomiendas para fomentar la lectura en casa?
Yo recomiendo empezar muy pronto. Desde bebés se pueden usar cuentos de contraste, en blanco y negro, cuentos de tela, de baño, cuentos gruesos que puedan manipular.
Después llegan los cuentos sobre rutinas, habilidades sociales, rabietas, emociones y valores. Más adelante, cuentos con historias más complejas.
Leer por la noche es una rutina preciosa: cena, dientes, cuento y dormir. No se me ocurre educar sin cuentos. Son aliados a nivel académico, emocional y familiar.
También eres profesora de inglés. ¿Qué pueden hacer los padres para introducir el inglés en casa?
Si los padres tienen un nivel alto pueden introducirlo en rutinas concretas. Por ejemplo, hablar o cantar en inglés durante el baño, en la comida o al leer algunos cuentos.
Pero si no tienen ese nivel, no pasa nada. No hay que añadir presión innecesaria. Se pueden ofrecer cuentos en inglés, canciones o pequeños tiempos de pantalla en inglés a partir de los dos años, si la familia decide usar pantallas.
Lo importante es que sea natural y que no se convierta en una fuente de estrés. También el colegio puede ser un gran apoyo si el inglés es una prioridad para la familia.
¿Qué rutinas concretas recomendarías a un matrimonio joven con hijos pequeños?
Un matrimonio joven con hijos pequeños sin rutinas está perdido. Las rutinas dan seguridad. Por eso en Infantil funcionan tan bien: los niños saben qué toca después.
Conviene tener horarios razonablemente estables para levantarse, comer, cenar y dormir. Después del colegio puede haber parque, juego, deberes, lectura, baño, cena, dientes y cuento.
Al principio, a los adultos las rutinas pueden hacerles sentir esclavos, pero a los niños les dan mucha tranquilidad. Todo lo que está anticipado no hay que discutirlo cada día.
¿Qué libros recomendarías a los padres?
Para padres, recomendaría libros de Álvaro Bilbao, como El cerebro del niño explicado a los padres o La edad del despegue. Me gusta porque hace fácil la neuropsicología para la vida diaria.
Para niños, además de Mis papás no son superhéroes, recomendaría cuentos de educación en valores, como la colección De mayor quiero ser feliz. También los cuentos de Begoña Ibarrola, que trabajan emociones y virtudes, me parecen muy interesantes.
Los cuentos pueden ser un regalo estupendo. Podemos regalar patines, una bici o juguetes, pero también libros que acompañen el crecimiento interior de los niños.
Para terminar, has usado varias veces la palabra “recomenzar”. ¿Qué significa recomenzar para una familia?
Cuando uno se plantea un proyecto para la eternidad, como es, formar una familia con la misma persona, en principio, para siempre, o educar a un niño que es un proyecto súper a largo plazo y más ahora que hasta los 40 no se quedan de casa, ¿no? Uno tiene que tomarse las cosas con perspectiva. Educar a un hijo no es algo que se resuelva en un día. Es una carrera de fondo.
Por eso hay que recomenzar muchas veces: con el marido, con los hijos y con una misma. Vamos a equivocarnos muchas veces educando. Si no tenemos perspectiva, nos rompemos el corazón muchas veces al día.
Recomenzar significa vivir con humildad y misericordia. No significa dejar de exigirse mejorar, sino entender que educar requiere flexibilidad, paciencia y mucho amor. Los padres se equivocan, se cansan, pierden la paciencia y tienen que pedir perdón. Pero eso no significa que todo esté perdido. Significa que la familia necesita humildad, flexibilidad y misericordia.
Educar, en definitiva, no consiste en ser perfectos, sino en amar, corregir, acompañar y volver a empezar. Por eso esta conversación deja un mensaje especialmente esperanzador para las familias: los padres no son superhéroes, pero pueden educar con cariño, firmeza y confianza.
Muchas gracias, Adriana. Nos has dado consejos prácticos y estamos deseando leer el libro.
Gracias también a Comprende el Mundo . Me lo he pasado muy bien.
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