Romano Guardini: solo quien sabe de Dios conoce al hombre

María Isabel Pérez Sánchez, autora de esta investigación sobre la antropología de Romano Guardini, analiza cómo el pensador y teólogo alemán sitúa la comprensión del ser humano en su relación con Dios. A partir de la creación a imagen y semejanza divina, la libertad, el pecado y la redención en Cristo, su estudio muestra una antropología teológica de gran actualidad en un tiempo en el que crece el poder tecnológico, pero no siempre la claridad acerca de quién es el hombre y cuál es su dignidad.

La pregunta por el hombre conduce a Dios

Como decía Benedicto XVI,“Guardini no quería saber una cosa o muchas cosas, aspiraba a la verdad de Dios y a la verdad sobre el hombre». Romano Guardini dedicó buena parte de su pensamiento a una cuestión que atraviesa toda la filosofía: ¿qué es el hombre? Pero su punto de partida resulta peculiar. No cree que podamos comprender plenamente al ser humano aislándolo y analizándolo como un objeto.

Para saber quién es el hombre hay que preguntarse primero por aquel que le ha dado la existencia. De ahí una de las formulaciones más características de su pensamiento: «solo quien sabe de Dios conoce al hombre». La idea recorre la antropología de Guardini. El hombre no se ha dado a sí mismo la existencia. Ha sido llamado a ella. La creación no es fruto de una necesidad divina, sino un acto libre de amor. Y esa llamada constituye al ser humano como persona: ser creado significa ser querido, conocido y amado.

La Biblia contiene, para Guardini, un mensaje esencial acerca del hombre: ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y está llamado a vivir en comunión con Él.

En El comienzo de todas las cosas, Romano Guardini muestra, de forma asequible a cualquier oyente, que el proyecto de Dios sobre el ser humano se encuentra, en esencia, en la Biblia:
“Raras veces nos acordamos de que en la Sagrada Escritura se encuentra el acta de nuestra existencia: una doctrina de la existencia en pocas páginas, a saber, los tres primeros capítulos del Génesis, doctrina cuyo desarrollo prosigue después, en la carta del apóstol Pablo a los Romanos”

Dios ha querido al hombre como un «tú»

Aquí aparece una de las ideas más sugerentes de la antropología guardiniana. El hombre no es simplemente una criatura más dentro del universo. Dios establece con él una relación personal. Lo convierte en un «tú». Por eso la dignidad humana no depende, en último término, de la inteligencia, la autonomía, la salud, la utilidad social o la capacidad productiva. Tiene una raíz más profunda: el ser humano posee dignidad porque ha sido querido personalmente por Dios.

Guardini lleva esta afirmación hasta sus últimas consecuencias: el hombre es persona precisamente porque Dios lo trata como persona. Esto permite comprender también por qué la relación con Dios no constituye un añadido religioso a una naturaleza humana ya terminada. Forma parte de la comprensión misma del hombre. La persona no puede alcanzarse plenamente a sí misma prescindiendo de su vínculo con Dios.

De la fe en la creación, el ser humano también obtiene la comprensión no solo de su propio ser, sino también del mundo, su relación con él y lo que espera Dios de esa relación. Ésta inteligencia es esencial, puesto que él mismo forma parte de ese mundo, aunque lo rebasa en dignidad.

En «Verdad y orden. Homilias univesitarias» afirma “Si queremos acercarnos a la verdad de que Dios ha creado, debemos hacerlo pensando: Dios me ha creado; ha creado el mundo y a mí en el mundo. Debo ponerme ante la irradiación de la voluntad divina, debo adentrarme por ella hasta aquello último e íntimo: que Dios tiene intención de mí»

Imagen de Dios: libertad y responsabilidad

El Génesis afirma que el ser humano fue creado «a imagen y semejanza de Dios». Guardini encuentra en esta afirmación una de las claves fundamentales de la condición humana. Ser imagen de Dios implica inteligencia, voluntad y libertad, pero también una misión.

El hombre recibe el mundo y puede actuar sobre él, transformarlo, crear cultura y hacer historia. Sin embargo, no es dueño absoluto de la realidad. Su poder está ligado a una responsabilidad.

Esta cuestión adquiere hoy una actualidad extraordinaria. Nunca habíamos dispuesto de una capacidad semejante para transformar la naturaleza, intervenir en la vida, gestionar enormes cantidades de información o desarrollar sistemas de inteligencia artificial.

La pregunta decisiva, desde la perspectiva de Guardini, no sería simplemente qué podemos hacer, sino quién es el ser humano que ejerce ese poder y ante quién responde de él.

El hombre está hecho para el encuentro

La persona, en Guardini, tampoco puede comprenderse como un individuo cerrado sobre sí mismo. El ser humano se descubre en la relación: con Dios, con los demás y con el mundo. La existencia personal implica apertura, encuentro y respuesta.

La libertad no consiste, por tanto, en una autonomía absoluta que permita al individuo inventarse completamente a sí mismo. Ser libre significa poder responder conscientemente a la realidad y orientar la propia vida hacia el bien.

En ese sentido, la libertad alcanza su plenitud en el amor. El hombre llega a ser verdaderamente él mismo no cuando se encierra en su propio proyecto, sino cuando es capaz de salir de sí, reconocer al otro y entregarse.

Cuando la libertad pretende convertirse en autonomía absoluta

El relato del Génesis permite a Guardini analizar también la ruptura introducida por el pecado. El pecado original no representa simplemente la transgresión de una norma. Expresa una pretensión mucho más profunda: el deseo del hombre de establecer por sí mismo qué es el bien y qué es el mal, independientemente de Dios.

La criatura pretende convertirse en fundamento de sí misma. Pero, paradójicamente, al romper la relación con Dios el hombre no conquista plenamente su identidad, sino que comienza a perderla. La ruptura con Dios introduce también una fractura en su relación consigo mismo, con los demás y con la naturaleza.

Guardini interpreta de esta manera algunas de las imágenes más poderosas del relato bíblico: el miedo, la desnudez, la vergüenza, la acusación al otro y la necesidad de esconderse. Después de la caída, explica, el ser humano continúa siendo imagen de Dios, pero esa imagen queda herida y desfigurada.

Cristo revela también quién es el hombre

Aquí aparece el segundo gran eje de la antropología de Guardini. Si la primera creación permite comprender el origen del hombre, Cristo permite descubrir su plenitud.

La redención no constituye una historia independiente de la creación, sino su cumplimiento. En Cristo se manifiesta plenamente el amor de Dios y, al mismo tiempo, se revela quién está llamado a ser el ser humano. Esta unidad entre creación y redención: son dos momentos del único proyecto de Dios sobre el hombre.

Guardini considera que Cristo no solo revela a Dios. También «muestra qué y quién es el hombre». El ser humano, que después del pecado se ha convertido en cierto modo en un desconocido para sí mismo, necesita que su propia verdad le sea nuevamente revelada. Cristo aparece así como un nuevo comienzo.

Una libertad que necesita ser liberada

Desde esta perspectiva puede entenderse también de otra manera la libertad. El hombre posee libertad, pero su libertad está herida. Puede orientarse hacia el bien, pero también encerrarse en sí misma. La persona no puede alcanzarse a sí misma sin considerar su vínculo con Dios. Al pecar y desfigurar en sí mismo la imagen del Creador, el ser humano desdibuja su propia identidad; se transforma en un desconocido para sí mismo y su entorno (los demás hombres y la naturaleza) se vuelve también extraño y hostil.

Sin embargo, Dios no le abandona a su suerte; sale a su encuentro en la persona del Verbo hecho hombre y le otorga la posibilidad de recuperar la integridad de la imagen y semejanza divina, por la identificación con Él La redención no anula la libertad humana: la restaura. La gracia no convierte al hombre en menos humano, sino que le permite llegar a ser plenamente aquello para lo que fue creado.

Por eso, para Guardini, la verdadera existencia humana y la existencia cristiana no pueden finalmente separarse. En Cristo la persona recupera la dignidad y la plenitud a las que estaba llamada desde el principio.

Una antropología para la era del poder tecnológico

Quizá aquí se encuentre uno de los aspectos más actuales del pensamiento de Guardini. Nuestra época multiplica las posibilidades humanas. Inteligencia artificial, biotecnología, ingeniería genética, tratamiento masivo de datos o automatización aumentan enormemente nuestra capacidad de intervención sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Sin embargo, el incremento del poder no resuelve la pregunta fundamental: ¿para qué utilizarlo?. Incluso puede hacerla más urgente.

Una civilización capaz de transformar casi todo necesita saber qué cosas no deberían ser tratadas simplemente como objetos disponibles. Y necesita, sobre todo, una idea suficientemente sólida del ser humano. La antropología de Guardini introduce aquí una advertencia decisiva: si olvidamos quién es el hombre, también perderemos los criterios para determinar qué debe hacerse con el poder que hemos adquirido.

Volver a descubrir quiénes somos

El pensamiento de Guardini conduce finalmente a una cuestión que precede a todas las demás. Antes de decidir qué queremos hacer con nuestra libertad, con la técnica o con el mundo, necesitamos comprender quién es el sujeto que actúa, decide y transforma.

Desde la perspectiva guardiniana, el hombre no se explica completamente desde sí mismo. Ha recibido la existencia y está llamado a hacerla suya; ha recibido la libertad y debe aprender a orientarla hacia el bien; ha recibido un mundo que puede transformar, pero del que no es dueño absoluto. Y, sobre todo, ha recibido una existencia abierta al encuentro: con los demás y, en último término, con Dios.

Aquí confluyen los dos grandes movimientos de su antropología: creación y redención. Ser creado a imagen de Dios explica la dignidad originaria del hombre; ser redimido por Cristo muestra que esa dignidad, herida por el pecado, puede ser restaurada y llevada a una plenitud nueva.

Por eso la dependencia de Dios no aparece en Guardini como una disminución de la autonomía humana. Sucede precisamente lo contrario: el hombre puede llegar a ser verdaderamente él mismo cuando reconoce que no se ha dado a sí mismo la existencia y que su libertad no carece de orientación.

De esta conciencia de ser criatura nacen tres actitudes que Guardini considera fundamentales: adoración, confianza y agradecimiento. Adoración, porque el hombre reconoce que no es la medida última de la realidad; confianza, porque sabe que su existencia tiene un fundamento que no depende únicamente de él; y agradecimiento, porque descubre la vida no como una propiedad conquistada, sino como un don recibido.

Cuando el poder crece, la pregunta por el hombre se vuelve decisiva

Esta perspectiva adquiere una especial fuerza en una época fascinada por la autonomía y por la capacidad de dominio. Podemos modificar cada vez más cosas, controlar procesos antes inimaginables e intervenir incluso sobre dimensiones profundas de la vida humana. Pero el crecimiento del poder vuelve todavía más urgente la pregunta por su orientación.

El problema decisivo no es únicamente hasta dónde puede llegar el ser humano, sino qué idea del ser humano guía ese poder. Guardini obliga así a invertir una pregunta muy característica de nuestra época. Tal vez no debamos comenzar preguntándonos qué podemos hacer con el hombre, sino quién es ese hombre sobre el que pretendemos actuar.

Y su respuesta sigue siendo radical: el ser humano no se comprende plenamente cuando se considera dueño absoluto de sí mismo, sino cuando descubre que su existencia tiene un origen, una llamada y un destino.

En definitiva, la pregunta «¿quién soy?» conduce inevitablemente a otras: ¿de quién he recibido la existencia?, ¿para qué soy libre?, ¿a quién estoy llamado a amar?, ¿ante quién respondo de lo que hago?

Es ahí donde adquiere toda su profundidad una de las afirmaciones centrales de Guardini: «Solo quien sabe de Dios conoce al hombre».

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