La amistad en Aristóteles ocupa un lugar esencial en la búsqueda de la felicidad humana. La amistad atraviesa todas las etapas de la vida y constituye una de las experiencias humanas más universales. Pero ¿qué hace que una amistad sea verdadera? ¿Basta con compartir intereses, pasarlo bien juntos o acompañarse durante un tiempo?
A partir de la Ética a Nicómaco de Aristóteles, María José Jaramillo reflexiona en esta conversación sobre la amistad como parte esencial de una vida lograda. Hablamos también de prudencia, libertad, relativismo, autoconocimiento, redes sociales, perdón y de la necesidad de cultivar relaciones profundas en una sociedad cada vez más individualista.
La amistad y la felicidad humana
Aristóteles ya plantea el tema de la amistad en la Ética a Nicómaco. ¿Por qué crees que es tan importante y que constituye una aspiración permanente del ser humano?
Aristóteles plantea que estamos ordenados a la felicidad y al bien moral, y que podemos alcanzarlos a través de las virtudes. Pero si no tenemos con quién compartirlos, falta algo en la vida humana. Somos seres políticos y sociales por naturaleza. En ese sentido, la vida moral en absoluta soledad es imposible y tampoco llega a su plenitud.
Todos hemos tenido experiencias que muestran esta necesidad. Hay alegrías muy grandes que necesitamos compartir con otros y también penas, tristezas o dificultades que no podemos cargar solos. Las relaciones forman parte de la vida humana y una de las formas más naturales de relación es precisamente la amistad.
Entonces, ¿la felicidad individual no puede alcanzarse plenamente al margen de los demás?
Plenamente, no. Necesitamos compartirla. La vida humana necesita relaciones y la amistad ocupa ahí un lugar fundamental.
¿Qué características tiene que tener una amistad en Aristóteles para que realmente satisfaga al ser humano?
Aristóteles es muy realista y considera que existen distintas formas de amistad. Puede haber amistades por utilidad o por intereses, pero existe también una amistad en sentido más estricto y perfecto.
En la amistad verdadera se busca el bien del otro, y no simplemente que el otro se sienta cómodo o que pasemos un buen rato juntos. Se busca su bien más profundo y real: que llegue a desarrollarse plenamente como persona.
Para Aristóteles, eso significa que la amistad propiamente dicha solo puede darse entre personas virtuosas o entre personas que buscan la virtud.
Por ejemplo, entre dos personas que forman parte de una banda criminal puede existir camaradería, pero no una amistad plena en sentido estricto, porque falta la virtud que fundamenta la relación. Si dos personas buscan juntas algo desordenado o malo, están causándose también un mal a sí mismas.
Un verdadero amigo, precisamente porque quiere tu bien, es capaz de decirte a la cara: «Lo estás haciendo mal». Es leal y quiere tu bien más profundo. Por eso no se guarda aquello que considera importante para ti.
Vivimos en una sociedad que se suele describir como individualista. Buscar el bien del otro exige salir de uno mismo. ¿Se puede aprender a tener amigos?
Pienso que sí. Hoy es especialmente difícil porque existe una tendencia fuerte al individualismo y, con ella, también a la indiferencia.
Podemos pensar: «A mí qué me importa cómo viva el otro» o «prefiero no meterme en problemas». A veces evitamos decir algo porque tenemos miedo de que a la otra persona no le siente bien o porque no queremos arriesgar una relación cordial.
Pero la cuestión de fondo es qué nos estamos jugando.
Todos atravesamos crisis y necesitamos una red de apoyo. Un amigo por interés o una amistad muy superficial probablemente no estará cuando llegue un momento verdaderamente difícil. Por eso puede valer la pena asumir ciertos momentos incómodos para profundizar en una relación que pueda convertirse en un verdadero apoyo.
¿Tiene la amistad las mismas características durante la adolescencia y durante la vida adulta?
La amistad, en el fondo, es la misma, pero nosotros atravesamos un proceso de descubrimiento y maduración de la amistad.
Durante la adolescencia se produce un encuentro con uno mismo, un descubrimiento del propio yo y de la personalidad y empieza a construirse un proyecto de vida. Es también una etapa de gran emocionalidad y, por eso, las relaciones pueden presentar características más superficiales.
Lo importante es que no se queden ahí, sino que vayan madurando con el tiempo. Llega un momento en que es absolutamente necesario que maduren.
En la edad adulta aparecen otros peligros. Muchas relaciones nacen en ámbitos profesionales y puede resultar difícil separar lo personal de otros intereses. Si alguien siente que se está jugando su puesto de trabajo, quizá no se atreva a decir a otra persona que está haciendo algo mal.
Por eso es importante aprender a separar ámbitos y buscar también espacios donde puedan surgir relaciones de amistad sin tantos intereses de por medio. Eso no significa que en el trabajo no puedan surgir verdaderas amistades, sino que conviene distinguir bien los distintos planos.
A veces confundimos ser amigo con ser sociable. ¿Es lo mismo?
No. Para que exista amistad se necesita profundidad, y esa profundidad no surge en un primer encuentro.
En un primer encuentro pueden abrirse puertas para una amistad, pero la amistad necesita tiempo, conocimiento mutuo y una confianza profunda. Es una relación en la que se comparten aspectos personales, se respetan las diferencias y se busca verdaderamente el bien del otro.
Pero para buscar el bien de una persona necesito también conocerla. Tengo que saber quién es, cuáles son sus intereses y cuál es el propósito de su vida.
La ética aristotélica es prudencial: existe un marco general, pero después hay muchas cosas que dependen de la situación concreta. No puedo buscar el bien de una persona sin conocerla.
Estás relacionando la amistad con la prudencia. ¿Es difícil llegar a ser prudente?
Es muy difícil. Seguramente es una de las virtudes más complejas de adquirir.
Para ser prudentes se necesita, en primer lugar, una formación sólida sobre determinados principios éticos fundamentales. Pero después también son fundamentales la experiencia y el diálogo.
Ayuda mucho conocer testimonios y hablar con personas muy distintas. Comprender las circunstancias de una persona no significa afirmar que todas sus decisiones sean correctas.
Por ejemplo, puedo intentar comprender qué circunstancias llevaron a una persona a abortar sin considerar por ello que el aborto esté bien. Conocer la problemática que existe detrás puede ayudarme, en algún momento, a decirle que considero que lo que hizo no estuvo bien sin herirla, intentando comprender su situación.
La prudencia implica también esa capacidad de acercarse a las circunstancias concretas de la persona.
¿Influye el relativismo en la amistad?
Sí, porque el relativismo puede generar una forma de indiferencia.
Si todo es relativo, al final parece que nada importa: «Para mí está bien; para ti, no». Y, en el fondo, eso puede acabar significando que algo no tiene valor, importancia o relevancia.
Esa actitud puede trasladarse al trato con las personas y al interés por su bien: «Es su problema». Si vemos que alguien está tomando una dirección que puede dañarle, podemos pensar que no debemos intervenir.
Con frecuencia esto se interpreta como respeto a la libertad del otro. Pero ahí aparece también una cuestión fundamental: qué entendemos por libertad.
¿Cómo entiendes entonces la libertad?
Muchas veces entendemos la libertad únicamente como capacidad de elegir. Pero una capacidad de elegir sin ninguna orientación pierde su sentido.
Cada vez que elegimos algo, cerramos otras posibilidades. Si decido casarme, he decidido no permanecer soltera; si elijo casarme con una persona, he descartado a otras posibles personas.
Si la libertad fuera únicamente capacidad de mantener abiertas todas las opciones, las decisiones verdaderamente importantes terminarían pareciendo una pérdida de libertad. La libertad quedaría entonces reducida a cuestiones banales: elegir entre una hamburguesa o una pizza, o decidir si voy andando o en coche.
La libertad necesita estar orientada hacia un fin, y ese fin es lo que le da sentido. Podemos decir que el fin de la libertad es el desarrollo pleno de la persona humana.
Cuando tengo ese punto de orientación puedo preguntarme qué me ayuda realmente a crecer como persona. Estudiar una carrera, por ejemplo, implica renunciar a estudiar muchas otras, pero esa elección tiene sentido porque está orientada hacia aquello que quiero llegar a ser.
Para orientar así la libertad habrá que descubrir también el sentido de la vida y el sentido de la propia vida. ¿Cómo hacerlo?
Hay un fin de la vida humana en general. Aristóteles plantea en el libro primero de la Ética a Nicómaco que ese fin es la felicidad, entendida como plenitud de la vida humana, y que esa plenitud está vinculada a una vida virtuosa.
Después cada persona tiene que descubrir cómo está llamada a vivir concretamente esa virtud en su propia vida.
Para eso es muy importante el autoconocimiento: saber cuáles son mis fortalezas, mis dones y mis capacidades, porque eso es lo que tengo que cultivar y desarrollar.
Si se me da muy bien pintar o explicar, por ejemplo, tengo que pensar de qué manera puedo desarrollar esas capacidades. Esas capacidades no sirven únicamente para desarrollarme yo como persona, sino también para aportar algo a los demás.
Y ahí volvemos, de nuevo, a la amistad.
Si Aristóteles pudiera aconsejar a nuestra sociedad tecnológica, pendiente constantemente de las redes sociales y de las pantallas, ¿qué crees que nos diría?
Yo diría: deja de mirar tanto la pantalla, mira hacia tu interior y mira a tu alrededor.
Estamos muy encerrados en las pantallas. Eso puede aislarnos de las personas que tenemos cerca y, además, puede generar una imagen construida de nosotros mismos que no se corresponde con la realidad.
En los ámbitos virtuales podemos acabar presentándonos como aquello que creemos que los demás esperan que seamos, y no como quienes somos realmente.
Mirarnos de verdad implica también aceptar nuestros fallos, nuestros defectos y nuestras dificultades.
¿Recomendarías algún libro que pueda ayudarnos a reflexionar sobre todo esto?
Hay una novela que me gusta mucho, aunque sea una obra infantil y juvenil: Momo, de Michael Ende.
Es un libro sobre el verdadero valor del tiempo, y en él aparece la amistad como uno de esos valores verdaderos.
Creo que puede ayudarnos mucho en la sociedad actual porque es una crítica a una sociedad excesivamente productiva, en la que podemos olvidar que lo más humano es precisamente lo más valioso.
Al final, aquello que queda, aquello que la gente recuerda cuando alguien muere, es lo que realmente merece la pena cultivar.
También tenemos la experiencia de amistades que se rompen. ¿Puede el perdón ayudar a restaurarlas?
Es un proceso complejo.
En el perdón hay algo muy importante: tengo que dejar de ver a la persona únicamente desde su error o desde la herida que me ha causado. Con frecuencia reducimos a las personas precisamente a esas situaciones.
Hay un documental, Human, que recoge testimonios de personas de distintas partes del mundo. Comienza con el testimonio muy fuerte de un hombre estadounidense que asesinó a una mujer y a un niño. Él cuenta que aprendió realmente qué significaba amar cuando la madre de aquella mujer y abuela del niño fue a visitarlo a la cárcel y no lo redujo únicamente a su crimen.
Eso expresa algo importante del perdón: no ver en el otro solamente al criminal o al que me ha hecho daño, sino ser capaz de ver algo más en él.
Es un proceso y necesita también cierta distancia respecto de la herida sufrida, pero puede ayudar a restablecer relaciones.
También es importante hablar de lo ocurrido y purificar la memoria. Si estamos permanentemente pensando en el agravio, resulta mucho más difícil avanzar.
¿Esto sirve también para el autoperdón? A veces, con los años, somos más conscientes de errores del pasado y eso puede impedirnos avanzar.
Sí. También hay que hacer ese proceso de autoperdón y no reducirnos a nuestros propios errores.
No puedo pensar que soy solamente aquello que hice mal en algún momento, ni que porque cometiera un error en el pasado ya no existe la posibilidad de hacer las cosas bien en el futuro.
Esa posibilidad siempre existe.
Si cierro esa posibilidad, soy yo mismo quien se está cerrando la oportunidad de progresar, desarrollarse y crecer.
Para terminar, ¿qué mensaje dejarías?
Mantengamos la mente abierta ante lo que encontramos en el mundo, para poder valorar e integrar cosas distintas.
No debemos encerrarnos en una única posición o en una visión de la realidad, del mundo o de una situación concreta que nos impida ver un panorama más amplio.
Un mensaje especialmente apropiado para Comprende el Mundo: comprender exige, precisamente, mirar más allá de nuestra propia perspectiva.