Hoy conversamos con José María Torralba, catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Navarra y director del Centro de Humanismo Cívico de la misma universidad. Su investigación se centra en la ética, la filosofía política y el pensamiento contemporáneo, y es autor de numerosas publicaciones sobre valores, ciudadanía y educación.
José María, para comenzar, ¿Cómo se define a una persona o cómo se define la generación Z o la generación postmilenial?
Ese tipo de clasificaciones lo que tratan es de describir cuáles son, digamos, los rasgos de mentalidad: la manera de ver el mundo o los valores dominantes que tienen las distintas generaciones. La generación Z cubre más o menos a quienes tienen ahora entre los 16 y los 28 años, aproximadamente, aunque siempre son márgenes muy variables. Lo que tiene de especial esta generación Z o postmilenial —que son dos términos equivalentes— es que hasta la generación justo anterior, el valor dominante de una persona joven, cuando llegaba a los 18 años, era la autonomía, la búsqueda de libertad, independencia.
Sin embargo, lo que muestran los estudios de psicología social es que ahora hay un cambio: en vez de que la autonomía sea el valor dominante, empieza a subir la búsqueda de seguridad, de protección.
Has hablado de la diferencia entre la generación actual y las anteriores. ¿Nos podrías explicar un poco más de esto? Mencionabas que ahora la brecha generacional es mayor que antes, y que la visión ética y vital de los jóvenes es distinta, sobre todo en relación con el valor de la autonomía.
Sí, cierto. Coinciden en esto los expertos que estudian el tema y lo percibimos también los docentes, porque recibimos en la universidad a jóvenes de 18 o 20 años. En esa etapa se va consolidando su manera de ver el mundo y lo que se observa es un punto de inflexión con respecto a generaciones anteriores. Más allá del cambio de la autonomía a la seguridad como valor principal, hay otros dos rasgos que destacaría:
El primero es la fragilidad. A veces se la presenta en negativo —“generación de cristal”—, pero no me parece que los jóvenes de hoy sean más débiles en el sentido de comodidad o pereza adolescente. Lo que sí ocurre es que, usando la metáfora de materiales, no son como la plastilina, que se adapta, sino más bien como el cristal: duro, consistente, pero que ante un golpe se rompe. Es decir, que, frente a crisis vitales o problemas graves, muchos jóvenes tienen menos recursos para afrontarlos.
El segundo rasgo está relacionado con lo anterior: ¿por qué tienen menos recursos? Hay varias razones. Una es el desarrollo de las redes sociales y cómo han configurado la identidad de los jóvenes. Otra, señalada sobre todo por médicos y sociólogos, es la crisis de la familia. La red de apoyo que antes ofrecía seguridad y acompañamiento a los más jóvenes muchas veces hoy no funciona de la misma manera.
En muchos casos, los jóvenes han crecido en familias desestructuradas o en familias donde los roles de padre y madre no estaban tan definidos o no cumplían plenamente su función. Así sucede que, al llegar a los 18 años, algunos no han tenido tantas experiencias de enfrentarse por sí mismos a retos y dificultades, porque ha existido una cierta sobreprotección.
Y cuando deben enfrentarse a problemas reales ya en la vida adulta, sin ese colchón, algunos se quiebran.
Bueno, para concluir, José María, has hablado de la esperanza como uno de los factores que más pueden ayudar a esta generación. ¿A qué te refieres con esperanza y qué mensaje podrías dar esperanzador sobre los jóvenes de hoy?
Sí, es cierto que en estos análisis generacionales muchas veces se señalan rasgos negativos o carencias, pero también hay aspectos positivos que ahora no da tiempo a destacar y que son propios de esta generación. En cualquier caso, me parece que siempre es importante, en el ámbito educativo, que incluso cuando se señalan debilidades en la manera de ver o de afrontar el mundo, se haga acompañado de un mensaje de esperanza.
Esperanza en el sentido de que es posible superar las dificultades, que el joven no está solo ante el peligro, sino que siempre tiene cerca apoyos si quiere acudir a ellos: amistades, padres, educadores. Es decir, acompañar el diagnóstico ético o moral con esperanza, que no es un optimismo vano, sino la convicción de que todos somos personas con capacidad de crecer, madurar, sobreponernos y enfocarnos en lo esencial. Como diría Chesterton, los jóvenes siguen siendo jóvenes y tienen una enorme capacidad de rehacerse.
Muchas gracias, José María, por esta conversación.
Muchas gracias a vosotros, ha sido un placer.