En esta primera parte de nuestra conversación con María José Jaramillo, doctora en Filosofía y profesora de la Universidad de La Sabana, nos acercamos a un periodo histórico frecuentemente malinterpretado. Desde la capacidad de diálogo de los pensadores medievales hasta la vigencia de Tomás de Aquino, la entrevista propone recuperar una forma de pensar abierta a la verdad y consciente de los límites del propio conocimiento.
Lo que la Edad Media puede enseñarnos hoy
Bienvenida. Eres experta en Metafísica y Teoría del Conocimiento en el Medioevo, y por eso, querría comenzar con una cuestión concreta. ¿Qué podemos aprender hoy de todo aquel patrimonio cultural?
Hay algo que siempre me ha parecido apasionante del Medievo: la capacidad de diálogo de los pensadores medievales. Eran capaces de descubrir todo lo positivo que había en autores de creencias y culturas muy diferentes, como Aristóteles o Averroes, e integrarlo en su propio pensamiento cristiano.
No los descalificaban de entrada por el hecho de ser musulmanes o paganos. Además, tenían una manera de hacer filosofía en la que la discusión surgía de forma natural y se intentaba llevar a cabo una búsqueda común de la verdad, atendiendo a las preguntas y opiniones de muchas personas. De este modo podía generarse un diálogo verdaderamente fructífero.
En una sociedad en la que cada vez resulta más difícil escuchar a quien piensa de forma distinta, tendríamos mucho que aprender de esa actitud. Pero ¿qué hacía posible aquel respeto y aquella disposición al diálogo?
Hay muchos elementos que intervienen. Uno de ellos es la conciencia de no poseer plenamente la verdad, sino de encontrarse en su búsqueda. Incluso dentro del horizonte de la verdad revelada de los autores medievales occidentales, y aun considerando que el cristianismo era la verdad, no pensaban que la poseyeran plenamente ni que la comprendieran de manera perfecta. Sabían que todavía quedaban muchos aspectos en los que profundizar, que entender y que explicar.
Esa conciencia abre la posibilidad de descubrir en otros ámbitos ideas capaces de enriquecernos. Si hubieran pensado que ya lo sabían todo, tampoco se habrían abierto a leer a Aristóteles, Averroes o Avicena. Creo que eso es algo que necesitamos mucho en la sociedad actual: crecer en la humildad de reconocer que no poseo toda la verdad ni veo toda la realidad. Percibo determinados aspectos, pero las perspectivas de los demás pueden completar y enriquecer mi mirada.
El mito de una Edad Media oscurantista
¿No te parece que quizá la visión que tenemos en Europa —y no sé si también sucede en Latinoamérica— es la de una Edad Media oscurantista, una época que ha sido muy despreciada y considerada poco relevante para una sociedad tan tecnológica como la nuestra?. ¿Sucede lo mismo entre tus alumnos?
Sí. Mi experiencia dando clases de Historia de la Filosofía Medieval y seminarios de textos medievales es que consigo sorprender a los estudiantes, porque suelen llegar con muchos prejuicios. Cuando descubren los datos y la información que aporta la investigación, comprueban que la imagen de una Edad Media oscurantista es, en buena medida, un mito.
Esta visión fue impulsada por los ilustrados para descalificar la religión y estaba muy unida a una interpretación negativa de la fe. Como lo plantearía Kant, había que alcanzar la mayoría de edad de la razón: atreverse a saber, abandonar la minoría de edad y pensar por uno mismo.
De este modo se ofrecía una imagen infantilizada de la religión y de la fe: «Piensa por ti mismo y no confíes en lo que otros te dicen». También los argumentos de autoridad comenzaron a contemplarse como algo necesariamente negativo. Los ilustrados contribuyeron así a extender la idea de que durante el Medievo apenas hubo pensamiento crítico porque existía la fe.
La Edad Media comenzó a redescubrirse entre mediados del siglo XIX y principios del XX, gracias a pensadores franceses y alemanes, muchos de ellos cristianos, que profundizaron en sus textos y descubrieron elementos de enorme valor. Esto significa que la investigación medieval es todavía relativamente reciente. Existen muchos textos a los que apenas tenemos acceso, que solo pueden consultarse de manera limitada o que permanecen en manuscritos de los siglos XI y XII.
¿Qué figuras fueron importantes en esa recuperación del pensamiento medieval?
Hubo distintos autores y corrientes. También tuvo una gran importancia la encíclica Aeterni Patris, del papa León XIII, que propuso a Tomás de Aquino como referente de la actividad filosófica y teológica.
Estos pensadores reaccionaron frente a lo que consideraban una forma de decadencia del pensamiento: el nihilismo, el deconstruccionismo, algunas corrientes posmodernas y la crisis de la filosofía posterior al idealismo alemán.
Buscaban un referente seguro desde el que recomenzar un pensamiento compatible también con la creencia cristiana.
Tomás de Aquino: seguir su espíritu, no repetirlo
Has citado a Tomás de Aquino. Mucha gente considera que su pensamiento ha quedado anticuado. ¿Sigue siendo necesario partir de él?
Tomás de Aquino me parece un pensador excelente. Desarrolló un pensamiento muy completo y, además, es muy claro en sus exposiciones. Esto ofrece grandes ventajas para el estudio, porque no es un autor al que uno lea y, al terminar, no sepa cuál es realmente su posición. Su pensamiento resulta bastante asequible.
Pero Tomás de Aquino era humano y, por tanto, también cometió errores. La Iglesia ha insistido en los últimos años en que tomarlo como referencia no significa realizar una réplica fiel de todo su pensamiento, sino seguir su espíritu de búsqueda de la verdad, de diálogo y de apertura a la razón. Eso es muy distinto de seguirlo al pie de la letra.
Hay cuestiones en las que mantiene posiciones discutibles y que podrían resolverse de otra manera. Esto ya lo vemos en muchos autores medievales que discutieron con él.
Históricamente, su pensamiento tuvo además un problema. Poco después de su muerte, Tomás de Aquino se convirtió en maestro y referente de la Orden de los Dominicos, y su seguimiento llegó a hacerse obligatorio. Eso provocó que la orden se cerrara en torno a su figura. Como su pensamiento comenzó muy pronto a ser atacado, se desarrolló una actitud defensiva.
Esta situación dificultó su evolución, porque entre algunos de sus seguidores no se produjo una verdadera confrontación crítica con su pensamiento, sino fundamentalmente un intento de defenderlo frente a otros autores. De alguna manera, su filosofía quedó fosilizada.
Los pensadores de los siglos XIX y XX que intentaron recuperarlo consiguieron reavivarlo, pero en ocasiones presentaron una Edad Media en la que Tomás de Aquino parecía ser la única figura relevante. Eso tampoco se corresponde con la realidad.
Razón y fe: una complementariedad necesaria
Tomás de Aquino planteó una determinada relación entre fe y razón. ¿Puede ayudarnos también en el mundo actual, cuando se habla incluso de un posible resurgimiento de la religión entre los jóvenes?
La propuesta de Tomás de Aquino sobre la relación entre razón y fe es muy razonable. Plantea una complementariedad entre ambas y un diálogo en el que se ayudan mutuamente en el conocimiento de la verdad. Esta propuesta parte de la idea de que existe una única verdad y de que nosotros, como seres humanos, hemos sido creados por Dios. Nuestra razón es también un don divino orientado al conocimiento de esa única verdad que, en último término, es Dios.
Por eso no puede existir una verdadera contradicción entre razón y fe. Hoy, en la experiencia religiosa de muchas personas, existe una dimensión muy sensible y emocional. Eso tiene un peligro, porque las emociones son pasajeras y no se mantienen durante mucho tiempo.
Es importante que, a partir de esa experiencia emocional, se produzca también una profundización racional en la fe: entender por qué hago lo que hago y por qué creo en lo que creo.Habrá cosas que nunca conseguiré comprender plenamente, pero puedo llegar a decir: «Es razonable realizar esta apuesta».
Como lo plantearía Pascal, no puedo comprenderlo todo plenamente, pero sí puedo considerar razonable pensar que algo puede ser así, que me aporta una visión más completa o que me ayuda a comprender mejor el mundo. En ese sentido, Tomás de Aquino y el pensamiento medieval pueden ayudarnos mucho hoy.
El materialismo y la pregunta por el sentido
Quizá nuestra sociedad es también profundamente materialista. Una mentalidad filosóficamente materialista parece muy poco abierta a cualquier realidad sobrenatural.
Efectivamente, existe mucho materialismo. Para los autores medievales, sin embargo, la realidad es compleja y no puede reducirse únicamente a la materia.
Incluso aquellos autores que desarrollaron las ciencias naturales durante el Medievo, como Roger Bacon, y que estudiaban la realidad física a partir de la materia, la cantidad o el movimiento, no pensaban que toda la realidad se redujera a esas dimensiones.
La ciencia puede explicar cómo funcionan las cosas, pero no responde necesariamente al porqué último de la realidad.
¿Consideras que esa pregunta por el porqué último permanece siempre presente en el ser humano? ¿Existe en nosotros una apertura a la trascendencia?
Creo que sí. Como digo muchas veces a mis estudiantes, los seres humanos tenemos una relación fundamental con lo inútil, porque no somos puramente animales.
Los animales se orientan a lo útil, a aquello que asegura su supervivencia y la conservación de la especie. Nosotros, en cambio, no podemos desarrollarnos plenamente como seres humanos sin salir de esa dimensión de lo puramente útil.
El arte, la contemplación, la amistad, la filosofía o la religión no pueden valorarse únicamente por su utilidad inmediata.
Cuando nos abrimos a esa dimensión, nos acercamos a lo más trascendente y, en último término, a Dios.
Una lección medieval para nuestro tiempo
La filosofía medieval no proporciona soluciones inmediatas para los conflictos de nuestro tiempo, pero sí recupera una actitud intelectual que hoy resulta especialmente valiosa: la búsqueda de la verdad no como una posesión individual, sino como una tarea compartida.
Los pensadores medievales podían discrepar profundamente sin considerar que toda diferencia fuera una amenaza. Su confianza en la razón les permitía escuchar, discutir, incorporar ideas procedentes de otras culturas y reconocer que ninguna persona comprende por sí sola toda la realidad.
Quizá esa sea una de sus enseñanzas más actuales: para dialogar no es necesario renunciar a las propias convicciones, sino aceptar que también podemos aprender de quien contempla el mundo desde otra perspectiva.
En la segunda parte de esta conversación, María José Jaramillo traslada esta reflexión al terreno de la vida cotidiana: la amistad, la virtud, la libertad, las redes sociales y el perdón.