Moby Dick: mucho más que la persecución de una ballena
Moby Dick suele recordarse como una gran novela de aventuras: la historia del capitán Ahab y su obsesiva persecución de la ballena blanca. Pero bajo esa narración, Herman Melville construyó una obra extraordinariamente compleja, atravesada por preguntas sobre el destino, la identidad, el sufrimiento, la libertad y los límites del ser humano.
María José Martín Velasco, doctora en Filología Clásica, catedrática de Griego, profesora e investigadora, analiza esta dimensión de la novela en su libro Moby Dick. Alegoría y mito. El trasfondo simbólico del mundo grecolatino. Conversamos con ella sobre las raíces clásicas de la obra de Melville y, sobre todo, sobre lo que esta novela del siglo XIX continúa diciéndonos acerca de nosotros mismos.
«Lo difícil es no encontrar el mundo clásico cuando lees literatura»
¿Cómo llegaste a relacionar Moby Dick con el mundo grecolatino?
En realidad, casi diría que lo difícil es no encontrar el mundo clásico cuando lees cualquier obra de la literatura europea o americana. Las referencias mitológicas están continuamente presentes.Yo leí Moby Dick de mayor y lo primero que me llamó la atención fueron precisamente sus referencias al mundo clásico.
Comentándolo con un amigo, me dijo que estaba equivocada, que las referencias fundamentales eran bíblicas. Le contesté que, por supuesto, había referencias bíblicas, pero también muchísimas clásicas. Así que empecé a apuntarlas. Cuando tuve recopilado el material, se lo envié y me dijo: «Yo que tú haría un libro». Y de ahí surgió el libro Moby Dick. Alegoría y mito.
Una novela de aventuras que habla del ser humano
Cuando pensamos en Moby Dick, pensamos en un hombre que persigue una ballena. ¿Qué encontramos cuando profundizamos un poco más?
Es un libro de aventuras, naturalmente, pero Melville era un autor muy complejo. Detrás de sus historias siempre hay un trasfondo mucho mayor.
Ahab es un hombre al que se le ha clavado un dolor en el alma. La ballena blanca le ha arrancado una pierna y, a partir de esa herida, Melville puede adentrarse en el sufrimiento humano y en las distintas maneras de enfrentarnos a él.
Además, Melville había viajado por Europa y visitado numerosos museos. Creo que muchas de sus referencias a los dioses clásicos proceden también de las imágenes que contempló durante esos viajes. No se refiere únicamente a los mitos, sino a sus representaciones artísticas que vió en los museos.
Narciso: la imagen que construimos de nosotros mismos
Uno de los primeros mitos que aparecen en tu análisis es Narciso. ¿Por qué es tan importante?
Ya desde el comienzo hay hay un simbolismo que es el de Narciso, ¿no? Es decir, a mí ese es un personaje que me que me apasionarciso; me parece fundamental porque plantea una cuestión que sigue siendo enormemente actual: la imagen que una persona se forma de sí misma y que después intenta proyectar.
Podemos llegar a enamorarnos no de lo que realmente somos, sino de la imagen que hemos construido de nosotros mismos. Y hoy, con las redes sociales, esta cuestión adquiere todavía mayor importancia: podemos proyectar una determinada identidad y, al mismo tiempo, ocultar quiénes somos realmente.
Ya desde el comienzo de la novela encontramos algo significativo. El narrador no dice «soy Ismael», sino «llamadme Ismael». De alguna manera, se presenta ya a través de una identidad construida.
Razón y pasión: Moby Dick como tragedia
En el libro aparece también el conflicto entre razón y pasión. ¿Hay aquí una conexión con la tragedia griega?
Sí. En cierto sentido, eso es precisamente la tragedia clásica: la confrontación entre el mundo racional y el mundo pasional. Algo semejante ocurre en Moby Dick. Tiene mucho simbolismo bíblico. Ismael de hecho es el hijo de Abrahám y la esclava. Nunca fue un personaje protagonista. Por eso, en parte, está dirigido al público que a veces se siente marginado, o raro, o friky, distinto a lo que le rodea, o que hace cosas que el resto de la gente no puede entender.
Él pretende dar una explicación utilizando los mitos de por qué se hacen esas cosas que el resto de la gente no entiende. La pregunta es ¿por qué hay un poder dentro del ser humano que hace que ni siquiera nos entendamos a nosotros mismos? Sucede que aunque la razón te vaya diciendo claramente que tienes que ir por un lado, eh luego haces otra cosa distinta, no se sabes si por la pasión, si por el instinto o por la costumbre.
La propia palabra tragedia procede del griego tragōidía, formada por trágos («macho cabrío») y ōidḗ («canto»). La tragedia griega nació vinculada a los cantos corales dedicados a Dioniso y conservó siempre un elemento fundamental: el coro. Los actores se enfrentan al coro. En el teatro griego, el coro recuerda muchas veces aquello que es sensato, mientras que los protagonistas – los que luchan en primera fila- son los que se enfrentan a esa razón y se dejan arrastrar por sus pasiones.
El propio barco puede contemplarse como un escenario. Hay un número limitado de personajes, encerrados en un espacio determinado, y ante nosotros se desarrolla una auténtica tragedia.
Melville, además, conoció profundamente el mundo clásico a través de Shakespeare. Y las tragedias de Shakespeare reflejan extraordinariamente bien muchos elementos de la tragedia clásica, tanto por el contenido como por la forma muchas veces. Además, Melville era un apasionado de Shakespeare.
Y, como en las grandes tragedias, el desenlace es la destrucción. Ahab muere en su enfrentamiento final con Moby Dick y su obsesión arrastra con él al Pequod y prácticamente a toda su tripulación.
Solo sobrevive Ismael, y lo hace gracias a una poderosa paradoja: un ataúd se convierte en instrumento de salvación. El féretro construido para Queequeg emerge del mar y sirve a Ismael como salvavidas. Mientras permanece a la deriva, Melville introduce otra referencia a la mitología clásica: Ismael gira alrededor del remolino producido por el hundimiento del barco como otro Ixión, el personaje mítico condenado a girar eternamente sobre una rueda.
Finalmente, Ismael es rescatado por el Rachel, el mismo barco cuyo capitán había pedido anteriormente ayuda a Ahab para buscar a su hijo desaparecido. El nombre introduce además una resonancia bíblica: Rachel busca a sus hijos y termina encontrando a otro huérfano Ismael. Así, el final concentra de manera extraordinaria algunos de los grandes símbolos de la novela: la muerte que se transforma en vida, el destino, el movimiento circular de Ixión y la supervivencia de un único testigo capaz de contar la tragedia.
Ahab y Prometeo: el fuego de una obsesión
Tú relacionas al capitán Ahab con Prometeo. ¿En qué sentido?
Para mí, Ahab es claramente una figura prometeica. Prometeo está vinculado al fuego: roba el fuego de los dioses y, como castigo, Zeus lo encadena a una roca donde un águila devora cada día su hígado, que vuelve a regenerarse.
En Ahab encontramos algo semejante. Se mantiene en pie gracias a la pata de palo. Es decir, una herida que que tiene, un hombre desbordado por la pasión. Solo se calma cuando sale un poco al aire y habla con la gente, pero luego se vuelve a meter en su habitación. Hay en él un fuego interior, el fuego de la venganza. Cuando está con otras personas, cuando sale al aire libre y habla con los demás, parece calmarse. Pero cuando vuelve a encerrarse en su camarote y empieza a dar vueltas a sus pensamientos, ese fuego vuelve a encenderse. Su obsesión se alimenta continuamente a sí misma.
¿Y no es esa una experiencia muy actual?
Por supuesto. Cuando una persona está obsesionada con una idea, una de las mejores cosas que puede hacer es salir de sí misma, estar con otras personas y aprender a contemplar las cosas desde otros puntos de vista.
El problema aparece cuando uno se encierra en su propio mundo. Hoy esto puede ocurrir incluso desde la adolescencia: antes un joven terminaba saliendo de su habitación porque se aburría; ahora puede tener todo un universo dentro de ella. Y puede acabar construyendo un mundo interior del que quienes están a su alrededor apenas saben nada.
A mí me parece que eso es lo que tiene de bonito el libro que cualquiera entiende: cuando una persona está obsesionada con una idea, lo mejor que puedes hacer es ayudarle a a salir de ella misma, es decir, a estar con más gente, a ver las cosas de otro modo, pero es muy frecuente que cuando alguien se vuelve a meter en sí mismo, cosa que ahora mismo es frecuentísimo, ¿no?
Es decir, ya desde adolescentes hay niños que antes salían de su habitación porque se aburrían, pero ahora mismo no salen porque tienen un mundo dentro de su habitación. Entonces van generando ahí un mundo personal que claro, luego te encuentras con las cosas que pasan…
Destino y libertad: ¿somos responsables de lo que hacemos?
La primera parte de tu libro aborda también el destino. ¿Qué puede decirnos el mundo clásico sobre nuestra libertad y nuestra responsabilidad?
El mundo grecolatino plantea muy bien esta cuestión. En la tragedia griega, muchas veces el crimen cometido por un personaje está relacionado con una desgracia que procede de sus antepasados. Si perteneces a una determinada estirpe, parece que estás condenado a continuar esa historia.
Del mismo modo hay mucha gente que te dice, «Bueno, esto lo hago así porque me han educado así, porque porque no lo puedo hacer de otro modo, porque porque mi carácter me obliga a hacerlo…» En la época en que yo me eduqué, te educaban el carácter, fueras como fueras. Es verdad que te entendían, te comprendían, todo lo que fuera, pero lo que había que hacer se hacía. Actualmente mucha gente se escuda en esas circunstancias que evitan que yo tenga una responsabilidad total.
Por eso surge una pregunta fundamental: ¿hasta qué punto somos libres? Las circunstancias influyen, naturalmente, pero eso no significa que desaparezca nuestra responsabilidad.
«La vida es esfuerzo»
Otra de las grandes cuestiones del libro es el sufrimiento. ¿Qué podemos aprender de los clásicos?
Hay una frase atribuida a Hesíodo que expresa muy bien esta idea: los dioses pusieron el sufrimiento delante de la virtud. Me parece una imagen muy gráfica. Uno no aprueba una oposición sin el esfuerzo de prepararla. Tampoco construye una familia sin levantarse por la noche para atender a un niño o sin afrontar las dificultades que llegan con la adolescencia de los hijos.
Todo aquello que queremos de verdad implica esfuerzo y, muchas veces, renuncia. La vida es esfuerzo.
Cuando el sufrimiento se convierte en resentimiento
Pero en Ahab el sufrimiento termina convirtiéndose en odio y arrastra consigo a toda la tripulación.
Aparece aquí también un símbolo del egoísmo. Cuando una persona considera que para alcanzar su objetivo puede arrastrar a todos los que tiene alrededor, deja de importarle el daño que pueda provocar.
Y, sin embargo, hay algo muy interesante: la tripulación no odia a Ahab. No solo tiene un amigo, sino que cuando la tripulación ve que no va a volver, le dicen, «Vuelve mi capitán, vuelve!. Todos le lloran. Lo admiran porque es un magnífico ballenero y, al mismo tiempo, comprenden que es un hombre que sufre. Es una persona con mal carácter que se hace querer.
Eso también nos enseña algo acerca de la convivencia. Convivir no significa vivir permanentemente felices y sonrientes. La convivencia tiene tensiones, errores, enfados y reconciliaciones. Lo importante es aprender a convivir con todo ello.hay que aprender a convivir con la tensión y con el sufrimiento y con los errores. No pasa nada por haber cometido errores y pedir perdón. En la vida hay que disfrutar, pero no tenemos que estar todos siempre en un nirvana porque no tiene ningún sentido. Es un mundo plano, es irreal, no tiene ninguna razón de ser.
El océano: vivir sobre un equilibrio inestable
¿Qué simbolizan el mar y el océano en la novela?
El océano permite mantener durante mucho tiempo, en un mismo lugar, a personas enormemente diferentes. El barco se convierte así en una pequeña sociedad. Es decir, cómo llegan a convivir. Se plantea también el valor de la civilización. Hasta qué punto la civilización está haciendo mejor a la gente o volver al buen salvaje podría hacer bien.
Entonces, eso se puede dar, a mi modo de ver, en el océano. Es decir, en una superficie curva, insegura, por decirlo de algún modo. La tierra firme te hace echar raíces y, sin embargo, el mar te permite mantener ese equilibrio inestable.
Y también está el reflejo. No es igual contemplarse en un espejo que contemplarse en el agua. El reflejo del agua cambia, se mueve, nunca permanece completamente fijo. Otra vez aparece Narciso, El que mira su propia sombra, eso también se describe ahí. Ismael nunca cuestiona este tema de Narciso. Sin embargo, Ahab en muchos momentos es lúcido y por eso yo creo que le quiere la tripulación. Porque es lúcido y se da cuenta de que está cometiendo una locura.
Cuando se mira en el mar y dice: “¿Quién es este que estoy viendo en el mar? ¿Soy yo realmente o soy el ser que me he creído que quiero ser? El que arrastra a los demás hacia la muerte, el que se obsesiona con una limitación”.
Se lo cuestiona porque al mirarse en la superficie del mar encuentra ese momento de mirar y decir: “¿En qué me he convertido?”. Es decir, yo creo que es un tema que se plantea en muchas obras: la crisis de identidad de cada uno y el proceso por adquirirla. Es el “¿en qué me he convertido?”, buscando un fantasma, persiguiendo un fantasma.
¿Por qué Moby Dick es blanca?
La blancura de la ballena ocupa un lugar central en la novela. Normalmente asociamos el blanco con la pureza, pero Melville parece darle otro significado.
Sí. Melville dedica un capítulo entero a la blancura de la ballena. El blanco parece normalmente el color de lo bueno, pero aquí adquiere una dimensión inquietante.
Los titanes aparecen vinculados al blanco; también el toro blanco en el mito del rapto de Europa. El blanco es el color de la nieve y de las cumbres, pero también puede ser el color de los fantasmas y del frío. En Moby Dick, por tanto, la blancura puede convertirse en un símbolo del terror.
Cuando estaba acabando el libro, vi que se citaba mucho a Plutarco y siempre que se le citaba se le citaba hablando de los elefantes.Me pregunté, ¿por qué cita tanto a Plutarco al hablar de los elefantes? Porque los elefantes son animales grandes como las ballenas, son blancos como las ballenas, dan miedo como las ballenas. Y luego tienen una trompa que se supone que tiene sensibilidad, por lo que dice Plutarco, como la tiene la cola de la ballena.
De hecho cuenta una anécdota de un elefante que estaba enamorado de una vendedora. Entonces, cada vez que iba a la plaza le metía la trompa dentro del busto de la vendedora. Tenía mucha gracia. Es dotar de sensibilidad a un animal que en principio te causa terror. Es como una mezcla de sentimientos, de confusión, que es nuestro mundo.
Lo cual denota también lo bien que conocía la literatura clásica Melville. De hecho, eso es otra de las cosas que yo entendí. Él se había hecho escritor cuando estudiaba en un liceo clásico en Albany.
«Lo importante es aprender a conocerse a uno mismo»
Después de tantos símbolos, mitos y referencias clásicas, ¿qué te gustaría que encontrara el lector en tu libro?
Para mí hay una cuestión fundamental: aprender a conocerse a uno mismo.
Que una persona se conozca, se valore y no vaya arrastrando permanentemente el peso de sus errores. Todos hemos cometido errores y, a pesar de ellos, podemos hacer muchas cosas buenas. Hasta una expedición ballenera que lleva a la muerte a toda la tripulación se puede convertir en un libro positivo.
Moby Dick también muestra cómo personas completamente diferentes pueden aprender a convivir. La razón y las pasiones tienen que encontrar una cierta armonía; las pasiones no son malas en sí mismas.
La literatura puede ayudarnos precisamente a comprendernos mejor. La lectura de Moby Dick puede ayudar a entenderse a uno mismo. Y luego a saber convivir. Yo creo que también es una idea que deja muy clara. Cómo el destino va urdiendo las vidas de toda esa gente que tiene procedencias tan distintas, pero que son capaces de pasar una tarde tranquila remendando las redes en medio del océano.
Y el tema de descubrir la misión, ¿no?
Sí, sí. Aunque eso a veces se puede convertir en una locura. Ahora está esta costumbre de decir que todo el mundo persiga sus sueños. Bueno, hay que saber que los sueños tienen un límite, que es uno mismo y las posibilidades que uno tiene.
Entonces, bien, es posible buscar tu misión, pero hay que saber también que puede acarrear la muerte. Y eso hay que saberlo.
Conocer nuestros límites sin renunciar a buscar
¿Podríamos terminar entonces con esa invitación clásica: «conócete a ti mismo»?
Sí, aunque añadiría algo: conoce también tus límites.
Eso no significa renunciar pronto a aquello que quieres. Hay que poner todos los medios para conseguirlo. Pero también debemos comprender que nuestros sueños tienen límites y que, si alguna vez no conseguimos aquello que buscábamos, tampoco se hunde el mundo.
Quizá esa sea una de las enseñanzas que podemos extraer de Moby Dick: conocernos, aprender a convivir, reconocer nuestros límites y seguir buscando sin permitir que nuestros sueños se conviertan en obsesiones que nos destruyan.
Muchas gracias. Supongo que seguirás con el mundo clásico.
Claro, claro. Sigo. Ahora justo estoy haciendo una especie de traducción al inglés de Moby Dick. Alegoría y mito