Comprende el Mundo entrevista a Agnès Esteve, psicóloga y orientadora escolar, para entender cómo influyen las redes sociales en la adolescencia, qué señales pueden detectar las familias y los profesores y cómo acompañar a los jóvenes para que desarrollen una autoestima sana y una relación más equilibrada con el móvil y el entorno digital
Los adolescentes crecen hoy en un entorno en el que prácticamente todo se comparte: planes, viajes, amistades, celebraciones, éxitos e incluso momentos cotidianos. Las redes sociales permiten estar permanentemente conectados, pero también multiplican las oportunidades de comparación social y pueden intensificar la sensación de que otros están viviendo experiencias mejores.
Surge así el llamado FOMO —Fear of Missing Out, miedo a perderse algo o a quedarse fuera—, una expresión habitual para describir esta inquietud. Sin embargo, detrás del FOMO en adolescentes aparecen cuestiones más profundas relacionadas con la necesidad de pertenencia, la autoestima, la construcción de la identidad, la presión social, la tolerancia a la frustración, la salud emocional y la capacidad para vivir el presente.
FOMO en adolescentes: identidad y necesidad de pertenencia
Bienvenida, Agnès. Desde tu experiencia como orientadora, ¿qué preocupaciones observas hoy con más frecuencia entre los adolescentes?
Trabajo en un colegio con adolescentes de entre 14 y 18 años, pertenecientes a generaciones marcadas por la hiperconexión tecnológica, las redes sociales, los chats, la experiencia de la pandemia y el uso creciente de la inteligencia artificial.
Sus principales preocupaciones giran en torno a varios ámbitos. En primer lugar, las amistades: cómo tener relaciones sanas, cómo evitar sentirse fuera del grupo, cómo ser auténticos y, al mismo tiempo, sentirse aceptados. También se plantean preguntas sobre sí mismos: qué quieren hacer en el futuro, quiénes son, si son queridos o qué sentido tiene su vida.
A ello se suman las relaciones afectivas y de pareja —presentes o futuras— y las preocupaciones familiares: si se sienten comprendidos, cómo les afectan los conflictos en casa y qué lugar ocupan dentro de la familia.
Se habla mucho del FOMO. ¿Es realmente un fenómeno nuevo o responde a una necesidad muy antigua del ser humano: sentir que pertenece a un grupo?
La necesidad de pertenecer a un grupo no es nueva; forma parte de la experiencia humana desde siempre. Lo novedoso del FOMO contemporáneo es la forma que adopta en una sociedad hiperconectada, acelerada y expuesta de manera constante a lo que hacen los demás.
El término Fear of Missing Out se empezó a utilizar a finales de los años noventa y se consolidó a comienzos de los 2000. El investigador y estratega de marketing Dan Herman observó cambios en las decisiones de consumo relacionados con el deseo de probar lo nuevo y con el miedo a perder oportunidades o experiencias.
Hoy esta inquietud se intensifica porque podemos acceder, a través de las redes sociales, a una cantidad enorme de información sobre la vida de otras personas. En una sociedad marcada por la aceleración y la productividad, descrita desde distintas perspectivas por autores como Zygmunt Bauman, Byung-Chul Han o Hartmut Rosa, es fácil asociar una vida plena con hacer más cosas, estar en más lugares y no perderse nada.
Cuando la vida de los demás parece mejor
¿Cómo se manifiesta ese miedo a quedarse fuera en la vida cotidiana de un adolescente? ¿Qué señales pueden detectar padres y profesores?
En el colegio observo cómo algunos adolescentes se comparan constantemente con los demás y buscan participar en experiencias no tanto porque las hayan pensado o elegido personalmente, sino por miedo a quedarse fuera o por el deseo de acumular sensaciones distintas.
Entre las señales que pueden observar padres y profesores están la conexión casi constante con el móvil, la comparación frecuente con los demás, la insatisfacción con la propia vida, la inseguridad o una tendencia excesiva a imitar al grupo.
También puede aparecer dificultad para disfrutar del presente, preocupación constante por lo que podría estar ocurriendo en otro lugar y un uso repetido del “¿y si…?”, que puede estar relacionado con una forma de anticipación ansiosa.
Las redes sociales nos muestran constantemente lo que están haciendo los demás. ¿Hasta qué punto esa exposición permanente ha cambiado la manera en que los jóvenes se relacionan entre ellos?
Las redes sociales han cambiado de manera importante la forma de relacionarse. La facilidad para establecer vínculos a través de pantallas amplía las posibilidades de comunicación, pero también puede favorecer, en determinadas circunstancias, una menor percepción de responsabilidad personal, especialmente cuando existe anonimato o distancia emocional.
No todas las relaciones digitales son superficiales o tóxicas, pero el entorno online puede facilitar vínculos más frágiles, comparaciones constantes y conflictos que, cara a cara, se gestionarían de otra manera. Por eso es importante educar también en responsabilidad digital, empatía y respeto.
Mucha conexión y, sin embargo, soledad
Hay una paradoja interesante: nunca hemos estado tan conectados y, sin embargo, se habla mucho de soledad entre los jóvenes. ¿Lo observas también en el colegio?
Sí. Un adolescente puede formar parte de un grupo amplio y, aun así, sentirse solo. Una de las raíces del problema puede estar en la calidad de las relaciones.
Pueden divertirse, compartir tiempo y comunicarse continuamente, pero no siempre hablan de aquello que realmente les preocupa o importa. Cuando las conversaciones se mantienen en un nivel muy superficial, puede aparecer una sensación de soledad incluso estando rodeado de otras personas. La conexión no garantiza por sí sola intimidad, confianza ni amistad profunda.
¿Crees que algunos adolescentes están construyendo más su identidad desde la mirada de los demás que desde el conocimiento de sí mismos?
Sí. En una cultura marcada por la exposición pública y la comparación constante, la identidad puede construirse demasiado desde fuera hacia dentro. Esto sucede especialmente cuando el adolescente todavía no ha desarrollado hábitos de introspección, reflexión y pensamiento propio.
Uno de los retos educativos consiste en ayudarles a conocerse, formularse preguntas y aprender a pensar. El método socrático puede ser especialmente útil porque no ofrece respuestas prefabricadas, sino que invita a examinar las propias razones.
Al mismo tiempo, necesitamos la mirada de los demás: la identidad se construye tanto desde la interioridad como desde las relaciones. El objetivo es lograr un equilibrio que favorezca una autoestima sana.
Recuperar la atención y aprender a aburrirse
El FOMO parece decirnos continuamente: “podrías estar haciendo algo mejor en otro lugar”. ¿Estamos perdiendo la capacidad de disfrutar de lo que vivimos en ese momento? ¿Sabemos aburrirnos?
Creo que estamos perdiendo parte de esa capacidad de asombro ante la realidad. Vivimos en una cultura del multitasking, la productividad y la estimulación continua, y dejamos poco espacio al silencio o al aburrimiento.
Catherine L’Ecuyer ha insistido en la importancia del asombro y en cómo un ritmo excesivamente frenético puede dificultar la capacidad natural de descubrir y aprender. Algo parecido puede suceder durante la adolescencia.
Por eso pueden resultar útiles prácticas que ayuden a entrenar la atención y la concentración en el presente. El mindfulness, entendido como técnica de atención y no como una obligación de rendimiento o una moda de consumo, puede ser una herramienta entre otras para aprender a centrarse en el aquí y ahora.
Frustración, sobreprotección y fortaleza emocional
A veces los padres intentan proteger a sus hijos de cualquier frustración. ¿Puede esa sobreprotección hacerlos más vulnerables posteriormente ante la presión social?
Sí. Javier Urra, en Déjale crecer: o tu hijo en vez de un árbol fuerte será un bonsái, advierte de los riesgos de la sobreprotección y la hiperpaternidad.
Si evitamos sistemáticamente que nuestros hijos afronten dificultades, errores o pequeñas frustraciones, será más difícil que desarrollen resiliencia y fortaleza emocional para hacer frente a la presión social.
Es muy importante que familia y escuela estén coordinadas y que acompañen al adolescente con afecto, pero también con exigencia proporcionada, responsabilidades y oportunidades reales para madurar.
El papel de la familia y del colegio
¿Qué papel debería desempeñar el colegio ante problemas que aparentemente pertenecen al ámbito privado, como las redes sociales, la autoestima o las relaciones entre iguales?
La coordinación con las familias es fundamental. El colegio debe intervenir cuando estos problemas repercuten en la convivencia escolar, el bienestar del alumno o el rendimiento académico.
Dependiendo del caso, puede ser necesario activar un protocolo, derivar a un especialista, trabajar mediante tutorías, organizar talleres sobre autoestima, convivencia o uso responsable de redes sociales, o recurrir a la mediación.
La intervención debe procurar mantener el vínculo de confianza con el adolescente y favorecer también una buena comunicación entre padres e hijos.
¿Qué errores cometemos los adultos cuando hablamos con los jóvenes sobre móviles y redes sociales? ¿Sirve simplemente decirles que los utilicen menos?
No suele ser eficaz empezar aleccionando al adolescente, porque podemos romper la confianza y provocar que deje de contarnos lo que le ocurre.
Es preferible abrir un espacio de conversación para comprender por qué utiliza tanto el móvil, qué encuentra en las redes sociales, qué necesidades satisface y qué dificultades está experimentando.
A partir de ahí, los adultos pueden orientar, poner límites cuando sean necesarios y ayudarle a desarrollar un uso más consciente y equilibrado de la tecnología.
Volver a poner el foco en la propia vida
Si tuvieras que dar tres consejos muy concretos a un adolescente que siente constantemente que los demás viven una vida mejor que la suya, ¿qué le dirías? ¿Y a los padres?
A los adolescentes les diría, en primer lugar, que vuelvan a poner el foco en su propia vida y aprendan a reconocer y agradecer lo bueno que hay en ella.
En segundo lugar, que cuiden aquellas relaciones que son verdaderamente sanas y enriquecedoras, y que intenten ser generosos y magnánimos con los demás.
Y, finalmente, que recuerden que solo tenemos una vida y que merece la pena vivirla con sentido, desde la realidad propia y junto a los demás, en lugar de estar permanentemente pendientes de la vida que muestran otros en las redes sociales.
A los padres les diría que escuchen antes de juzgar, que acompañen sin sobreproteger y que ayuden a sus hijos a construir criterios propios, hábitos de atención y relaciones personales profundas.
Muchas gracias, Agnès, por ayudarnos a comprender mejor una realidad que preocupa hoy a tantas familias y educadores.